Por Moris Polanco | [email protected]

            Dice Daniel Innerarity que «la república humana es una república de palabras, no de cosas». Y es precisamente allí, en la república de las palabras, donde se ganan o se pierden las batallas que se inician por desacuerdos fundamentales. Con esto no me refiero a desacuerdos de interpretación del teorema de Pitágoras, ni a desacuerdos sobre por dónde se debe romper un huevo. Me refiero a desacuerdos sobre la respuesta a la pregunta que Sócrates consideraba como la más importante para todo hombre que tuviera al menos dos dedos de frente: «¿cómo debemos vivir?» Cuando no nos percatamos de la importancia que tiene el diccionario en la configuración de nuestras vidas, estamos entregando armas al enemigo.

            Ciertamente, los señores de la Academia de la Lengua se limitan a registrar el uso que la gente da a las palabras. Y así es como hoy en día, la palabra «matrimonio», por ejemplo, no se define solamente como la «unión de hombre y mujer, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses», sino también como «unión de dos personas del mismo sexo, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses». Aunque se aclara que esta última definición se da solo «en determinadas legislaciones», el siguiente paso es eliminar esta salvedad (o, incluso, eliminar la primera acepción).

            Tenía razón Erasmo de Rotterdam cuando advertía que «[los que] se apresuran a conocer las cosas, descuidan el aliño y la policía de las palabras, toman un atajo barrancoso y sufren grandes quebrantos. Dado que las cosas no se conocen sino por los signos de las voces, el que desconoce la eficacia del lenguaje a cada paso anda a ciegas en el conocimiento de las cosas y es lógico que sufra alucinaciones y delirios. Te advierto que verás menos que los que cavilan sobre palabrillas, con aquellos otros que, con jactancia, pregonan que no les interesan las palabras, sino que van directamente a las cosas».

            No se puede ir directamente a las cosas; nuestro conocimiento está necesariamente mediado por el lenguaje. De ahí el poder de los medios de comunicación. Controla las palabras, controla las ideas, controla las acciones… Hoy, «género» ya no es el género gramatical que aprendimos en la escuela, sino la identidad sexual que elige la persona, con independencia de su sexo («condicionamiento biológico»); «salud sexual y reproductiva» no es el buen estado del aparato reproductivo, sino el derecho a abortar… Y así, podemos seguir redefiniendo términos a conveniencia.

            Lo peor de todo, es que a quienes reclamamos un mínimo de corrección lingüística y de respeto por la etimología, se nos tacha de intolerantes retrógrados y autoritarios. Se nos acusa de querer imponer nuestros criterios a los demás, cuando quienes ejercen un auténtico terrorismo lingüístico son ellos. Hoy, en muchos países del democrático occidente, muchas personas se autocensuran y miden sus palabras por temor a ser tachados de intolerantes. Ya no hay auténtica libertad de expresión del pensamiento —excepto para criticar al cristianismo y los valores tradicionales de nuestra cultura.

            La libertad de expresión del pensamiento es uno de los logros más altos de nuestra civilización. Debemos defender nuestro derecho a decir lo que pensamos. Una cultura sana, en nuestros términos, es aquella en la que las ideas circulan y se discuten libremente, sin temor a ser ridiculizados o tachados de cualquier cosa. Debemos comprender que cuando criticamos las ideas de otra persona no estamos criticando a la persona. Las ideas no se respetan, tampoco los números se respetan. Quienes merecen todo nuestro respeto son las personas, y precisamente porque respeto a mi adversario tomo en serio sus ideas y le pido que las justifique. De esa forma estoy honrando su racionalidad y su derecho a pensar por sí mismo.

            Debemos oponernos, por lo tanto, al terrorismo lingüístico, y debemos cuidar con exquisito amor la república de las palabras.

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