Por Mario Alberto Molina, O.A.R. Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán 

Podríamos resumir la enseñanza de las lecturas de hoy bajo el título de «la verdadera riqueza». Los evangelios nos dan testimonio de la firmeza de Jesús en su enseñanza acerca del peligro de las riquezas. De todas las realidades de este mundo, Jesús tuvo las censuras y descalificaciones más radicales hacia las riquezas materiales y a sus dueños. El evangelista san Lucas se complace en recordárnoslo, pues en su evangelio encontramos con más frecuencia esas advertencias de Jesús. Pero no siempre queda claro por qué Jesús recela tanto de las riquezas. Por eso, las sentencias y pronunciamientos de Jesús sobre las riquezas y los ricos fácilmente se pueden instrumentalizar al servicio de intereses ideológicos ajenos al pensamiento de Jesús. En la condena que él hace de las riquezas puede haber en alguna ocasión un acento moral: las riquezas son malas, porque se obtuvieron a través de negocios turbios o la explotación de trabajadores. Pero no es ese el motivo dominante de su censura. Por otra parte, es inexistente la crítica a los ricos y sus riquezas por razones sociales: jamás dice Jesús que la riqueza es mala porque crea desigualdades y en la sociedad la riqueza debe distribuirse para que todos la tengan por igual o no la tenga ninguno. La razón principal de la censura de Jesús a las riquezas es estrictamente religiosa. Las riquezas son malas porque fácilmente ocupan el lugar de Dios en el corazón de los hombres; las riquezas son malas porque seducen y hacen creer a quien las tiene que gozan de una seguridad que solo Dios puede dar. Las riquezas pueden comprar muchas cosas: pero no pueden comprar sentido de vida ni pueden comprar la liberación de la muerte. Por eso su enseñanza: La vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea. 

Detrás de esa declaración late una manera muy clara de entender la vida humana. Para la mente de Jesús, la persona, cada persona, encuentra consistencia y sentido de vida solo en relación con Dios. Esa relación con Dios se establece en esta vida temporal y se mantiene a través de la muerte para alcanzar su plenitud más allá de la muerte. Es una relación de amor, de confianza, que constituye al creyente en hijo de Dios. Dios es la única seguridad frente a la gran amenaza de la muerte. La riqueza resuelve un sinfín de necesidades y satisface innumerables deseos. La riqueza impresiona con el poder que parece irradiar. Pero ese poder es falso, es vano, es ilusorio, porque no resuelve el gran desafío de la muerte. Quien acumula riquezas pensando que vivirá seguro, se engaña, pues morirá igual que lo hace el más pobre. 

Ese es el sentido de la parábola con la que Jesús ilustra su enseñanza. El protagonista de la historia logra acumular riquezas en abundancia y, cuando cree que su vida ya está asegurada, en el sentido de que podrá vivir de las rentas el resto de sus días, sin preocupaciones ni trabajos, resulta que se muere el mismo día de su triunfo económico. Pudo comprar muchas cosas, pero no pudo comprar la vida. Ese es el sentido también del pasaje del libro de Qohélet, que hemos escuchado en la primera lectura: Hay quien se agota trabajando y pone en ello todo su talento, su ciencia y su habilidad, y tiene que dejárselo todo a otro que no lo trabajó. Esto es vana ilusión y gran desventura. 

En relación con la llamada de Dios a la vida eterna, Jesús estima que las necesidades de este mundo, como la enfermedad, la pobreza, el hambre, la injusticia sufrida e incluso la persecución y sufrimiento por causa del Evangelio son en realidad trances pasajeros, que si no se resuelven, no afectan para nada el valor de la vida y la seguridad de la llamada que cada persona recibe de Dios para ser su hijo para siempre. Sí, Jesús curó enfermos, alimentó a hambrientos y dio el mandamiento de ayudar al prójimo en su necesidad. Pero como signo de la esperanza de la vida que solo Dios puede dar, pues el propósito de su misión fue abrir el horizonte de la vida humana a la plenitud de Dios en la vida eterna. 

Esta manera de entender la vida humana resulta ajena y extraña al modo como se nos propone en la cultura contemporánea. Para el hombre de hoy la muerte es una fatalidad irremediable y una grosería impresentable. Por eso de la muerte hablamos en circunloquios y a los muertos los arreglamos para que den la impresión de que están vivos. Si tenemos que hablar de su existencia ulterior, todos pasaron a «mejor vida» independientemente de la calidad moral de su existencia mortal. Esta vida y sus necesidades es lo único que realmente cuenta. «Aprovecha la oportunidad ahora, después quién sabe», parece ser la consigna de hoy. Pero este giro hacia la inmanencia no deja de ser una traición al planteamiento antropológico de Jesús. Para Jesús la existencia de ahora se debe desarrollar en función del futuro que Dios prometió. Nuestro tesoro no son las cosas de este mundo, sino el mismo Dios que está en el cielo. Por eso san Pablo puede intimar con cierta dosis de urgencia: Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. 

Jesús miraría con cierto asombro nuestra preocupación por las cosas de este mundo, sobre todo cuando damos a entender que este mundo es lo único que hay. Ciertamente Jesús mandó a sus discípulos cuidar a los enfermos, socorrer a los necesitados de alimento, vestido o vivienda. Jesús esperaría que sus discípulos se trataran unos a otros con justicia y equidad. Jesús aprobaría los esfuerzos por construir una sociedad más justa e incluyente y que administráramos las riquezas naturales con responsabilidad. Pero Jesús desaprobaría la actitud que considera que esas son las únicas metas y los únicos objetivos que dan sentido a la vida. Está bien ocuparse de estas cosas, pero solo como medio que nos hace idóneos para alcanzar lo único por lo que merece la pena vivir: alcanzar la felicidad y la vida eterna en el cielo. Poner el corazón en otros propósitos distintos y poner la confianza en otras cosas distintas al amor de Dios es negar y tergiversar el recto orden de las cosas. «Solo Dios basta». Creer que la riqueza puede comprar también la vida eterna es engañarse.

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