Las virtudes de la Reina Isabel II, narradas por Nicholas True

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Por Carroll Rios de Rodríguez

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


En julio, el gobierno de Gran Bretaña entró en crisis después de que 62 funcionarios del gobierno de Boris Johnson renunciaron a sus cargos. Johnson renunció posteriormente y el Partido Conservador procedió a convocar a elecciones para ver quién lo reemplazaría. Entre el 13 de julio y el 2 de septiembre, los miembros del partido fueron llamados a votar y seleccionaron a Mary Elizabeth (Liz) Truss, quien ya antes había ocupado los cargos de canciller, ministra de educación, ministra para la mujer, entre otros. Ella asumió el liderazgo del partido el 5 de septiembre, y al día siguiente fue nombrada primer ministro por la Reina Isabel II. Dos días después, falleció quien había portado la corona inglesa por 70 años y juramentó a 15 primeros ministros a lo largo de su vida, siendo Truss la última.

Los padres de Liz Truss eran de izquierda, pero ella eligió otro rumbo. Estudió economía y contabilidad y se afilió al Partido Conservador en 1996. Trabajó en el sector privado, y en el 2008 dirigió un tanque de pensamiento, Reform, desde donde ahondó en la política pública relacionada con temas económicos, educativos y de seguridad. En 2010, fue electa miembro del Parlamento (MP), y durante su carrera política ella ha abogado por liberar los mercados y mejorar la calidad de la instrucción educativa. 

Cuando asumió el control del partido y del gobierno, Truss nombró al Barón Nicholas True como líder de la Cámara de los Lores. Truss seguramente comparte con Lord True la pasión por las políticas públicas en materia de educación, entre otros temas. Lord True ostenta además el título de Lord Keeper of the Privy Seal. En siglos pasados, hubiera sido responsable de cuidar el sello personal del monarca, pero hoy guarda el título simbólico y funge como el quinto funcionario de más alto rango en el gobierno británico. True ha sido un miembro importante del Partido Conservador, incluso desde antes de entrar a la Cámara de Lores en 1993. Reemplaza en el puesto de líder a Natalie Evans, quien durante seis años consecutivos (durante los gobiernos de Theresa May y Boris Johnson), dirigió la cámara con «determinación, tenacidad, pero siempre con un gran sentido de humor», en palabras de su sucesor.

Nos podemos imaginar lo que significó para los parlamentaristas británicos, pero especialmente para su líder, enterarse que la Reina Isabel II había fallecido tan solo dos días después de sus respectivos nombramientos. Se han dado muchos discursos para despedir a la reina, pero el discurso de Nicholas True merece el apelativo de bello, porque eligió resaltar las virtudes que encarnó su monarca.

Me tomé la libertad de traducir algunos pasajes para compartirlos con ustedes, porque la vida virtuosa de la Reina Isabel II es ejemplo para todos, no solo para los británicos. A continuación, unos pasajes:

La reina Isabel II «fue nuestra ancla de estabilidad en un mundo cambiante. Nuestro ejemplo respecto de la conducta y la cortesía, desde el más alto cargo en esta tierra, ella nos enseñó día a día las virtudes de la dignidad, la civilidad y la humildad, de la veracidad y del servicio…»

«Nadie jamás cuestionó su ética de trabajo. Era la reina para todos, en todos lugares y todas las generaciones. Mis lores, en un comentario emotivo, e inusualmente público, pues su majestad poseía ese diamante entre las virtudes—la discreción—su majestad dijo del esposo a quien tanto amó, nuestro difunto Príncipe Felipe, que él fue, sencillamente, su fortaleza y roca durante todos estos años, y así lo fue ella para nosotros…»

«Fue nuestra fortaleza y roca por setenta años, firme en su deber, sabia en sus consejos, tranquilizadora en su sonrisa, cortés en cada uno de sus actos, ya sea cuando extendía la mano para la reconciliación con Irlanda, o al alentar a un temeroso niño, titubeando con un ramo de flores que no se atrevía a presentar».

«[Después de verla] muchas [personas] regresaron a casa, enternecidos por su calidez, con gozo en el corazón, y seguros de que hay una chispa de bondad en el mundo, y un espíritu de buen humor, y, ¡Dios mío!, vaya si su majestad tenía un buen sentido del humor e ingenio. Las personas se sentían contentas de que ella había llegado a su pequeña esquina del mundo. Las personas, francamente, estaban contentas de que ella simplemente estuviera allí. A nuestro entender, querían a la reina pública, pero también a la reina privada, con sus perros y sus caballos, y su alegría frente a la campiña de Escocia, donde murió».

«Todos nosotros, mis lores, así la conociéramos o no, sentíamos que la conocíamos, y nos congratulábamos por conocerla. Y de todas las cosas que sentíamos saber, una cosa que todos sabíamos con certeza descansa en esa palabra única: deber. La suya fue una vida entregada al deber, al servicio de sus pueblos, servicio a los demás, un servicio incesante, completamente desinteresado, dado con resiliencia y paciencia, aún en los tiempos difíciles. Y desde aquel momento en que cumplió 21 años, y desde aquella transmisión en que declaró que dedicaría su vida entera a nuestro servicio, hasta su promesa sagrada de coronación, hasta lo que atestiguamos esta última semana, cuando esa mujer bastante extraordinaria hizo acopio de las últimas gotas de sus fuerzas para decir adiós a su catorceavo primer ministro y nombrar a su quinceavo: deber, mis lores, deber». 

«Muchos de nosotros hacemos muchas promesas, y todos las incumplimos. En 1947 y en 1953 su majestad hizo una gran y solemne promesa de servicio vitalicio, y la honró sin retrocesos ni defectos durante 75 años. Y en eso hay otra cualidad de su majestad: la constancia, y la valentía. La valentía que pudimos apreciar visiblemente cuando, en el evento Trooping the Colour [1981], un hombre demente disparó seis tiros contra ella, y nadie en ese momento sabía que eran disparos en blanco, y esa consumada jinete estabilizó su caballo y simplemente prosiguió con lo que hacía, como tantos de su generación acostumbraban a hacer».

«Su majestad nunca se acobardaba, siempre perseveró, y me aventuro a decir, sin faltar el respeto a la poderosa Isabel I, que aquí tenemos a la más grande soberana que este país jamás ha tenido».

«Convocamos a Dios todopoderoso, en quien ella tan profundamente confió y creyó, para que reciba, como seguramente Él lo hará, a su intrépida e inmoral alma. Gracias “Mam”, y descanse en paz, como usted descansará en nuestros corazones».