Caudillos, populistas y el hilo que los une

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Por Christa Walters 

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


Las democracias en América Latina, que tanto han costado construir, sufren constantes ataques frontales. Muchos de estos son perpetuados por líderes populistas que no paran de hacer estragos en la región. A pesar de ello, los ciudadanos continúan votando por ellos, creyendo en sus promesas y llevándolos al poder. ¿Habrá un componente histórico que explique por qué las personas en nuestros países se decantan por esas figuras? Pareciera que los populistas son vistos como una especie de caudillos o que invocan una remembranza de estos, pero ¿son los populistas de ahora lo mismo que los caudillos de hace un siglo? 

En muchas ocasiones juzgamos el pasado con ojos del presente y rápidamente terminamos con una concepción tergiversada de la historia. Sin embargo, lo opuesto, analizar el presente comparándolo solo con estándares del pasado, tiene resultados similares. Para ser justos, es necesario encontrar un punto medio. Por lo tanto, diferenciar el caudillismo del populismo nos puede ayudar a entender de dónde viene cada uno de estos conceptos, pero también por qué son usados casi como sinónimos en la actualidad. 

El caudillismo y el populismo parecen ser lo mismo, pero no lo son. El caudillismo es un fenómeno que nace en el siglo XIX. Una de las definiciones más puntuales de los caudillos del continente la hace Leslie Bethell, un historiador y profesor enfocado en América Latina del siglo XIX y XX. Bethell expone que en la época posindependencia «la autoridad, que más bien se encarnaba en personas concretas, estuvo en manos de líderes fuertes que tendían a ponerse por encima de las leyes y las constituciones. Estos líderes por lo general eran y son considerados caudillos, es decir, hombres cuya fuerza personal les permitía obtener la lealtad de un importante número de seguidores a los cuales movilizaba para enfrentarse a la autoridad constituida o para hacerse con el poder por medio de la violencia o amenaza de violencia». 

Por otro lado, los populistas son más contemporáneos pues nacen de las democracias. El populista es un líder que llega al poder, por vía electoral, utilizando el descontento ciudadano. Además, es una figura que se posiciona mesiánicamente como la única persona capaz de resolver los problemas del pueblo, abusa del lenguaje para establecer verdades a medias, alienta el odio y la polarización de la sociedad y finalmente, moviliza a la población, posicionándose como el portavoz del pueblo. Estas son algunas de las características del populista que desarrolla el historiador mexicano, Enrique Krauze, en su columna «Decálogo del populismo iberoamericano».

Caudillos y populistas se asemejan en muchos aspectos. Especialmente por ser líderes carismáticos; característica que los hace tan magnéticos. También por el componente autoritario que los hace despreciar las bases del constitucionalismo liberal y republicano de limitar el poder público, respetar los derechos individuales y la Ley. 

No obstante, los diferencia la forma en la que llegan al poder. Por un lado, los caudillos llegaban al poder por métodos violentos, lo cual ponía entredicho su legitimidad explica Bethell. Eso era muy común en el periodo turbulento después de las independencias, pero que ahora ya no vemos, solo quizá a veces a pequeña escala en algunas comunidades. Por eso los caudillos pertenecen al siglo pasado. Por otro lado, los populistas nacen de las democracias, expone el politólogo Eduardo Fernández, y ascienden con el voto popular, dándole legitimidad a la forma que llegan al poder. Esto los blinda de alguna forma a las críticas posteriores cuando tratan de concentrar el poder y manipular a la población pues fueron electos por el mismo pueblo. Entonces, ¿por qué en muchos países se sigue votando por estas figuras? 

Los caudillos y populistas son de siglos distintos, pero los segundos invocan el espíritu de los primeros y utilizan otro montón de artilugios para aprovecharse del descontento de los votantes. 

Para entender esto, debemos retroceder unos cuantos pasos y ver que las sociedades en América Latina y nuestras organizaciones políticas desde la independencia «constantemente han tratado de reconstruir la autoridad patrimonial de la corona española». Esta era la necesidad de depender fuertemente en el poder central (Estado), que en ese entonces era el rey y que era fuente del patronazgo, así como árbitro final de cualquier disputa. Evidenciando así, un poder extremadamente personalista. Luego con las independencias, la ausencia de ese gobierno personalista se mermó ya sea en anarquía o en pequeñas tiranías (caudillos). No obstante, la incapacidad de transitar de un gobierno personalista y patrimonial a uno donde se institucionalice legítimamente el poder se ha arrastrado, en parte, hasta nuestros tiempos. Ahí está la razón por la que muchas personas votan por lo tradicionalmente aceptado en el continente: una figura fuerte que pueda tener la última decisión, que sea capaz de dirigir y resolver personalmente los problemas que nos aquejan. Así es como los populistas mantienen vivo el legado de los caudillos e impiden que se corte ese hilo que los une. 

La historia nos demuestra que no estábamos condenados a vivir solamente bajo caudillos, pues la democracia ha sobrevivido por un tiempo ya. No obstante, está en riesgo y los nuevos populistas nos hacen ver que no somos completamente inmunes a los encantos de quienes aspiran a ser jefes políticos personalistas. 


Bethell, L. (1991). Historia de América Latina. Tomo VI: América Latina Independiente (1820- 1870). Barcelona: Editorial Crítica.