Por Mateo Echeverría | [email protected]

«Algunas veces olvidan que el conflicto presupone un grado de acuerdo mutuo» T. Eagleton.

Una noche de invierno, un querido amigo me invitó al estadio para ver por primera vez al Osasuna, que recibía al Valencia CF. Accedí de buen gusto y no pude evitar sentir una profunda admiración por los jugadores del Osasuna, pues en realidad jugaron como unos auténticos guerreros dispuestos a dar batalla a quien estuviese enfrente, supliendo la falta de táctica con la grandeza de espíritu, hábito adquirido tras haber protagonizado varios milagros en un deporte en el que nada está escrito y todo es posible. Sospecho que ellos saben que, para seducir a la diosa de la victoria y llevarla a casa, hay que desearla hasta no querer nada más en la vida.

Durante el partido observamos también al público. Una enorme mayoría disfrutó y sufrió el partido de manera civilizada. Abajo, en la grada, detrás de la portería, una minoría no cesó de gritar y saltar durante los 90 minutos. La pasión pura se confundía a ratos con locura: locura masificada a causa de la cual el individuo se sumerge en ese mar de personas y emociones hasta perderse.

Fue entonces cuando se escuchó aquel «p*** Espaaaaaña» como ruido de fondo. A ratos era tan fuerte que era lo único que se escuchaba con claridad, a tal punto que pareciese que todos nos uníamos al griterío, cuando en realidad seguía siendo obra de una sonora minoría que lo repetía con mucha insistencia y poca creatividad. Ahí donde nosotros simplemente veíamos un partido de fútbol, esta veía algo más trascendente: una oportunidad para reivindicar el ideario de su nación, de su identidad.

Los extremistas, como su nombre lo indica, están en los extremos, en las aristas. Suelen ser minoría, aunque, como en el partido, a veces no lo parecen. Esto se explica ya sea porque sus ideas o discursos encuentran eco en los medios de comunicación o porque son vociferados con fuerza por los líderes políticos o sociales. Dicha sensación parecía impregnar el ambiente cuando Donald Trump ganaba las elecciones, cuando parecía que los supremacistas blancos se multiplicaban entre sí como conejos y la gente sacaba a pasear al xenófobo que casi todos llevamos dentro. Aunque es verdad que más de alguno comenzó a hablar más de la cuenta, a decir cosas que antes no se atrevía a verbalizar, la realidad es que solo una minoría de enajenados cometerían actos de barbarie como el producido por James Alex en Virginia en 2017, cuando arrolló a una veintena de personas durante una marcha supremacista.

Sin embargo, los extremistas no son así únicamente por el número de personas que se adhieren a sus ideas. Sería como decir que los agnósticos, por ser minoría, son extremistas, argumento que desecharíamos al recordar que dentro de los religiosos hay grupúsculos que en el nombre de Dios, Alá o Yahvé han cometido (y cometen) brutalidades. Los fanáticos religiosos son extremistas y también minorías que se diferencian del resto de los creyentes en las formas, en los actos.

Por lo tanto, distinguimos entre ideas, personas que se adhieren a dichas ideas y maneras como estas se realizan. Las ideas en sí mismas no bastan para que alguien sea extremista. Importa cómo se lleven a cabo. Para averiguar si estás delante de un extremista debes preguntarte si se justifican la violencia, el odio, el insulto; si sus actos despojan al otro de su dignidad humana; si hay derechos individuales que se vulneran y pisotean; si logran sus fines al ensanchar nuestras diferencias y obviar la inmensidad de similitudes que nos une.

Otro elemento que se debe tener en cuenta, el más importante y problemático en una democracia, es el grado de apertura a la deliberación. Pregúntate si la persona tiene interés por llegar a acuerdos y concesiones o si más bien quiere imponer y someter. ¿Cree que hay una Verdad (con mayúscula) y que además tiene acceso a ella? Y cuando defiende su postura, ¿se aferra a dogmas inamovibles e irracionales o tiene la capacidad de revisarlos, de hacer autocrítica, de conceder?

En todo discurso coexisten elementos de verdad, mentira y ficción. Cohabitan entre sí. Son discursos vivos, dinámicos, que van transformando (y transformándose con) nuestras relaciones con los demás, con nuestro entorno. La humildad es requisito indispensable para reconocer nuestras propias mentiras y limitaciones y, tal vez, evitar adoptar actitudes extremistas, superar nuestros prejuicios. Leí que los prejuicios son como los olores corporales: los de los demás apestan e incomodan; los nuestros nos agradan. Nuestro extremismo alimentado de prejuicios apesta aunque no lo sepamos.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor.  El Instituto Fe y Libertad abre este espacio para dialogar e impulsar el florecimiento humano promoviendo la libertad individual y los principios judeocristianos.

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