Debate público: una nueva etapa

Por Danilo de Jesús Carías | [email protected] 

Guatemala parece dar vueltas en círculos. Brevemente se percibe algún avance, un cambio de panorama y luego los elementos vuelven a tomar su lugar en el paisaje. Hoy, tenemos más o menos los mismos indicadores sociales que hace quince años, peores en algunos campos, como la desnutrición crónica infantil. Está jodida la situación.

Así pues, para salir de este atolladero varias organizaciones diagnostican que se requieren tres reformas estructurales para darle al país una verdadera salida al gran círculo vicioso por el que ha transitado, estas serían: reformas al sistema político, servicio civil y administración de la justicia. Esta es la famosa agenda mínima, de la que tanto se habla y en torno a la cual se generan expectativas por los más de cien diputados nuevos que integrarán la próxima legislatura.

Se trata de un gran reto, puesto que la clase política tradicional que se ha beneficiado del status quo, de un sistema político con altas barreras de entrada y bajos niveles de representatividad, de un servicio civil débil, dócil y poco profesionalizado; y de un sistema de justicia que genera poca justicia y mucha impunidad; se va a resistir porque se trata de pedirle al lobo que deje su trabajo de cuidador de ovejas.

En estos momentos, las rencillas políticas tienen hundido a nuestro país en una profunda polarización, han pasado algunos días desde que terminó el mandato de la CICIG y se abrió una nueva página en la historia nacional. Los historiadores con la distancia temporal debida se encargarán de hacer un balance al margen del calor de los tiempos que se viven. Por el momento, se viene un cambio de tiempo, a partir de enero se podrá discutir sobre las vías para solucionar los grandes problemas institucionales y preparar un terreno para los acuerdos. Si se entran a discutir los temas de la agenda mínima, se vienen discusiones en la vida pública con predominante carácter técnico, alejadas de la pesada carga ideológica del diseño y ejecución de las políticas públicas, habrá que procurar informarse y atender a la experiencia comparada para formarse una opinión coherente.

Al pueblo cristiano en Guatemala le corresponde informarse sobre los asuntos de la vida pública, analizar, estudiar y meditar sobre las propuestas de diseño que han resultado ser más beneficiosas para la vida en sociedad en otras naciones. No se trata de cuestiones de mera fe sino de asuntos que se encuentran en el plano de lo opinable. Esto hay que tenerlo claro, sobre todo en los tiempos que corren, en los que desfilan malos pastores que instrumentalizan la fe cristiana para lograr sus aviesos propósitos políticos.

Y ante todo, ayudar mantener un clima propositivo, orientado a la generación de genuino diálogo, preparar el terreno para llegar a puntos de encuentro y consensos que permitan materializar estas reformas fundamentales para Guatemala. Cada quien, en el ejercicio de su libre albedrío, puede sostener esta o aquella posición política. Eso está claro y es legítimo en un régimen democrático. Ahora bien, debemos estar conscientes del momento histórico que se vive, de la necesidad urgente del rediseño y reconstrucción de nuestra precaria institucionalidad.

Practicar la civilidad es lo que necesitamos para la temporada que viene en Guatemala, esa capacidad de los ciudadanos de dar, comprender y ceder en aras del bien común. Desprendernos de prejuicios, escuchar, desarrollar empatía, tratar de comprender para alcanzar los acuerdos que nuestro país necesita, y que quienes padecen la pobreza, inseguridad y falta de acceso a servicios básicos, necesitan desesperadamente.