De virus y otras amenazas

Por Moris Polanco Instituto | mpolanco@feylibertad.org 

El virus Corona (prefiero llamarlo así, con sintaxis española1) ha venido a cambiar nuestras vidas. Es increíble que un ser microscópico cause tanto daño. Daño físico y moral. Todas las enfermedades son malas, en cuanto dañan nuestra salud y amenazan con quitarnos la vida. Pero son parte de la vida; muchos de nosotros moriremos a consecuencia de una enfermedad. ¿Qué le vamos a hacer? ¿O es que queremos ser inmortales? Si fuéramos inmortales, privaríamos a la vida de su sentido. En efecto, si lo que puedo hacer hoy puedo hacerlo en cien o mil años, ¿para qué molestarme en hacerlo hoy? A lo que voy es que la vida no es el valor supremo, y hoy parece que todos dan por hecho que hay que estar dispuestos a todo con tal de salvar la vida.

Alguien dirá, «pero la vida es la condición o el supuesto de los demás valores». De acuerdo con que para hablar de honor, de caridad y de justicia, primero hay que estar vivos…«Primum vivere, deinde philosophari». Pero la vida se nos da para algo, ¿o no? Yo suelo repetir la anécdota de Pompeyo el Grande, que narra Plutarco en su biografía. Cuenta Plutarco que Pompeyo había sido enviado a Alejandría con la misión de dirigir una flota cargada de trigo hacia Roma. Cuando estaban listos para zarpar, se desató una fuerte tormenta en el puerto, de manera que los marineros temieron por su vida. Entonces Pompeyo se dirigió a ellos y les dijo: «marineros: vivir no es necesario; navegar, sí». Todos entendieron y lograron llegar a Roma en el tiempo previsto. Esa era la ética antigua: desde luego que quiero vivir, pero no a cualquier costo. Hay muchas cosas por las que bien vale la pena dar la vida. Al menos, así lo veían nuestros abuelos. 

No digo yo que las medidas que se están tomando en todo el mundo para salir bien librados de esta pandemia estén mal. No. Solamente quiero señalar que percibo un cambio en los valores. Antes, estábamos dispuestos a sacrificar la vida por la justicia, la verdad y la libertad, entre otras cosas. Ahora, no lo sé. Lo que sí sé es es que este virus ha venido a quitarme bastante libertad. ¿Y si esto se prolongara unos diez años? ¿Estaríamos dispuestos a vivir encerraditos en nuestras casas, con tal de salvar la vida? 

Sé que algunos están pensando que yo puedo opinar lo que quiera, pero que debo respetar las decisiones de los demás, que no los debo criticar. Al fin y al cabo –dicen– cada quien es libre de vivir como quiera, y si para algunos la vida es el valor supremo, dejarlos en paz. Pues no estoy de acuerdo. Podré parecer anticuado, pero soy de los que opinan que las formas de vida sí se pueden criticar. Siempre, argumentando respetuosamente, con razones. Y no es razón decir «así me da la gana vivir». Incluso la proposición «la vida es el valor supremo y todos los demás valores se deben subordinar a ella» necesita ser defendida con argumentos. Si de lo que se tratara fuera de salvar siempre el pellejo, se justificaría la mentira, el robo, la injusticia… y nadie nos podría criticar. ¿Se ve lo que trato de decir? ¿Se han puesto a pensar en cómo sería una sociedad en la que la última justificación para cualquier acción fuera “lo hizo para salvar su vida”? Pues esa sociedad no la tenemos muy lejos…

En definitiva: todos tenemos nuestra forma de pensar, pero algunos pueden estar equivocados. El que sea «su» forma de pensar no lo justifica. Si a eso vamos, no deberíamos criticar la pedofilia o el canibalismo. No podríamos juzgar a nadie. Las cárceles estarían vacías. 

«Pero –se podría objetar– no decimos que cualquier forma de vida sea correcta. Sería incorrecta si causara un daño físico o moral a los demás. Cada quien puede hacer con su vida lo que quiera, con tal de que no afecte a los demás». Mi respuesta: lo que hagamos o dejemos de hacer en nuestras vidas siempre afecta a los demás. Piénsese en las familias: lo mal que lo pasan todos en una familia en la que uno de los hijos consume drogas, por poner un ejemplo. Nuestra sociedad nos pide algo más que no molestar al prójimo. Nos pide que participemos en la solución de los problemas de diversa índole que nos afectan: desde el tránsito hasta las pandemias. 

Quiero insistir en que esta supuesta «neutralidad» en las valoraciones que hoy en cierta forma se nos exige, es algo nuevo. En la cultura occidental, al menos desde los griegos, hemos creído que nuestra forma de vida es una forma de vida correcta y –por qué no decirlo– superior a otras. Creemos en el valor de la ciencia y de la tecnología; en la capacidad emprendedora; en la democracia como una forma justa de gobierno. En fin: tenemos valores. Y está bien estar orgullosos de ellos. ¿Por qué habríamos de sentir vergüenza? Esos valores nos han sido entregados por nuestros padres, por nuestros abuelos. ¿Es que está mal ser agradecidos con su esfuerzo por entregarnos un mundo mejor? Lo que yo nunca aceptaré es la ingratitud. Y veo que esta generación olvida con mucha facilidad los grandes esfuerzos que hicieron nuestros padres por heredarnos un mundo mejor. No. En lo que respecta a la ingratitud, no soy ni puedo ser «neutral». Soy agradecido, y creo que quienes no lo son, están equivocados. Que Dios los perdone. 

Virus, bacterias y demás bichos que amenacen nuestra salud siempre los tendremos con nosotros. Una sola epidemia o pandemia puede matar millones de personas. Vale. Pero sobreviviremos. A lo que no estoy seguro de que podamos sobrevivir es a este cambio de valores, a este subjetivismo y relativismo que condena a los que se atreven a pensar que «vivir no es necesario», luchar por la libertad, por la justicia y por la verdad, sí. 


Notas

  1. Mayra Franke me indica que, según la Real Academia, «aunque ‘virus corona’ sería una opción posible en español, ’coronavirus’ –el término acuñado en latín científico– es el nombre asentado. Se documenta ya en textos del siglo XX y aparece en el ‘Diccionario de términos médicos’ de la Real Academia Nacional de Medicina (respuesta a una pregunta del 17 de marzo de 2020). Agradezco a Mayra esta información.