El derecho a hacer el bien

Por Moris Polanco | mpolanco@feylibertad.org 

Cuando comenzaba la crisis del Coronavirus y las personas empezaron a usar mascarillas, pensé que era una exageración. Además –decía mi hermano, médico– quienes deben usar mascarilla son los enfermos, no los sanos. Pero muy pronto el argumento para usar mascarilla que todo el mundo adoptó fue: «lo hago por respeto al otro, porque no sé si he sido contagiado y si podría, a mi vez, contagiar a los demás». Tanta preocupación por los demás me sonó sospechosa.

En un artículo anterior («De virus y otras amenazas») decía que esta crisis ha revelado un cambio de valores en nuestra civilización. El valor supremo hoy en día es la vida; pero ojo: esta vida, la vida presente y terrenal. Ya pocos hablan de que somos de la muerte, de que no tenemos en este mundo morada permanente, de que nuestra patria es el cielo… Perdón, pero ni los curas nos recuerdan eso. Parece ser que hoy hemos descubierto que la justificación última de la fe es la vida, el servicio a la vida. Ya no tiene sentido perder esta vida por ganar la Vida eterna. A fin y al cabo –se piensa– todos terminaremos en la casa de nuestro Señor Jesucristo. Eso del infierno y del diablo son fábulas del pasado. Lo importante –y aquí está el quid de la cuestión– es que cada quien viva, y que viva como se le dé la gana. Si quiero, yo puedo creer en el infierno y en los angelitos, pero eso es cosa mía. Lo importante es, ante todo, respetar al prójimo.

Es aquí donde se da otra inversión de valores. Los valores supremos de nuestro tiempo parecen ser la vida, la paz y el respeto. Lo más importante es vivir y dejar vivir. Lo que más debo cuidar es no ofender al prójimo. De esa suerte, el derecho a la libre expresión del pensamiento se supedita hoy en dia al derecho a no ser ofendido por las opiniones de los demás. Antes, yo era libre de manifestar mis creencias públicamente y decir, por ejemplo, que  creo que el infierno existe y que tambien creo en el principio de no contradicción, de manera que si alguien me dice «el infierno no existe» no podemos ambos tener la razón. Yo me sentía en total libertad de decirle «señor, lo respeto mucho, pero usted está equivocado», de la misma manera que no tengo empacho en decirle a alguien que piensa que la distancia de aquí a la Luna es un año luz que está errado.Pero hoy se me niega esa libertad, porque si le digo a alguien que está equivocado y él se siente ofendido, yo debo callarme, debo abstenerme de manifestar mi pensamiento. 

Con esto de las mascarillas y del temor al contagio pasa algo análogo a lo que he dicho arriba. Lo importante en mi relación con el prójimo es darle a entender que lo respeto; que yo voy por la  vida tratando no ya de hacer el bien, sino de evitar ofender y hacer daño sin querer. De tal suerte que ya no podré abrazar a mi esposa porque sería exponerla a un posible contagio. Mi manera de amar, ahora, no es hacer el bien que considero que debo hacer, sinpo guardarme mis ideas y mis buenas intenciones y, ante todo, respetar al prójimo, porque no sé si lo podría ofender o le podría hacer daño. Se vería muy normal que si voy por la calle y veo que alguien tropieza y cae, no me acerque a ayudarlo, porque a lo mejor lo puedo contaminar. Mi manera de vivir la caridad hoy es vivir y dejar vivir. 

Los únicos que están autorizados para intervenir en las vidas de los demás y tocarnos son los médicos y el personal sanitario. Se justifica porque ellos tratan de salvar vidas. Pero un cura ya no puede visitar a un enfermo que necesita confesarse. No; ya Dios perdonará al moribundo. Puede ser que el señor cura contagie a otros miembros del hogar. Su sermón puede enviármelo por Whatsapp o por videíto. Al fin y al cabo, la religión también está al servicio de la vida, ¿no quedamos en eso?

En esta crisis que nos ha tocado vivir estamos perdiendo algo más valioso que la vida: estamos perdiendo nuestros valores, nuestra identidad cristiana, las razones por las qué vivir. Se ha perdido hasta la presunción de inocencia. Hoy parece que todos estamos enfermos del Coronavirus a menos que podamos demostrar lo contrario. Todos somos culpables y debemos ir por la vida tratando de no hacer el mal. Qué tristeza. Recuerdo los años setenta, donde los jóvenes abrazaban ideales políticos y luchaban por ellos. Muchos perdieron la vida. Pero lo hicieron por lo que consideraban justo, correcto y verdadero. No temían ofender a los demás. No veo cómo, en contraste, alguien pueda dar la vida por el ideal de vivir y dejar vivir, por el «no meterse en la vida de los otros». Lo que tengo claro es que ese no puede ser un ideal cristiano. La caridad nos llama a hacer el bien, no simplemente a no hacer el mal. ¿Que alguien puede estar equivocado en lo que considera que es el bien para los demás o para su sociedad? De acuerdo, pero más arriesgarse y perder que la abstinencia, sinónimo de comodidad –y muchas veces, de cobardía.