Cuando la nariz está pegada a la pared

Por Miguel Foronda | [email protected] 

En la película donde se narra la vida del premio nobel de economía, John Nash, A Beautiful Mind, aparece una escena que manifiesta uno de los efectos de la esquizofrenia que padecía el matemático. John tiene a su hijo sentado sobre las piernas, lo sujeta a su cuerpo con el brazo izquierdo. Con el brazo derecho sostiene un cigarrillo que se consume. La mirada está perdida. El niño llora fuertemente. La esposa corre hacia John y le quita al bebé de las piernas pues es incapaz de atenderlo, está completamente ensimismado. 

Es comprensible que una persona que padezca una enfermedad como esta pierda la noción de la realidad. Es justificada su falta de atención y todos los efectos en el comportamiento que esto conlleva. Pero, ¿y si el ensimismamiento de una persona es fruto de una actitud? ¿Y si es fruto de un vicio? ¿Y si es fruto de una adicción? Es decir ¿qué pasa si es ensimismamiento voluntario?

Parece ser que en la cultura actual se padece mucho de esto, en lo que sigue, trataré de dar dos ejemplos con los riesgos que lleva consigo que identifiqué en la literatura y describiré brevemente la actitud que propone como remedio Dietrich von Hildebrand .

En el capítulo trece de El Principito, Saint Exupéry narra la situación de una persona abstraída voluntariamente por los negocios. Lo describe perfectamente con una oración: «Este hombre estaba tan abstraído que ni siquiera levantó la cabeza a la llegada del principito». Quisiera que la atención no se desviara a la consideración de la importancia de atender al trabajo con intensidad, sino que se atendiera a lo que sucede como resultado del ensimismamiento. Sucede que ya no le presta atención a lo que está fuera de la mente, en este caso concreto, el principito. Esta constante actitud logra que las personas sean indiferentes a las relaciones personales que las circundan y a las que deben una respuesta. Como en el caso de Nash, sería el niño que tenía en brazos. 

Otro personaje literario que puede ayudar a entender el riesgo de este comportamiento es el famoso Scrooge de Charles Dickens. La ambición lo cautiva tanto que ve todas las relaciones personales que mantiene en función de esos lentes. Tan asentada estaba su actitud que necesitó de tres fantasmas para salir de ella. He visto que en la vida cotidiana, el sustituto de los fantasmas puede ser el sufrimiento.

El filósofo alemán Dietrich Von Hildebrand propone una actitud para evitar el riesgo del ensimismamiento: la reverencia. Es la actitud que consiste en el silencio interior que permite hacerse cargo de lo que está fuera de mi mente para poder dar un respuesta a la altura de la situación. La persona reverente agradece, porque sabe que nadie tiene la obligación de regalarle o hacerle un servicio. Sabe que un regalo es inmerecido, fruto de la pura liberalidad de quien otorga. La persona irreverente no se da cuenta ni siquiera que esto es un don.

Parece ser que el aprender a escuchar y a mirar lo que es externo a mí es el remedio de cualquier tipo de ensimismamiento. Quizá las personas solitarias necesiten una dosis de pastillas de realidad.

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