Por Moris Polanco | [email protected] 

             Ninguna sociedad perdura si no conserva sus valores, su lengua, su cultura, sus leyes…; pero esto no quiere decir que esos mismos elementos no cambien. Quien se opone a todo cambio, yerra, porque olvida que aquello a lo que se aferra alguna vez fue novedad. Pero también se equivoca quien busca el cambio por el cambio mismo y desprecia la tradición. Lo importante es saber discernir qué elementos del inevitable cambio son acordes con nuestros valores y tradiciones y cuáles son espurios. Con los cambios de valores sucede algo análogo a lo que pasa con el lenguaje: nacen nuevas palabras y las antiguas cambian de significado. Nadie realmente controla esos cambios; lo cierto es que algunos terminan imponiéndose. La misma fuerza del lenguaje hace que ciertos neologismos no consigan carta de ciudadanía, porque ya existen en el idioma palabras con el mismo significado. Y los neologismos que se incorporan a la lengua sufren un proceso de adaptación fonética y a veces morfológica. Así, el lenguaje se enriquece y a la vez conserva su esencia. Los hablantes tenemos un «genio de la lengua» que nos advierte que tal expresión o palabra «no suena bien» en nuestro idioma, y la desechamos o dejamos de usar. Pero cuando la fuerza de una lengua extranjera es muy fuerte, caen las defensas. Se pone de moda hablar en lengua extranjera, como si fuera superior a la propia. Y puede una lengua desaparecer, si la colonización es muy fuerte. Y con la lengua cambian los valores, cambian las costumbres y los modos de trabajar, de distraerse, de relacionarse. Triste proceso ese de ser colonizados.

             Decía Marcelino Menéndez Pelayo que «[D]onde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original ni una idea dominadora. Un pueblo nuevo puede improvisarlo todo menos la cultura intelectual. Un pueblo viejo no puede renunciar a la suya sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil». Al menos desde nuestra independencia, los países hispanoamericanos venimos sufriendo un proceso de penetración cultural extranjera: primero francesa y ahora angloamericana. Ahora queremos parecernos en todo a los estadounidenses. Así, hablamos, por ejemplo, de «época colonial», cuando nosotros nunca fuimos colonia de España. Éramos reinos, virreinatos, capitanías o provincias, pero no colonias. En España se referían a nosotros como «las provincias de ultramar», y no a las colonias. Pero como en Estados Unidos existieron las famosas trece colonias, nosotros no podíamos ser menos… Muchos términos latinos nos llegan a través de los técnicos anglosajones que los usan en sus aparatos. En los tableros de las computadoras, por ejemplo, existe una tecla llamada «delete», que aquí pronunciamos «dilit», como en inglés, sin saber que viene del verbo latino «deleo, delere», que significa «borrar», «destruir», de manera que deberíamos decir «delete», tal cual se escribe. Hoy se habla de la «secuela» de tal película, como si esta fuera una enfermedad… En fin.

             Ahora que se acerca el bicentenario de nuestra independencia, es una buena ocasión para reflexionar sobre nuestra herencia. Los conservadores norteamericanos quieren conservar la tradición de la cual nacieron como pueblo, como nación. Esa tradición puede llamarse «liberalismo», en sentido amplio. ¿Cuál fue la matriz cultural de la que nosotros –los países hispanoamericanos—nos nutrimos? Si no conocemos el pensamiento de los creadores de nuestra cultura, y por superficialidad importamos ideologías extranjeras, corremos el riesgo, en el mejor de los casos, de hacer el ridículo, y en el peor, de ser esclavos culturales.

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