¿Nos creó Dios para la muerte?

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Por Monseñor Mario Alberto Molina

Homilía del 27 de febrero de 2022

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


Hoy repetimos con san Pablo la exclamación que solo los cristianos podemos proclamar: La muerte ha sido aniquilada por la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? Gracias a Dios que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo. La muerte, el hecho de que nazcamos para morir, es el gran enigma de la vida humana. La muerte, como horizonte que limita nuestra vida hacia el futuro, nos plantea la principal pregunta a la que necesitamos dar respuesta. La muerte, como destino humano, cuestiona nuestra misma fe en Dios. ¿Nos creó Dios para la muerte? ¿Es la muerte el final que Dios puso a nuestra vida desde la creación? ¿Cómo podemos proclamar que la misericordia de Dios es eterna, si nuestra vida es caduca y temporal? Si Dios nos creó mortales y para que muriésemos después de unos años de vida aquí en la tierra, no tendríamos esperanza. Pero si la muerte no es parte del designio original de Dios para la humanidad, sino que es algo que vino después y en contra de los planes de Dios, entonces tenemos esperanza. Dios no puede corregir lo que creó, pues todo lo hizo bien. Pero Dios puede corregir lo que Él creó y se torció después de haberlo creado. 

Desde la primera página de la Biblia se nos dice que Dios creó al hombre para que viviera. Dios no hizo la muerte; ella no es parte del designio original de Dios para la humanidad. Según el testimonio bíblico, la muerte apareció en el horizonte de la vida humana después del pecado de Adán. Los científicos que estudian el origen de la vida en la tierra nos dirán que esas afirmaciones no cuadran con la realidad de las cosas. Los biólogos y paleontólogos nos dirán que los seres vivientes siempre han sido mortales, desde las primeras formas de vida, las más antiguas, hasta que por la evolución apareció el ser humano, siempre ha habido muerte. Sí, ese es el hecho biológico. Pero sobre ese hecho biológico hay una visión de fe, que consiste en penetrar el sentido de todo lo que existe desde los designios de Dios que incluyen la evidencia biológica. Es posible afirmar que según la evidencia de la ciencia que estudia el origen de los seres vivos siempre ha habido muerte entre los seres vivientes. Ese es un nivel de la ciencia. Pero es posible también afirmar que Dios nos hizo para la vida. La Biblia expresa esa realidad contándonos que la muerte llegó después de que Adán pecó y enseñándonos que Dios enseguida determinó darle solución a esta situación. Dios no nos hizo para la muerte, sino para la vida. De hecho, plantó el árbol de la vida en medio del jardín en que colocó a Adán. Y por eso Dios puede vencer, derrotar y transformar la muerte en camino hacia la vida. 

Y eso lo hizo Dios por medio de la resurrección de Jesucristo. La obra principal de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, fue estrenar para sí mismo y para la humanidad una forma de vida humana más allá de la muerte. Jesucristo, aun siendo el Hijo de Dios, no fue eximido de pasar por la muerte, sino que la atravesó para llevar su condición humana a una forma de vida nueva, más allá de la muerte. Nosotros somos capaces de compartir esa vida porque unidos a Cristo por la fe y los sacramentos, participamos de su victoria. La gran exclamación de san Pablo surge de la fe en Cristo resucitado. Nosotros participaremos de la resurrección de Cristo a través de nuestra propia muerte. Dice san Pablo: Cuando nuestro ser corruptible y mortal se revista de incorruptibilidad e inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: La muerte ha sido aniquilada por la victoria. Por eso no nos desanimamos en las dificultades. Por eso procuramos vivir una vida recta, y tenemos ánimos para hacer frente a las adversidades. Porque sabemos que tras las fatigas y los esfuerzos está el don de Dios que nos acoge en su amor y en su plenitud para una vida sin fin en Él y en Cristo. 

Hoy Jesús nos propone en el evangelio una serie de consejos acerca de cómo debemos y podemos ayudarnos unos a otros en el logro de la meta que esperamos. El evangelio de hoy se abre con una pregunta: ¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? La respuesta es obviamente no. Los dos tropezarán con los obstáculos y caerán. ¿A dónde quiere llegar Jesús con esa pregunta? Creo que quiere decirnos que para las cosas de Dios todos somos ciegos, necesitamos la enseñanza que nos viene del mismo Dios a través de Jesús. Intentar buscar el sentido de la vida frente a la muerte desde la filosofía y el pensamiento humano siempre ha llevado a respuestas de resignación, de conformismo con la realidad visible, e incluso de pesimismo y desesperación. Para guiarnos por el camino que lleva a la vida y a la plenitud necesitamos la luz de Dios, la revelación de Jesucristo, el Evangelio de la verdad. Jesús es nuestro maestro. El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. Efectivamente, si somos discípulos de Jesús, poco a poco nos vamos identificando con él, hasta que cuando resucitemos, seremos semejantes a él porque lo veremos tal cual es (1Juan 3,2). 

Luego plantea Jesús otra pregunta: ¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo? Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano. Jesús nos quiere enseñar con estas palabras que todos somos pecadores, que todos tenemos algo que corregir. Que la autoridad para corregir al hermano nos la da la capacidad de reconocer nuestras propias limitaciones y pecados. Aquí no se trata de dos ciegos que tratan de caminar juntos, aquí se trata de dos pecadores que tratan de ayudarse uno al otro para caminar por el camino de Jesús. Así somos los cristianos. Si nos creemos perfectos y sin faltas, no tendremos caridad para corregir al hermano. Actuaremos desde el orgullo, soberbia y jactancia. Pero si reconocemos nuestras propias faltas y pecados, entonces tendremos la humildad y sencillez para saber corregir sin ofender, motivar sin atropellar, aconsejar sin humillar. 

Jesús concluye con unas sentencias que nos deben animar: El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón. Que nuestro corazón esté siempre lleno de Dios, para hablar siempre las cosas de Dios.