Digamos «no» al dominio de la muerte

por R. R. Reno editor de First Things

Este artículo apareció en First Things el 3 de marzo del 2020. 

Traducido por Carroll Rios de Rodríguez. 

En la conferencia de prensa el viernes, anunciando el cierre de Nueva York, el gobernador Andrew Cuomo dijo que «Yo quiero poderle decir a la gente de Nueva York:  hice todo lo que podía hacer. Y si todo lo que hago salva solo una vida, seré feliz».

Esta afirmación refleja un sentimentalismo desastroso. ¿Cualquier cosa por una vida física? ¿Qué hay de la justicia, la belleza y el honor? Hay muchas cosas más preciosas que la vida. Sin embargo, parece que han provocado tal frenesí en la multitud en Nueva York que la mayoría de miembros de la familia se abstienen de visitar a sus padres enfermos. Los sacerdotes no visitan a los enfermos ni consuelan a los que están de luto. La Eucaristía misma ha sido subordinada al dios falso de «salvar vidas».  

La verdad es otra de las bajas producto de este sentimentalismo. Los medios bombardean al público con advertencias sobre el peligro que representa el coronavirus, cuando la verdad es que solo un pequeño porcentaje de la población de Nueva York está en riesgo. Por un acuerdo silencioso, los líderes, los funcionarios de salud pública y las personalidades de los medios de comunicación han conspirado para intensificar la atmósfera de crisis con el fin de que nosotros cumplamos con sus medidas radicales. 

Algunos de mis amigos están en desacuerdo conmigo. Ellos apoyan las medidas actuales, insistiendo que los cristianos debemos defender la vida. Pero la causa provida se centra en la batalla en contra del asesinato, en una cruzada mal planteada contra la finitud humana y la dolorosa realidad de la muerte.

Otros hablan como si las estrategias de intervención señalaran un fracaso moral. Esto es falso. Siempre estamos tomando elecciones difíciles y soportando sus costos. Únicamente la gran riqueza de nuestra sociedad nos permite fingir que la cosa no es así. No gastamos el 100 por ciento del producto interno bruto en salud. Aun en tiempos normales, racionamos la atención médica por precio, tiempos de espera y la discreción de los doctores. No ofrecemos trasplantes de órganos caprichosamente. Nuestra finitud siempre requiere la labor moral difícil de la elección. Tal demanda es hoy más visible, porque el potente virus pone una gran presión sobre nuestros sistemas inmunes y nuestros sistemas de salud pública. Pero siempre ha existido.

Dicho con sencillez: solo un sentimental irresponsable se imagina que podemos vivir en un mundo sin elecciones. Jamás debemos hacer el mal para que el bien se acerque. En esto, san Pablo es claro. Pero nosotros solemos tener que decidir cuál bien podemos y debemos hacer, una decisión que casi siempre requiere no hacer otro bien, o no curar otra herida, o no salvar otra vida diferente. 

Existe una cara demoniaca del sentimentalismo que implica el ímpetu a salvar vidas a cualquier costo. Satanás gobierna un reino en el cual el máximo poder de la muerte se anuncia por la mañana, a mediodía y la noche. Pero Satanás no puede gobernarla directamente. Solo Dios tiene el poder de la vida y la muerte, y por tanto Satanás solo puede gobernarla de forma indirecta. Depende de nuestro temor a la muerte.  

En nuestra visión simplista de las cosas, imaginamos un poderoso temor de la muerte que surge debido a los actos brutales de dictadores crueles y de sus albaceas sanguinarios. A decir verdad, Satanás prefiere a los humanistas sentimentales. Podemos resentir la dura bota de la opresión sobre nuestras nucas, y dada la oportunidad, la mayoría pondrá resistencia. Qué tanto mejor resulta, por tanto, regar el miedo a la muerte bajo pretextos moralistas. 

Esto es lo que ocurre en Nueva York al tiempo que escribo estas líneas. Los medios mantienen un redoble de advertencias. Y el mensaje no es solo que tú o yo podamos vernos en una sala de urgencias congestionada, respirando con dificultad. Con más frecuencia nos recuerdan que podemos comunicar el virus a otros y provocarles la muerte.

Y así, el masivo bloque de la sociedad para luchar contra el avance de COVID-19 crea un ambiente perverso, hasta demoniaco. El gobernador Cuomo y otros políticos insisten en que el poder de la muerte dicte nuestras acciones. Los líderes religiosos han aceptado este decreto, y han suspendido la proclama de la Palabra y la distribución del Pan de Vida. De esta manera, demuestran con sus acciones que ellos, también, aceptan el dominio de la muerte.

Hace más de cien años, los americanos fueron atacados por una pandemia causada por una terrible influenza que afectó al mundo entero. Sus reacciones fueron vastamente distintas de las nuestras. Continuaron adorando a Dios, asistiendo a presentaciones musicales, a juegos deportivos, y reuniéndose con sus amigos. 

Nos contamos a nosotros mismos un cuento de hadas sobre esa reacción: esas personas anticuadas eran supersticiosas e ignorantes sobre la ciencia médica. Abandonaron a los débiles para sacrificarlos a la enfermedad, sin dar una buena razón de su elección. Nosotros, por contraste, somos proactivos y científicos, y estamos haciendo frente a la amenaza de la infección con mucha mayor inteligencia y rectitud moral. Suspendemos la adoración del Señor y posponemos los conciertos. Estoy seguro que cancelaremos las reuniones familiares también. Sabemos qué es lo más importante: ¡salvar vidas!

Esa generación mayor que soportó la influenza española, ahora ya desaparecida, no estaba mal informada. La gente en esa época fue atendida por profesionales médicos que comprendían plenamente cómo se extendía la enfermedad y los métodos de cuarentena. A diferencia de nosotros, sin embargo, esa generación no quería vivir bajo las reglas de Satanás, ni siquiera por una estación. Ellos insistían en que el hombre fue hecho para la vida, no la muerte. Inclinaron sus cabezas frente a la tormenta de la enfermedad y soportaban sus puñetazos severos, pero también se mantuvieron firmes y continuaron su trabajo, su oración y sus pasatiempos, insistiendo que el miedo a la muerte no gobernaría sus sociedades o sus vidas. 

Nosotros, por contraste, estamos requeridos a colectivamente acobardarnos por el miedo —un miedo de morir, duplicado por el miedo de que provocaremos la muerte de otros. Nos han quitado cualquier valentía de la cual éramos capaces. Si yo fuera a ser el anfitrión de una pequeña cena hoy en la noche, queriendo resistir la paranoia y la histeria, me denunciarían. Ayer, el gobernador Cuomo vio a unos jóvenes jugando basquetbol en un parque de la ciudad de Nueva York. «Debe parar y debe parar ahora,» ordenó. Todos debemos vivir bajo el dominio de la muerte.

Alejandro Solzhenitsyn resueltamente rechazó el principio materialista de la «supervivencia a cualquier precio». Nos priva de nuestra humanidad. Esto es cierto de un juicio sobre la fortuna de los demás, tanto como de la nuestra propia. Debemos rechazar ese engañoso moralismo que coloca el temor a la muerte al centro de la vida.

Son ubicuos el temor a la muerte y provocar la muerte, alentados por una visión materialista de la supervivencia a cualquier precio, y sin freno interpuesto por líderes cristianos que, con toda probabilidad, secretamente aceptan las premisas materialistas de nuestra era. Mientras permitamos que reine el miedo, éste causará que casi todos los creyentes hagan lo que Cristo ordena en Mateo 25. Ya empieza a ocurrir.