Por Carroll Rios de Rodríguez | [email protected] 

Un video humorístico provocó una interesante discusión entre amigos, en WhatsApp. En dicho clip, un comediante español, Javier Cansado (Ángel Javier Pozuelo Gómez), narra cómo se convirtió en socialdemócrata. De joven era católico y marxista. «Si eres católico y marxista, tienes que repartir, sí o sí», explica Cansado. Repartía de sus ingresos cuando ganaba poco dinero, pero cuando empezó a ganar más, ya no le gustó. Entonces, se justificó: «en Dios no creo mucho, y lo de la plusvalía es un invento que me va a amolar, entonces me hice socialdemócrata y ahora soy rico sin contradicciones». El auditorio ríe con ganas. Es chistoso. 

El humor inteligente hace aflorar preguntas y opiniones interesantes. Un amigo dedujo que el video conecta el marxismo con el catolicismo. Otro amigo asintió, y llevó la reflexión más lejos: el marxismo, el nazismo y el cristianismo son tres dogmas deterministas. Agregó que los tres ismos son contrarios a la racionalidad.  

¡Mi reacción fue más literal que la de mis amigos! Me agradó que Cansado abandonara el marxismo y me entristeció que abandonara el catolicismo. Recordé la fábula de Esopo sobre la zorra y las uvas. La zorra brincó y brincó para alcanzar un jugoso racimo de uvas. Tras fracasar, ella se alejó fingiendo indiferencia. A veces, fabricamos razones por las cuales una meta, antes codiciada, ya no nos apetece. Como buen psicólogo, Cansado sabe que muchas personas necesitamos sentir que somos coherentes en nuestro pensar y actuar. Si no podemos ser como deseamos, mudamos de convicción. El cristianismo es sin duda un racimo en lo alto: vivir cristianamente requiere de esfuerzo, autodominio, sacrificio, humildad, tenacidad y el ejercicio constante de muchas otras virtudes. Sin duda tampoco es fácil encarnar el ideal comunista. De hecho, muchos intelectuales marxistas viven una doble moral pues disfrutan de los bienes de la sociedad capitalista y aprovechan la riqueza creada por otros (Marx mismo dependió del apoyo financiero de Engels y su esposa), al tiempo que exaltan la pobreza material, e insisten en redistribuir la tierra y el capital (creado por otros, por supuesto, como bien intuye Cansado). 

El cristianismo y el marxismo son corrientes incompatibles. El cristianismo no constituye una ideología política, una ingeniería social, un invento, un proyecto eugenésico, ni una excusa para dominar y someter a las personas. Samuel Gregg define la religión como la búsqueda del hombre por la «verdad sobre lo trascendente».  ¡El punto de partida de la práctica religiosa es la libertad, y la adhesión a una religión es voluntaria! Es imposible formar cristianos a mazazo limpio o con mentiras. Poco cosechan los profesores de religión que atemorizan a sus alumnos. Ni cadenas ni pistolas impiden que las personas abandonen las prácticas y costumbres que aprendieron de niños. Nuestros amigos que dejaron de frecuentar la Iglesia son testimonio vivo de la libertad religiosa. 

Es comprensible que los descreídos perciban a quienes siguen en la lucha cristiana como «menos racionales» que ellos, pero los cristianos no somos zombis lobotomizados. Al igual que los ateos y agnósticos, empleamos nuestra inteligencia día tras día y hacemos millares de elecciones libres y racionales. Sostenemos que la fe y la razón se complementan, y ambas nos aproximan a la verdad. Y para más, creer nos trae felicidad. Santa Teresa de Ávila subrayó que «un santo triste es un triste santo» porque el cristiano que se sabe amado por Dios-Padre, con nombre y apellido, desde la eternidad, está naturalmente contento, incluso frente a las contrariedades de la vida. En otras palabras, la libertad y la racionalidad son condiciones esenciales al cristianismo (Véase también Fides et ratio de Juan Pablo II).

Aceptar la libertad humana implica rechazar el determinismo. Ya en el Antiguo Testamento vemos protagonistas eligiendo entre dos opciones de forma no determinista. Durante sus años de prédica, Jesucristo jamás obligó a alguien a seguirlo. San Agustín y santo Tomás de Aquino hicieron aportes intelectuales a la defensa de la libertad y en contra del determinismo. Los seres humanos no somos unos inútiles títeres en manos del titiritero. Dios quiere hijos, no siervos ni esclavos. 

En cambio, el marxismo atropella a la persona individual y convierte en esclavos a todos, menos a los allegados al politburó. El proyecto colectivista se desentiende de la conciencia o el libre albedrío. Karl Marx le corrige la plana a Dios: intenta moldear artificialmente un hombre nuevo completamente entregado al proyecto colectivista. Supuestamente los hombres nuevos poblarán una sociedad comunista sin estado, pero en la práctica, están a merced de un gobierno que monopoliza los medios de producción y ejerce control absoluto sobre ellos. El estado comunista destruye sistemáticamente a la familia y a las iglesias. El comunismo, además, despoja al hombre de su libertad, principio normativo de su conducta moral, y suprime en la persona humana toda dignidad y todo freno moral eficaz contra el asalto de los estímulos ciegos. Al ser la persona humana, en el comunismo, una simple ruedecilla del engranaje total, niegan al individuo, para atribuirlos a la colectividad, todos los derechos naturales propios de la personalidad humana en Divini Redemptoris. El ateísmo oficial da cabida a una religión secular estatal que erige a los líderes comunistas en dioses seculares. En Dominum et Vivificantem (1986), san Juan Pablo II explica que el materialismo marxista es claramente hostil hacia lo trascendente: «El sistema que ha dado el máximo desarrollo y ha llevado a sus extremas consecuencias prácticas esta forma de pensamiento, de ideología y de praxis, es el materialismo dialéctico e histórico, reconocido hoy como núcleo vital del marxismo. Por principio y de hecho el  materialismo excluye radicalmente la presencia y la acción de Dios, que es Espíritu, en el mundo, y, sobre todo, en el hombre por la razón fundamental de que no acepta su existencia, al ser un sistema esencial y programáticamente ateo».

Las autoridades eclesiásticas católicas condenaron, desde siempre, al marxismo ateo y materialista. Y condenaron también, con fuerza, el contenido marxista y la metodología de lucha de clases marxista incorporada a la teología de la liberación, corriente teológica que se popularizó en América Latina a partir de los años sesenta. Es lamentable que algunas versiones radicales de la teología de la liberación sigan teniendo seguidores cristianos. También lo es que algunos cristianos sigan buscando vincular al marxismo con el cristianismo. Es vital contrarrestar, con datos y argumentos lógicos, la insostenibilidad de esta amalgama. 

Cansado lleva la razón en el asunto de la repartición, pero qué diferencia más grande hay entre negar a la persona su libertad, su vida y su propiedad, como hace la planificación central totalitaria de inspiración marxista, y, por contraste, exhortar a la persona a ser caritativa. La caridad sólo se puede practicar con bienes que nos pertenecen y en libertad.  Además, la caridad debe acompañarse de una preocupación genuina por el otro, buscando que el acto de generosidad realmente procure el bien del beneficiario. El acto de despojar a unos de sus pertenencias, para entregárselas a otros, no puede ser equiparado con un acto de caridad cristiana. Es llanamente transferencia y expoliación, indistintamente de las intenciones que motiven la expoliación. Éticamente, la expoliación es condenable porque niega la libertad y la propiedad privada, destruye los incentivos para la creación de riqueza y redunda en un empobrecimiento generalizado de la sociedad. Dicho sea de paso, la social democracia avala el uso de la fuerza gubernamental para redistribuir la riqueza en aras de una mayor igualdad de condiciones. Por lo menos en lo que al cristianismo respecta, Cansado puede ser tan tacaño o generoso como su conciencia le dicte…y el autoproclamarse socialdemócrata y descreído no borra esta realidad.  

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