Filósofo con f minúscula

Por Mateo Echeverría | [email protected]

Soy graduado en Humanidades y me especialicé en temas de Filosofía Política, aunque, cuando me preguntan, ¿a qué te dedicas? doy la respuesta corta: a filosofar. Queda algo pomposo y a la vez extraño en un país donde las profesiones son las que tienen una finalidad productiva, pero si mi oficio es cuestionar, no tengo mejor respuesta que dar. 

Hoy por hoy, albergo serias dudas si considerar el ser filósofo una profesión de carrera. Más bien, tiendo a pensar que todos deberíamos ser un poco más filósofos, con f minúscula, en la carrera que nos encontremos. ¿Qué hace, pues, el filósofo? En sentido estricto podemos decir que pensar y producir conocimiento, conclusiones. Sin embargo, observo enormes diferencias entre el abogado que aplica la ley o el médico el bisturí, al filósofo que aplica el pensamiento en una revista que nadie lee. Y, además, los tres, para ser buenos profesionales, reflexionan y piensan sobre lo que hacen y viven. Es decir, el ser filósofo no es solo una profesión porque la trasciende, el pensar y el reflexionar nos transforma de manera íntegra, hasta afectar cómo vivimos nuestra vida, cómo nos relacionamos con nuestro entorno.  

Dicho esto, es esperable que algunos cuestionen la utilidad que tiene el pensar, que requiere tiempo y esfuerzo, en una sociedad focalizada con la producción mecánica que va a mil por hora. Intentaré esbozar razones suficientes que nos competen. Una sociedad democrática, para que siga siéndolo, requiere de participación cívica, que solo existe entre ciudadanos libres y críticos. Está en juego nuestra libertad, nuestros derechos, que solo podemos conservar a través de acción política y discurso. Dejar que otros decidan sobre lo que nos concierne a todos es justamente volvernos esclavos. La política no se reduce a los temas de gobierno. Todos, desde nuestros propios lugares, constituimos un modelo de sociedad, establecemos un marco de convivencia. Eso ya es política. Y para hacerlo bien, hay que servirnos de la teoría, la reflexión y mucha capacidad crítica. Con solo trabajar, conducir de manera debida y votar cada cuatro años, no estamos siendo ciudadanos. 

Asimismo, el filósofo no contribuye solo a la sociedad en general. En su trabajo, en virtud de haber enfrentado textos sesudos, es capaz de pensar de manera distinta. Lo que se valora cada vez más en un mercado laboral cada vez más homogéneo. Todos esos textos ilegibles lo ayudan a fortalecer el pensamiento crítico, lo ayudan a pensar de manera creativa, y a ser capaz de resolver problemas complejos, de fondo y no de forma. Tres de las habilidades que se encontrarán entre las más cotizadas del mercado en el 2020 según la revista Insider. Asimismo, el filósofo es consciente de lo que implica que somos seres morales. Sabe que sus acciones tienen consecuencias sobre otros, y puede discernir entre las diferentes opciones, cuál es la correcta. No hablamos de santos, pero sí de buenos profesionales.

Por último, a nivel individual, puedo decir que la filosofía –el amor a la sabiduría que está al alcance de todos– es la mejor manera que hay para procurar vivir libre y auténticamente. Con muchísimas faltas y con algunos errores (son distintos), gracias al pensamiento (leer y escribir) se hace soportable habitar en un mundo que a ratos parece absurdo, desprovisto de sentido y de finalidad. Creo que el conocimiento que te ayuda a vivir de una mejor manera es, en definitiva, el conocimiento más útil de todos. Y mucho tiene que ver con el autoconocimiento. Y otro tanto con una actitud ante la vida. Una actitud más desenfrenada. Una vida más consciente, que no es poca cosa.