El momento más romántico de la historia humana

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Por Pat Fagan

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor. El artículo lo escribió el autor originalmente en inglés, el IFYL lo ha traducido al español para esta publicación.


[Lo que sigue es una especulación personal, con todas las salvedades, teológicas e históricas, que acompañan a tal ejercicio, aunque espero que se acerque a lo que sucedió].

Además de Jesucristo, san José fue probablemente el hombre más dotado de todos. Era un observador atento de la naturaleza humana, evaluando sus puntos fuertes y debilidades con empatía y comprensión, lo que lo convertía en un líder natural.

Lo suyo era guardar su corazón, puro y disciplinado, para Dios y para la mujer con la que algún día se casaría. Al observar a María, fuese en la aldea o en la peregrinación a Jerusalén, se quedaba impresionado por su belleza y reserva y sentía su inmensa fuerza. Al ser José un hombre valiente y audaz, habría pedido la bendición de Dios para sus deseos.

María, la mujer más dotada que haya existido, observadora y perspicaz, también habría conocido a José y habría sido consciente de sus virtudes y de su posición entre los hombres. Y su intuición femenina habría sentido el interés de José por ella.

José, atrevido, le habría pedido a sus padres que se acercaran a los padres de María. Todos ellos se habrían conocido. Sus padres propusieron el matrimonio y Joaquín y Ana, que habrían conocido a José y su reputación, lo habrían evaluado a la luz de su solicitud. Pero cuanto más lo hicieron, más les gustó lo que vieron. En este punto, comenzaron las serias negociaciones que terminaron con la promesa de intercambio de regalos entre las familias.

Así que sus padres le traen la buena noticia a José. En este momento, su corazón debió de haber estallado de alegría. Sabía que era el hombre más bendecido, probablemente consciente de la alegría de Dios con él, incluso mientras daba gracias a Dios, su padre. En este momento era el hombre más feliz de la tierra.

Los padres de María la pusieron al tanto. En este punto, es probable que ella insistiera en una reunión privada con José, con los padres presentes, pero demasiado lejos para escuchar la conversación. Se habría sentido compelida, en justicia, para decirle a José la solicitud de Dios de que permaneciera virgen.

José habría comprendido inmediatamente las implicaciones para él, pero tanto él como María, probablemente se habrían sentido abrumados por un sentido de la bendición de Dios en este extraño desarrollo; sin embargo, sabiéndose fieles, habrían estado de acuerdo.

José, por tanto, empezó la unión de su mente, corazón y alma con la de María, incluso cuando vivían separados y no se veían como lo hacen las parejas modernas.

Cuánto habrá orado José, dando gracias a Dios por haberle dado como su compañera y como la nutricia de su corazón y su confianza, a la persona más maravillosa que ha existido jamás: la más dotada, más amable, más hermosa, más amable y más sensible y receptiva. Cuanto más contemplaba quién era, más radiante y lleno de alegría debió de haber estado.

Sin embargo, dada su inusual relación matrimonial, le habría pedido a Dios su Gracia, la fuerza y pureza de corazón, mente e imaginación que este matrimonio exigiría de él. Sin embargo, habría percibido la gran profundidad de unión de mentes y corazones entre él y María que esto traería consigo.

Poco después de esto, la historia humana cambió de rumbo, cuando el ángel Gabriel anunció su futuro a María. Asegurándose de que José estuviera al tanto, ella se fue inmediatamente a cuidar a su prima Isabel. Al regresar, sería aparente que ella estaba embarazada. Sin embargo, una vez más, las expectativas de José para su matrimonio quedaron totalmente trastocadas, lo que le causó confusión y dolor por haberse quedado totalmente solo, con un aparente y oscuro dilema.

Teniendo en cuenta todo lo que sabía y creía sobre María, le pareció claro que el camino de Dios para ella no lo involucraba a él. Así que, llegando a la única conclusión posible, decidió proteger a María y su reputación, alejándola de su mente y de su vida. ¡Qué solo y abandonado por Dios debió de sentirse!

Pero luego el ángel lo desengañó y lo puso al tanto de la verdadera situación. Una vez más, la existencia de José quedó patas arriba, esta vez con un claro camino con María y su hijo (de Dios), para el resto de su vida, para toda la eternidad. Él sería el compañero, protector y proveedor de María. Ella aún sería suya, y él aún sería suyo, totalmente. Sería un padre, el mejor de los padres, para su hijo adoptivo. Haría todo lo posible por guiar a su hijo de una etapa de crecimiento a otra, enseñándole, tutorándole y modelándole cómo ser un gran hombre en todas las cosas humanas, en cada dimensión de la vida, pero especialmente y confiando en Dios y en su Madre. 

¡Cómo debió de haber sido esa primera reunión con María, cuando pronunció por primera vez las palabras «Totus tuus», pero con una profundidad y un significado que nunca serían repetidos por todos aquellos que, hasta el fin de los tiempos, se esforzarían por amarla como él! Y una vez más, María hizo estallar su corazón, cuando ella también dijo, con un significado que nunca sería repetido a nadie más: «Totus tuus, José».


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