Por Mario Alberto Molina, O.A.R. Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán

Hemos escuchado hoy en la primera lectura el relato del envío de Moisés para liberar a los israelitas de Egipto. El relato señala el comienzo de las obras salvadoras de Dios que configuraron al pueblo de Israel. Y como dice san Pablo en la segunda lectura, todas estas cosas sucedieron a nuestros antepasados como un ejemplo para nosotros y fueron puestas en las Escrituras como advertencia para los que vivimos en los últimos tiempos.

El relato consta de tres partes. En la primera Dios se manifiesta a Moisés por medio de un arbusto que arde y no se quema. Moisés había huido del palacio del faraón y se había refugiado en Madián. Allí se había casado. Cuidaba el rebaño de su suegro. En cierta ocasión lo llevó hasta las cercanías de la montaña sagrada llamada Horeb. Allí el Señor se le apareció en una llama que salía de un zarzal. Moisés observa que la planta arde, pero no se quema y decide acercarse para ver más de cerca esa cosa tan extraña. Cuando ya Moisés está cerca, Dios le habla y le pide que se descalce, pues el lugar es sagrado. Qui- tarse el calzado en la presencia de Dios es todavía hoy, en algunas religiones, un signo de humildad, despojo y sencillez ante Dios. La voz se identifica como la de Dios. No la de un Dios desconocido, sino la voz del Dios a quien los antepasados, Abraham, Isaac y Jacob habían adorado. La historia de los patriarcas encontrará su continuación en la historia de Moisés y esta historia de Moisés tendrá desde ahora su antecedente en la historia patriarcal. En esta escena lo más importante que debemos destacar es que Dios toma la iniciativa de darse a conocer. Moisés no andaba buscando a Dios, sino cuidando un rebaño. Fue Dios el que se le manifestó, y al darse a conocer, inició una nueva etapa de sus obras salvadoras. Así es Dios. Se manifiesta y se revela para salvar, o mejor dijo, Dios se da a conocer salvándonos. Y es él siempre el que toma la iniciativa.

Después de identificarse, Dios le comunica a Moisés el propósito de su revelación: He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores y conozco bien sus sufrimientos. He descendido para librar a mi pueblo de la opresión de los egipcios, para sacarlo de aquellas tierras y llevarlo a una tierra buena y espaciosa, una tierra que mana leche y miel. Otros dos rasgos merecen nuestra atención en esta declaración de Dios. En primer lugar, que Dios está atento al devenir humano; Dios no vive en el cielo desentendido de lo que ocurre en la tierra. Dios desde el cielo mira hacia la tierra, para ver cómo es la vida de los hombres que él creó y a quienes quiere llevar a la plenitud de su existencia. Dios salva elevándonos a la dignidad y plenitud para la que Él nos creó. En aquella ocasión se fijó en la condición de opresión y esclavitud en que vivían los hebreos, y propuso realizar una liberación política: sacarlos de aquella condición de esclavitud y establecerlos en una tierra propia, buena y fértil, para que vivieran en libertad y dignidad. En segundo lugar, Dios se implica a sí mismo en la realización de su proyecto salvador. Es él en persona quien actúa y al hacerlo, se da a conocer. En esta ocasión actuará por medio de Moisés, pero después actuará en persona, enviando a su propio Hijo.

Hace unos cincuenta años este pasaje cobró una importancia inmensa en la teología y la predicación en nuestros países latinoamericanos. Se pensaba que la situación de pobreza y exclusión de tantos miles de personas en nuestros países se parecía a la de los hebreos en Egipto. Se pensaba que lo que Dios hizo entonces, también había que hacerlo ahora. Esta era la justificación bíblica para emprender una pastoral que tuviera como objetivo lograr el desarrollo social, humano, económico de los pobres. Los métodos variaban desde los procesos revolucionarios hasta las pastorales articuladas en torno al eje de la acción social. Se ignoró por completo que Dios había vuelto a mirar desde el cielo, y había visto otra necesidad aún mayor. En esa segunda mirada, que dio origen al régimen cris- tiano, Dios vio a la humanidad temerosa ante la muerte que roba el sentido de la vida y que realizaba esfuerzos vanos por liberarse de sus pecados por medio de ritos y sacrificios inútiles. Y decidió bajar otra vez. Y esta vez no lo hizo por medio de un representante, sino que bajó en la persona de su Hijo. Uno puede deducir cuál fue la mirada de Dios a partir del propósito para el cual envió a su Hijo: Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16). Sin Cristo, la humanidad (y no solo el pueblo judío) enfrentaba la muerte como destino final y vivía en la frustración de no saber cómo lograr que los errores y pecados cometidos en el pasado arruinaran también el futuro personal. Sin Cristo no había ni resurrección ni perdón. Tan ajeno era el proyecto de Jesús a la liberación política y económica que su acto salvador se realizó dejándose matar por el poder opresor extranjero. Por eso la acción pastoral de la Iglesia tiene como eje que la estructura el anuncio del amor de Dios que nos perdona y nos hace resucitar con Cristo. Y no es que la pobreza y la exclusión de tantas personas hayan dejado de ser del interés de Dios, sino que el evangelio es en primer lugar anuncio de la victoria sobre el pecado y la muerte para devolver al hombre sentido de vida, pero el hombre así redimido y salvado puede ocuparse de la implementación de una orga- nización política y económica incluyente y productiva, por la que los pobres dejen de serlo. Hay docenas de ejemplos de cómo se enriquecen y empobrecen las naciones, para que aprendamos a hacerlo bien. Este es un empeño sobre todo de los laicos y Dios nos pedirá cuenta de cómo lo hacemos.

Finalmente, Moisés le pide a ese Dios que se le ha manifestado que le diga su nombre. Dios se ha identificado como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Dios se identificaba en referencia a quienes lo habían conocido y adorado. Pero Moisés anticipa que deberá acreditarse ante los israelitas indicando el nombre que revela la identidad íntima de Dios. Dios accede a la petición. Mi nombre es YO SOY. En realidad, eso es ya una traducción del nombre de Dios. Ese nombre, [YAHWEH] por tradición antigua, ni se escribe ni se pronuncia. En su lugar se dice siempre EL SEÑOR. Pero el nombre de Dios es una forma verbal antigua del verbo “ser”. Significa EL QUE ES. En boca de Dios: YO SOY. Dios es el que permanece, el que, a través de la sucesión de los tiempos y de las personas, es siempre el mismo. El que existía antes de crear el mundo y el que existirá todavía cuando el mundo se acabe. Dios es el que es, el que era y el que está a punto de llegar” (Ap 1,8). Por eso Dios es confiable, uno puede apoyarse en Él, pues existe siempre. Jesucristo nos enseñó a llamar a Dios de un modo nuevo pero emparentado. Nos enseñó a llamarlo Padre. El Padre engendra, da la vida, otorga el ser y la existencia. Es el origen de todo cuanto vive y cuanto existe. Nosotros hemos conocido plenamente a Dios a través de Jesucristo. El Padre invisible nos ha mostrado su rostro en su Hijo. Y como la revelación de Dios es plena en Jesús, así también la salvación que Jesús nos ha traído es la liberación plena del pecado y de la muerte. Es nuestra responsabilidad moral realizar las otras liberaciones temporales y a nuestro alcance.

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