Propaganda y terror político

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Por Carroll Rios de Rodríguez 

Publicado originalmente el 7 de febrero de 2022 en Prensa Libre

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


Hitler y Stalin eran lobos de la misma loma

El «capital» es dibujado como un hombre ahorcado en el patíbulo del primer plan quinquenal para la industrialización (1928-1932), en un grotesco cartel soviético.  Otro feo afiche retrata al kulak, el campesino privado, como un feroz depredador capaz de destruir las granjas colectivas, y como colaborador de los Zares, los capitalistas y los religiosos. 

La «gran edificación del socialismo» y centralización económica se hizo acompañar de una masiva propaganda que atemorizaba y motivaba a la vez.  Este arte político dejó en claro que los soviéticos consideraban enemigos a los cochinos capitalistas, los campesinos independientes, los disidentes políticos, el fascismo nazi, la religión y todo lo occidental.

En la Unión Soviética, se le coartó su libertad y se sembró el terror a todos: los habitantes fueron tratados como clavijas y no personas con dignidad y derechos. El control absoluto de la economía requirió la creación de campos de concentración laborales. Se estima que entre 1928 y 1935, alrededor de 25 millones de prisioneros fueron enviados al gulag y otros 6 millones fueron exiliados o deportados. Otros 8 millones fueron recluidos en colonias laborales y asentamientos de trabajo. 

Grandes proyectos de construcción, minería e industria fueron ejecutados por trabajadores explotados, sin equipo protector y con herramientas rudimentarias. Los inclementes inviernos no frenaban las tareas. Si el trabajador no cumplía con su cuota laboral, se le negaba la comida. Algunos prisioneros deliberadamente se cortaban las manos o se quemaban los brazos para eludir las tareas. 

A diferencia de los horrores del socialismo nazi, el sistema del gulag se envolvió en un secreto de estado. El mundo conoció los indecibles horrores del socialismo nazi en Auschwitz, Dachau, Treblinka y otros campos de concentración. Allí, 6 millones de judíos fueron asesinados durante la II Guerra Mundial. Pero los campos soviéticos se ubicaron en sitios remotos y los arquitectos de estas atrocidades ocultaron sus atrocidades al mundo. Quizás no fue sino hasta la publicación de Archipiélago gulag, en 1973, cuando el novelista Aleksandr Solzhenitsin destapó la olla y narró sus propios sufrimientos de manos del totalitarismo. Escribió Solzhenitsin que «cualquiera que haya proclamado la violencia como su método está inevitablemente forzado a tomar la mentira como su principio».

Aprendemos cómo la maquinaria estatal hitleriana mentirosamente vilificó al pueblo judío en la exposición Shoá: Cómo fue humanamente posible, montada en el atrio de la biblioteca de la Universidad Francisco Marroquín por dicha universidad, la Comunidad Judía y el Instituto Fe y Libertad. Hitler y sus aliados usaron propaganda para deshumanizar a personas de carne y hueso, y ello condujo a un vergonzoso holocausto. Si pasó una vez, puede volver a pasar, advierte la exposición, curada por el Museo Yad Vashem en Israel. 

La impactante exposición invita a la siguiente reflexión: las atrocidades son precedidas por la erosión del respeto a la libertad, la vida y la propiedad privada de las personas. Los dictadores Adolfo Hitler y José Stalin fueron enemigos de guerra, pero eran lobos de la misma loma. Se aferraron al poder absoluto retratándose como salvadores mesiánicos. Recurrieron a una mezcla de mentiras, terror y carisma. Sembraron odio hacia enemigos externos. Tanto es así que en un año (1937-1938), Stalin ordenó un baño de sangre que hoy se conoce como «El gran terror»: asesinó, masacró y ejecutó a múltiples opositores, desde minorías étnicas hasta trotskistas. 

Nuevas generaciones deben conocer y aprender de esta historia para no repetirla.