Por Moris Polanco | [email protected]

Todo empezó en Inglaterra, allá por el siglo XIV. Tal vez influyó la Peste Negra, que se llevó a un tercio de la población europea a la tumba. Ante ese panorama desolador, la gente debió haberse vuelto escéptica, pesimista, negativa… No hay nada fijo, nada estable; no hay verdades, solo opiniones, «ver para creer», etc. El humus adecuado para la germinación del nominalismo. El nominalismo es todo un programa de sustitución de la metafísica por la ciencia experimental. Sus efectos no se verían sino hasta dos siglos después, en el pensamiento de Francis Bacon y en las obras de los astrónomos del Renacimiento. Empieza a producirse la sustitución de la sabiduría por el conocimiento científico. El hombre sabio ya no es el que se pregunta por el bien para el hombre y trata de llevar una vida ejemplar, sino el que se ocupa en cultivar los medios que nos permitan conocer más y mejor el mundo natural, para someterlo y vivir mejor.

En el siglo XVI la revolución científica cobra impulso; un impulso que producirá, a la larga, la revolución industrial de los siglos XVII y XIX, y la revolución tecnológica que vivimos hoy. En el Renacimiento los sabios salen del anonimato; la ciencia y la técnica son el vehículo que les garantiza un lugar en la sociedad. Para triunfar en la vida ya no tienes que ser noble o religioso; basta con que sigas el método. El conocimiento se ha democratizado. Y la razón se enfoca en los procedimientos, en los métodos. Hoy, tenemos métodos para todo: para aprender un idioma, para bajar de peso, para ser feliz… Es el triunfo de la razón instrumental.

Claro: cada uno tiene su visión de la felicidad. Hobbes dirá que el hombre llama bueno al objeto de sus apetencias, y malo al objeto de sus aversiones. El gobernante ya no debe inmiscuirse en la vida de sus súbditos para lograr que sean buenos y virtuosos y así alcancen la felicidad eterna. No. Su papel es únicamente velar porque las leyes se cumplan; unas leyes cuya principal función es evitar que los ciudadanos se maten entre sí. La libertad se erige como el valor supremo. Las revoluciones del siglo XVIII significan el triunfo de la burguesía y la muerte del antiguo régimen.

Al fin el burgués es libre de hacer con su dinero lo que le plazca. «La felicidad —dirá Hobbes— es el continuo éxito en la satisfacción de los deseos». Ya no debo dar cuenta a nadie de cómo organizo mi vida, de qué fines persigo. Lo importante es ser autónomo; para ser bueno, basta con tener buena voluntad (Kant). Lejos queda la visión heroica de la vida de un Sócrates, de un Cicerón o de un Marco Aurelio.

En cierta ocasión, Pompeyo tenía la misión de llevar trigo de Alejandría a Roma, pero se desató una tormenta muy fuerte en la bahía, que hacía sumamente peligrosa la navegación. Los marinos se rebelaron y quería huir. Cuenta Plutarco que el general les respondió «Vivir no es necesario; navegar sí». Para un moderno, lo primero es salvar la vida; para un antiguo, una vida sin honor no merece la pena vivirse. Un joven de nuestro tiempo no le encuentra sentido a la frase de Pompeyo, como no le encuentra sentido al martirio.

Silencio, de Martin Scorsese, representa ese cambio de mentalidad: en el mundo moderno no tiene sentido morir por la fe; el único dogma parece ser la sacralidad de la vida humana. Ya Cristo murió por nosotros; Él está dispuesto a que lo neguemos si con ello salvamos la vida. (Parece el guión de la política del Vaticano en China).

El triunfo de la razón («seamos razonables»), de la ciencia («seréis como dioses»), del humanismo («paz y bien para todos») y del progreso («la ciudad terrena») parecen innegables. Pinker se congratula en ser un hijo de la Ilustración, de lo mejor que la Cristiandad ha dado al mundo. Estamos construyendo la Nueva Jerusalén. Ese es el proyecto del hombre moderno.

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