¿Qué espera un cristiano del futuro?

7 minutos

Por Monseñor Mario Alberto Molina Palma

Homilía del 8 de mayo de 2022

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


Una de las grandes preguntas que nos planteamos los humanos concierne el futuro, nuestro futuro personal y social. La experiencia del Covid nos hizo muy conscientes de nuestra mortalidad, de que el futuro que planificábamos podía quedar truncado. Al principio de la pandemia, cuando todavía no había vacunas, contagiarse del Covid creaba una gran incertidumbre en la persona que se enfermaba y en sus parientes. Aparecía la muerte como una posibilidad real porque muchas personas conocidas que se contagiaban, morían. Ahora, la humanidad vive bajo la amenaza de una guerra distante, pero que nos afecta porque es una de las causas del incremento del precio de los combustibles y del trigo del que se hace el pan. ¿A dónde nos llevará esta guerra que está fuera de nuestras manos? 

Desde niños aprendemos a planificar el futuro. ¿Qué vas a hacer cuando seas grande?, es la pregunta con la que introducimos a los niños en esa dinámica de proyectarse hacia el futuro. Los jóvenes planean qué van a ser, cómo quieren desarrollar su vida. Planean casarse, planean el trabajo que quieren realizar, la profesión en que se quieren desempeñar; planean dónde quieren vivir. Algunos de esos planes se realizan; otros no. Pero ¿el futuro que se realizará en este tiempo es acaso el único futuro que existe? ¿No será acaso que cuando de jóvenes pensamos en el futuro, en ese pensamiento va implícita la pregunta del futuro que va más allá del tiempo y de la misma muerte? Es decir, cuando pensamos en el futuro que deseamos, pensamos que ese futuro, si se realiza, nos llenará de satisfacción, de alegría, de sentido de vida. Pensamos que ese futuro nos dará plenitud. Pero la realidad es que el futuro que conocemos es el de la muerte, que le quita todo sentido al esfuerzo humano. Pero nosotros pensamos en el futuro con el deseo de que tenga sentido. Por eso, incluso si el futuro que pensamos se realizara en este tiempo y en este mundo, en todo deseo de futuro hay un deseo de eternidad. 

El vidente del Apocalipsis tiene una visión del cielo y de la eternidad. Él ve una multitud de personas de todos los pueblos y lenguas. Los ve victoriosos, con palmas en las manos, delante del trono de Dios y del Cordero, Jesucristo. Y una voz le explica al vidente: estos son los que han pasado por la gran persecución y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero. La muchedumbre de personas que el vidente mira en el cielo son los que aquí en la tierra vivieron en fidelidad a Dios, los que fueron perseguidos por ser cristianos, los que pusieron su mirada no solo en los logros para alcanzar en el futuro de este mundo, sino que pusieron su mirada en el logro final, de alcanzar la victoria con Cristo. Ellos vivieron en este mundo con la mirada puesta en el cielo. Y por eso caminaron bien, con fidelidad y responsabilidad en este mundo. Porque a través de una vida bien realizada aquí y ahora sabían que alcanzarían la plenitud que no defrauda y la alegría que no se agota. Ya no sufrirán hambre ni sed, no los quemará el sol ni los agobiará el calor. Porque el Cordero, que está en el trono, será su pastor, y los conducirá a las fuentes del agua de la vida y Dios enjugará de sus ojos toda lágrima. 

Ser cristiano es seguir a Cristo; pero no solo para vivir bien en esta vida, sino para alcanzar a Dios. Hoy Jesús se nos presenta como el buen pastor. En el pasaje que hemos escuchado no aparece esa palabra. El pasaje que hemos leído está tomado del capítulo 10 según san Juan; al principio de ese capítulo, Jesús se presenta como un pastor que sabe guiar sus ovejas. Por eso en el pasaje que hemos leído dice: Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Jesús es buen pastor, no solo porque nos da buenos mandamientos para esta vida; no solo porque nos enseña a amarnos unos a otros; no solo porque nos alienta y nos da esperanza, sino porque nos guía hasta la plenitud de Dios. Reconozcamos que el Señor es Dios, que Él fue quien nos hizo y somos suyos, que somos su pueblo y su rebaño. En este mismo capítulo, Jesús dijo que vino a dar vida plena. Esa vida plena nunca la alcanzamos en este mundo, solo la alcanzamos en Dios. Aprender eso es aprender a vivir como cristianos. 

No todos aceptan ese modo de vivir. El cielo no se ve; Dios no se ve. Mejor nos aseguramos tratemos de arreglar los problemas y necesidades de tanta gente aquí en la tierra y dejémonos de pensar en las cosas que no se ven. Pero una cosa no quita la otra; es más, si pensamos alcanzar lo que no se ve tendremos motivos para arreglar las que se ven. Ya antiguamente había personas que no querían pensar en las cosas que no se ven. Hoy hemos escuchado un pasaje de la experiencia de Pablo y Bernabé cuando comenzaron a anunciar el evangelio de Jesús en Antioquía de Pisidia. Pero hubo algunos judíos que rechazaron y contradijeron a Pablo. Otros en cambio, sobre todo gentiles, es decir, no judíos, aceptaron con alegría la propuesta de vida que les hacía Pablo a la luz del evangelio de Jesús. Pablo y Bernabé no se afligieron, sino que declararon: La palabra de Dios debía ser predicada primero a ustedes; pero como la rechazan y no se juzgan dignos de la vida eterna, nos dirigiremos a los paganos. Es una acusación fuerte: Ustedes no se juzgan dignos de la vida eterna, no quieren oír hablar de vida eterna. Pues bien, no hay problema. Hay otros que sí quieren escuchar y oír sobre esa esperanza. Y continuaron: Así nos lo ha ordenado el Señor, cuando dijo: Yo te he puesto como luz de los paganos, para que lleves la salvación hasta los últimos rincones de la tierra. 

Dios se valía de la predicación de Pablo y Bernabé para llevar la luz de Cristo a todos. Cristo es la luz de los paganos; pero Pablo y Bernabé se convertían también en luz, cuando llevaban la luz de Cristo para iluminar a los que yacían en tinieblas y en sombras de muerte. Jesucristo, el Buen Pastor, sigue necesitando también hoy a hombres dispuestos a entregar y dedicar su vida por entero llevar la luz de Cristo hasta los últimos rincones de la tierra. Hoy es un día para rezar y orar por las vocaciones a la vida sacerdotal. Pidamos hoy que tengamos sacerdotes suficientes para llegar a todos, para que a nadie le quede lejos el ministerio y el servicio del ministro de Cristo que le lleve su luz y su salvación.