Identidad y esperanza: una necesaria visión cristiana

4 minutos

Por Carmen Camey

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


Desde que soy mamá, me han apasionado los libros de niños. De pequeña me gustaba leer, pero nunca reflexioné demasiado acerca de las enseñanzas profundas que un libro podía dejarme. Ahora que lo pienso, vivo marcada por lo que aprendí de Mujercitas, de Los hijos del vidriero y de Edmundo de Amicis y su Corazón. No recuerdo mayor cosa sobre lo que leía antes, pero sí que recuerdo pasar las páginas de los álbumes ilustrados y disfrutar de contemplar los dibujos y las palabras. Ahora, me puedo pasar horas en las librerías buscando libros que enseñen cosas importantes a mis hijos y que al mismo tiempo sean bonitos, con ilustraciones atractivas y bien impresos. He descubierto que siempre se aprende mejor de la mano de un personaje amigo y que pocas cosas hay tan importantes como enseñar a los hijos a disfrutar de aprender.

Uno de los temas que más me preocupa es el de la identidad y sé que es un tema que me preocupa a mí y a muchos. Recuerdo que alguien nos regaló un libro titulado Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes. Me encantó la propuesta: historias de grandes mujeres y sus logros. El libro me pareció precioso y atractivo, hasta que noté que en algunas de las historias las «mujeres» en realidad eran hombres o mujeres trans y que las historias eran relatos sobre cómo se habían dado cuenta de que eran algo que no eran. No es que esto sea nada nuevo, pero pienso que, aunque es la apuesta de algunas madres para enseñar a sus hijas algo sobre la identidad, no es lo que yo quiero que mis hijos aprendan. 

Para empezar, como cristianos, quiero que mis hijos aprendan que su principal identidad ya ha sido recibida, con el alma que Dios les infundió iba también su «verdadero nombre», su «piedrita blanca» que no pueden perder y a la que tienen que acercarse cada vez más. La identidad en nuestra época se ha convertido en una tarea a construir, en algo que se puede decidir y definir y esto ha hecho que nuestra identidad sea cargosa y pesada. Hoy, la pregunta por quién soy va acompañada de la angustia por construirme, por ser alguien, y perdemos de vista que en realidad ya somos todo lo que necesitamos ser a los ojos de Dios. 

Cuando pienso en que quiero que mis hijos se descubran a sí mismos me refiero justamente a esto: a que puedan ir descubriendo gustos, aficiones y pasiones, pero sabiendo que todo ello son tan solo extras que están destinados a hacerlos crecer, pero no a cambiar su ser. Solo esta comprensión del hombre puede darnos la paz de sabernos suficientes y al mismo tiempo la esperanza de ser mejores. Los libros de niños son solo un ejemplo de las manifestaciones de la cultura en las que podemos encontrar comprensiones sobre la identidad contrarias a esta comprensión cristiana, y el género es tan solo uno de los temas. Pero la realidad es que esta es una discusión activa y en la que están interesados millones de personas que sufren de una y muchas crisis por no saber quiénes son ni cuál es su propósito en la vida. Estas crisis existenciales pueden parecer positivas, por asemejarse a un cuestionamiento profundo por las preguntas filosóficas, pero se tornan estériles cuando no hay una guía clara de respuesta, ni una autoridad a quien preguntarlas. El cristianismo puede aportar esto: un Dios a quién preguntarle por mi identidad personal, una respuesta amorosa y en la que pueda sentirme completa y una oportunidad de mejora y crecimiento que me llene de esperanza.