Cuando la razón se deja en el tintero

Por Miguel Foronda | [email protected]

Al inicio del famoso libro de Oscar Wilde El retrato de Dorian Gray se encuentra un diálogo entre dos personajes: Henry y Basil.

 Henry es un hedonista puro. Lleva las consecuencias de aceptar el placer como valor último a sus últimas consecuencias vitales. Basil, un pintor egresado de la universidad de Oxford, es un artista consumado que, a su manera de ver, está haciendo su obra maestra: el retrato de Dorian Gray. La amistad de Henry y Basil se remonta a los tiempos universitarios en donde se conocieron y entablaron sus primeras conversaciones. Es el estudio de Basil el lugar en donde dialogan habitualmente. El diálogo discurre sobre temas de la existencia humana.

Mientras están sentados en la sala, Basil comenta: «La armonía del alma y del cuerpo, ¡Qué maravilla!» Henry no está de acuerdo con esa visión y en una parte del diálogo responde: «La mutilación del salvaje encuentra su trágica supervivencia en la autorenuncia que desfigura nuestra vida». En este momento del diálogo ya se encuentra Dorian Gray posando para el retrato que realiza Basil. Henry sigue: «Tan sólo las personas superficiales no juzgan por las apariencias. El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo que no se ve…» ¿Tiene Henry razón?

En la vida humana se entabla constantemente una lucha. Por una parte está la naturaleza, entendida como la realidad humana que no necesita del ejercicio de nuestra libertad para su desarrollo ni para las apetencias que la mueven. Yo no decido cómo ha de ser la forma y el modo de actuar del estómago ni provoco el hambre que requiere una satisfacción del apetito. Por otra parte, están los bienes que presenta la razón como dignos de ser conseguidos, es decir, las apetencias que no surgen de la naturaleza sino del conocimiento racional.

Parece ser que Henry se refiere a la naturaleza como «el salvaje» y a la razón como la instancia que mutila. ¿Qué sucede si no impregnamos de razón al salvaje? No existiera moderación en ningún sentido, porque ¿quién modera si no es la instancia que conoce? Es evidente que el consejo de Henry podría catalogarse como una simple búsqueda de placer. Piensa que la norma limita al salvaje y lo reprime, pero es precisamente cuando impregnamos de razón nuestra naturaleza el momento en el que podemos moderarnos. A esta moderación es a lo que habitualmente se le llama virtud. Es la manera en que nuestra naturaleza participa de nuestra razón. Por eso es que a la prudencia le llamamos auriga.

¡Henry no tiene razón! Se olvida de que el hombre es capaz de crear hábitos. La expresión mutilar incita a imaginar que la naturaleza es un león y la razón es la jaula en donde constantemente se chocan sus impulsos. Al hombre no le bastan la naturaleza y sus impulsos para darle sentido a su vida. Hay bienes superiores que debe alcanzar, que si se dejara llevar solo por los apetitos no los conseguiría. Por ejemplo, para ser fiel, hay que ejercitarse en la elección de lo prometido. Algunas veces el apetito se asomará y habrá que orientarlo al fin mayor: la fidelidad. En realidad, no se reprime nada, se ordena a tal punto que se vuelve connatural el comportamiento y poseer la virtud le parece lo mejor del mundo. Quizá me quedo con la expresión de Basil: «La armonía del alma y del cuerpo ¡Qué maravilla!»