Por Christa Walters | [email protected] 

Hace poco volví a visitar diferentes textos que hablan sobre la Ilustración, con lo cual pude reflexionar sobre la importancia de las ideas, la discusión y de cómo hablar de política debe ser para construir para construir y no para confrontar. 

Es interesante recordar cómo esa época en Europa, conocida como el Siglo de las Luces, supuso un gran avance en cuanto a la forma de analizar y teorizar sobre la sociedad, la moral y los fenómenos políticos. En París se hicieron populares los salones y fiestas literarios en los cuales las personas y autores famosos se reunían a discutir temas literarios y filosóficos. Demostraba que una ciudad pudo marcar el tono de la vida urbana para el resto de Europa y que se apasionaba por el enriquecimiento cultural y académico a través de las discusiones. Sin embargo, del otro lado del canal de la Mancha, en Escocia, la Ilustración se vivía de otra manera. Sus grandes filósofos, como David Hume o Adam Smith, no se reunían en salones o fiestas, sino que discutían sus ideas y libros casi exclusivamente a través de correspondencia. 

¿Qué tiene que ver esto con la actualidad? Esta diferencia entre la Ilustración francesa y la escocesa nos muestra cómo las ideas pueden llegar a más personas si se comparten y se discuten. Que las ideas importan porque pueden inspirar cambios trascendentales. Y que hablar de política no debe llevar necesariamente a peleas. 

A David Hume, en Escocia, le dio lo que su doctor llamó disease of the learned o la enfermedad del erudito. Esta fue una enfermedad que demostró el colapso mental que sufrió el filósofo luego de pasar leyendo y escribiendo por mucho tiempo a solas sin tener contacto social. Su doctor le recetó salir, tener una vida más activa y relacionarse con otras personas. Esta enfermedad también la sufrió en cierta medida otro escocés, Adam Smith. Sin embargo, esto jamás le sucedió a los ilustrados franceses que no se encerraban con sus pensamientos para ellos solos, sino que los compartían y conversaban con los demás. Cabe resaltar que, lastimosamente, estas ideas y temas de conversación eran exclusivas para las altas esferas de la época, pues pues todavía era muy difícil incluir a las masas populares en el intercambio de conocimiento. 

Al tratar de poner en práctica la importancia de compartir ideas y discutirlas en la actualidad, comprendemos que muchas veces no es tan fácil como suena. Nos topamos con personas que se encasillan y no buscan puntos en común para discutir u otras que no buscan nada más que confrontar. Hablar de política de manera constructiva se ha vuelto un tema pantanoso. 

Sin embargo, debemos recordar que tenemos herramientas a la mano para tener discusiones enriquecedoras, incluso cuando sea con personas que tienen puntos de vistas opuestos. Para discutir temas políticos de manera constructiva debemos dejar los prejuicios a un lado y escuchar a las personas. Debemos evitar el tratar de educar a la otra persona como si fuera un niño pequeño que no sabe nada todavía. Debemos respetar a respetar a los demás. Y, por último, debemos ser pacientes. 

A lo mejor y si empleamos esas cualidades podemos llegar aprender de los demás. No debemos dejar que nos de la enfermedad del erudito por evitar hablar de temas polémicos. Sería mejor revivir ese aire de cultura e intercambio de ideas que se vivieron con los salones y fiestas literarios en Francia.

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