Respeto, unidad de vida y ética

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Por Moris Polanco


Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


¿Cómo combatir la corrupción en nuestros países? ¿Por qué naciones de raíces cristianas, como las iberoamericanas, registran altos índices de corrupción y de criminalidad? ¿Es que la fe no les dice nada o que ha desaparecido en las conciencias de muchos? ¿Cómo se explican, entonces, las «manifestaciones de fe» como las procesiones, los matrimonios religiosos, los bautismos y las ceremonias fúnebres, entre otras? ¿Qué hay en la mente de los sicarios que se encomiendan a la Virgen de Guadalupe antes de hacer «un trabajito»? ¿Por qué tantos secuestros, crímenes, asaltos, violaciones, discriminación? Las comparaciones son odiosas, pero es evidente que muchas sociedades secularizadas de hoy, en las que un alto porcentaje de la población se declara atea o agnóstica, son más civilizadas, ordenadas y pacíficas que las revoltosas latinas.


Creo que las cosas no siempre fueron así. Si nos remontamos tres o cuatro siglos en la historia, cuando España era la potencia mundial, los virreinatos y capitanías de América eran mucho más pacíficas que los reinos europeos. Incluso a fines del siglo XX, Europa raramente conoció la paz (recordemos Bosnia Herzegovina). Los civilizados nórdicos de hoy en día tienen un pasado del que no creo que se enorgullezcan. En las sagas de los vikingos se cuenta por qué fueron tan temidos durante siglos. Se dice, por ejemplo, que entre sus prácticas para sembrar el terror estaba extendida un especie de «deporte nacional» que consistía en lanzar al aire bebés —de los conquistados, obviamente— para ver quiénes lograban ensartar más criaturas en sus lanzas… ¿Cómo es que ahora no matan ni una mosca?


Indudablemente, el cristianismo tuvo algo que ver en esta transformación. ¿Solo el cristianismo? ¿Qué decir de los factores políticos, sociales y económicos? Aclaro que no soy marxista, pero siempre he pensado que hay algo de verdad en la tesis que sostiene la determinación de la superestructura por la infraestructura; con otras palabras, que los ecologistas y los pacifistas proceden normalmente de familias que tienen resuelta su vida, mientras que los narcotraficantes suelen salir de las barriadas.


Entonces, ¿qué ha salido mal en nuestros países? Y más importante aun: ¿cómo volver a los buenos hábitos y las buenas costumbres? ¿Cómo combatir la corrupción?


En mi opinión, la respuesta es una: coherencia, unidad de vida. Es falta de unidad de vida ir a misa o al templo y pegarle a la mujer o emborracharse los fines de semana. Es incoherente decir que se profesa la fe cristiana y «comprar» cargos o puestos públicos. Un cristiano no roba, no secuestra, no manda a matar a sus adversarios políticos, no vende drogas.


Dos factores han contribuido enormemente a la pérdida de los valores morales: la desintegración familiar y la falta de formación humana y espiritual. Numerosos estudios sociológicos señalan que los llamados «mareros» proceden de hogares monoparentales, o en los que los niños han crecido con sus abuelos, porque sus padres emigraron al Norte en busca de empleo. En cuanto a la formación, hace varias décadas que la escuela no se compromete con la transmisión de los valores morales. Lo que les fascina impartir es educación sexual. Al menos, los ilustrados enseñaban civismo o urbanidad y buenos modales. Hoy se prefieren mil veces los cursos de Excel o Word. De nuestras escuelas salen jóvenes que saben hacer cosas, pero no saben pensar por sí mismos; salen consumidores, pero no personas de criterio; se les enseña el lenguaje inclusivo, a decir «niñes» o «todes», pero no se les enseña a ser personas. Conocen a todos los rockeros y artistas de cine, son muy hábiles jugando videojuegos, pero no conocen de dónde vienen, cuáles son sus raíces (ni les importa… al menos en apariencia).


Debemos enseñar a las nuevas generaciones a respetarse a sí mismas, a no venderse tan barato. No somos tan ingenuos como Sócrates, que pensaba que conocer el bien era suficiente para ser bueno, pero sí creemos que el conocimiento de los principios de nuestra fe, de nuestra historia y de la razón de ser de nuestras tradiciones ayuda mucho. Piénsese, por ejemplo, en el gran influjo que tendría Rosalía (la de «Motomami») si conociera del cristianismo algo más que el Padrenuestro, o si supera explicar por qué dice que «primero Dios, luego el sexo». Son chicos y chicas buenas, pero con cero de formación, humana, cultural y espiritual. Intuyen que no todo lo que creían sus abuelos era malo, aunque por eso se ganen el epíteto de «neorrancios» (véase este artículo).


Conocer nuestro pasado, nuestras raíces, nuestros valores es condición sine qua non para tomar conciencia de nuestras virtudes y defectos, para valorarlas en su justa dimensión nuestra herencia. Solo así podremos respetarnos y lograr la unidad de vida, que nos lleve a transformarnos y transformar nuestra sociedad.