Si dudo, me abstengo

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Por Moris Polanco

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


La columna de mi amigo Luis Figueroa aporta una reflexión interesante y valiosa sobre la relación de nuestros conceptos con la realidad. Desconozco la razón por la que Luisfi aplica esa argumentación al problema, tan discutido, del inicio de la vida humana. Tiene razón Luis en que es importante llamar a las cosas por su nombre, y que no es lo mismo un cigoto que un embrión o un feto. Sin embargo, hay quienes se apoyan en este argumento para justificar el aborto de un embrión o un feto. 

A su argumentación (implícita, de que no es lo mismo abortar un cigoto que un embrión o un feto) yo respondería diciendo que, por justicia, no se debe abortar la vida humana en potencia, porque esta es necesaria para la vida actual. No puedo «solo» quitar la vida en potencia, sin frustrar una vida actual. «No hagas a otro lo que no quisieras que te hicieran a ti». Tampoco se justifica eliminar una vida potencial con el argumento de que provocará estrés en una vida actual (la de la madre), o que será indeseado o que significará una carga. La respuesta es que no podemos saber con certeza si esto será así. Puede ser que la madre, al ver nacer a su hijo, cambie de actitud, o que el niño llegue a ser un verdadero apoyo para la madre o una persona que va a aportar mucho a la sociedad.

Por otra parte, no se puede negar que un feto vivo o un cigoto vivo, procedente de la unión de dos gametos humanos, sea vida humana. Y para destruir vida humana tendría que existir una razón suficiente. No se pueden destruir vidas humanas gratuitamente.

Otro argumento que suelen presentar las personas que están a favor del aborto es que, si se sabe con certeza que una criatura humana nacerá con serias deformaciones, es mejor no traerla a sufrir a este mundo. La respuesta que se puede dar es que hay que dejar que la naturaleza actúe. Si las deformaciones son graves, suele suceder que se produce un aborto espontáneo. Uno puede dejar de poner los medios extraordinarios para el sostenimiento de la vida; lo que no puede hacer directamente es matar.

Si se argumenta que en el aborto de un cigoto no se está asesinado a un ser humano hay que responder que no sabemos cuándo se empieza a ser humano, y que no se pude obrar con conciencia dudosa. «In dubio pro reo». Lo que sí sabemos es que el corazón del feto empieza a latir entre las seis y media y las siete semanas, que el cerebro se desarrolla a la quinta semana, los ojos a las siete semanas, y unas semanas después se desarrollan los oídos y la boca y nariz. Aún no puede sostenerse por sí mismo, es un ser dependiente de la madre, pero es un ser distinto de la madre. 

Quienes están en favor de despenalizar el aborto argumentan que, puesto que no es evidente cuándo se comienza a ser humano, no queda más alternativa fijarlo «por consenso». La pregunta es, ¿por qué es preciso fijarlo? Si la respuesta es que se debe fijar criterio para saber cuándo se está abortando a un ser humano y cuándo no para atender a las demandas de quienes desean abortar, es evidente que no es una razón válida. Las demandas de quienes desean abortar pueden ser justas, pero no se puede satisfacerlas cometiendo una injusticia o arriesgándose a cometerla. 

En resumen, no se puede obrar con conciencia dudosa. No se puede abortar la vida humana en potencia porque esta es necesaria para la vida actual. No podemos «solo» quitar la vida en potencia, sin frustrar una vida actual. 

Foto: artista Christine Sun Kim