La Biblia, Jesús y tú

5 minutos

Por Joseángel Domínguez

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


A la tenue luz de una lámpara de aceite, la historia se narra de nuevo, como cada año. Es un joven cristiano, de nombre Rufo, que cuenta incansable cómo su padre Simón, acompañó a Jesús de Nazaret y le ayudó a llevar la cruz camino del patíbulo una tarde del mes de Nissan a la vuelta del campo. Por supuesto que Rufo y su hermano Alejandro han grabado en su memoria los detalles que, por años, su padre Simón les diera sobre lo ocurrido antes de la Pascua de aquel año. Y, por supuesto, Rufo lo cuenta a todos los primeros cristianos con la pasión del hijo orgulloso. Cuando, años más tarde, Marcos pusiera por escrito los eventos de aquella fecha, y se vea en la necesidad de explicar a su audiencia quién es Simón de Cirene, no dudará en decirle a sus primeros lectores: ¿Simón? fácil: el padre de Alejandro y de Rufo. 

Ese texto, escrito por Marcos y consignado a la Iglesia, fue reconocido como Palabra de Dios por la comunidad primera. En este caso es Eusebio de Cesárea (Siglo IV) quien nos cuenta que tiene en sus manos el texto del obispo de Hierápolis, Papías,donde el Evangelio de Marcos aparece listado con los otros tres. Papías nació en el siglo I de nuestra era, no mucho después de Rufo y Alejandro. Papías había recibido esta tradición directamente de boca de Juan el Anciano, sucesor de Juan el Apóstol en la sede de Éfeso. 

Y es que, cuando, en pleno siglo XXI hablamos de Tradición, tendemos a pensar en una nebulosa información que se pierde en el horizonte de los tiempos antiguos… pero estamos hablando de personas reales, con nombres y autoridad, que transmitían lo que a su vez habían recibido. Resulta poco racional y poco científico rechazar el testimonio de la tradición. Si alguien quiere argumentar en contra, adelante, pero carga con el peso de la prueba. Alejandro, Rufo, Eusebio, Papías ya han puesto su parte, pero es responsabilidad nuestra conocer y estudiar la historia, los datos que se pueden encontrar y que arrojan luz sobre los detalles de unos eventos que han condicionado toda la historia de Occidente, y, en parte, del resto del mundo. 

Uno de los elementos que nos ayuda a aceptar la veracidad de los testimonios antiguos es el criterio de lo embarazoso. Hay situaciones y eventos que dejan en muy mal lugar a los protagonistas. Historias sobre Apóstoles, o Santos que les dejan en una posición embarazosa. Esos eventos nos ayudan a ver que lo que se cuenta no es para dejar bien a alguien o para alagar a algún respetado y venerado personaje. Por ejemplo, cuando Pablo cuenta que tuvo que reprender a Pedro en Antioquía. O, más conocido quizás, cuando los Evangelios cuentan que los discípulos se quedaron dormidos en Getsemaní durante la oración de Jesús. 

En las fechas de Semana Santa y Pascua, resulta de gran provecho tomar las narraciones de los Evangelios e intentar componer la escena, sabiendo que cada una de las narraciones, a pesar de las diferencias están presentando una imagen en «4-D» de Jesús, Hijo de Dios, en su pasión, muerte y resurrección. Cada uno de los Evangelios aportan nuevas luces, perspectivas y matices que ayudan a conocer la Imagen de Dios que está detrás. Y aquí son de gran ayuda el testimonio de la Tradición y la veracidad de las narraciones: cuántos detalles se descubren cuando se leen con calma los textos (y se pide ayuda al Autor): Pedro llevaba una espada ¿la llevaría siempre consigo?; Judas estuvo en la Última Cena ¿estuvo también en la Eucaristía?¿fue él también ordenado obispo?; Juan, el discípulo amado, era conocido del Sumo Sacerdote ¿cuál era su relación?; y quién era el Sumo Sacerdote, ¿Anás o Caifás?… Muchos detalles se encuentran entre líneas, disponibles para quien quiera sumergirse en la escena como un personaje más. 

Es evidente que la Resurrección es un evento que trasciende las capacidades científicas de explicación, y supone para la Historia un antes y un después. Al mismo tiempo la recepción y transmisión de ese evento y de su significado está, al menos en parte, en nuestras manos. Nosotros somos la tradición para los siglos venideros… nosotros contaremos a la siguiente generación esa profunda historia de pascua y su implicación en nuestras vidas, nosotros seremos Rufo para los que vengan detrás.