El falso discurso identitario

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Por Pablo Andrés Rosal

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


En la coyuntura política de Occidente, la política de identidad o identity politics resuenan por todos lados. Hoy en día, es completamente normal encontrar perfiles en redes sociales que muestran su apoyo a Black Lives Matter, el movimiento LGTB o movimientos indígenas con emojis, hashtags y pronombres. En efecto, los grandes debates actuales giran en torno a la identidad de las personas y cómo esta determina su lugar en la sociedad.

Claramente, una característica única de la cultura occidental es su constante autocrítica. Los dramaturgos y filósofos griegos, los escolásticos de la Escuela de Salamanca, los ilustrados… todos fueron figuras que contribuyeron con sus críticas al progreso moral y material de Occidente. Ninguna otra civilización ha puesto en tela de juicio sus errores del pasado como esta. 

En este espíritu, muchos denunciaron las injusticias de su tiempo. Los pecados de la esclavitud y las atrocidades cometidas durante la Conquista permanecen en nuestras discusiones. Definitivamente, es importante reconocer los errores del pasado. Sin embargo, no faltan las personas que pervierten esta discusión tan crucial para instrumentalizarla con propósitos políticos.

Dicha perversión consiste en distorsionar lo que entendemos como identidad. Muchos automáticamente la asocian con conceptos como género, raza o etnia. No por nada se habla de identity politics cuando los políticos apelan a un grupo en particular: los afroamericanos, indígenas, latinos, homosexuales, mujeres… 

Esto representa un problema porque intentan sobreponer una variable de la identidad de las personas por encima de todas las demás; absolutizan los efectos de su color de piel y niegan su individualidad. Su preferencia sexual tiraniza sus experiencias, contexto familiar y comunitario, educación, etc. Es una grave negación de la capacidad de cada individuo de cambiar sus circunstancias (o la actitud con la que las enfrenta). 

En efecto, quienes apelan a la política de identidad hacen una especie de profecía autocumplida. Si a un niño lo convencen desde pequeño que nunca logrará alcanzar un mejor estilo de vida por ser un latino, es muy probable que desaproveche las oportunidades que se presenten porque no percibe beneficio alguno en irse contra la corriente. Luego, escuchará a un político proclamando los males del «racismo sistemático» y se convencerá de que su situación no es culpa suya, sino de la sociedad.

Esta situación alimenta el discurso cada vez más radical de la izquierda en Estados Unidos y el mundo. ¿Cómo se puede contrarrestar esta fuerza? La respuesta radica en cómo hablamos sobre los problemas que tenemos y redefinir conceptos como «identidad».

La identidad es un concepto muy complejo y difícil de definir, pero yo prefiero explicarlo con una analogía. La identidad de cada individuo es como un fiambre con distintos ingredientes y sabores. Es producto de experiencias y circunstancias únicas. La identidad de cada uno está condicionada por factores como el ambiente familiar en el que creció, la fe que practica, su comunidad, los amigos que hace en el colegio, los maestros con los que se encuentra, las actividades en las que participa después clases, los libros que lee, las películas que mira, su primer amor y mil otras cosas que podemos enumerar. 

Claro, dentro de esto podemos incluir factores étnicos, por ejemplo, pues no podemos desconectarnos del pasado; pero eso no significa que englobe todo lo que la persona es y puede llegar a ser. Tampoco significa que la identidad es algo moldeable como plastilina al antojo del individuo, como sugieren los activistas transgénero. 

Lo que Occidente debe retomar es el argumento cristiano a favor de la dignidad humana: que todos fuimos creados por Dios a su imagen y semejanza. Es la revolucionaria idea de que en cada persona hay un destello divino, independientemente del grupo social al que pertenezca. Fue la semilla que inspiró a la Escuela de Salamanca y, posteriormente, a los ilustrados, a defender el reconocimiento de los derechos naturales de todos los hombres. No debe extrañarnos que la excesiva secularización del mundo actual nos haya desconectado de esta idea y estemos volviendo a los tribalismos del pasado: hablar más sobre quién pertenece a cuál grupo y no de individuos.

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