La humildad y la cultura de la cancelación

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Por Daniel Behar

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


Hace unos días, mientras revisaba mis redes sociales, me encontré con una publicación de una persona que estaba argumentando negativamente acerca de un tema. Su publicación se había vuelto muy famosa y varias personas estaban comentando. La mayoría eran comentarios con un tono muy elevado en contra del autor o comentarios sarcásticos tratando de invalidar su argumento tomando de base varios aspectos físicos o sociales, como su género, su condición socioeconómica, etc. Las redes sociales han tenido este impacto: acercarnos a los demás sin importar donde estén y acercarnos sus opiniones sobre diversos temas, donde en ocasiones, podemos no estar de acuerdo con su postura. Yo creo que la verdad no es relativa, ya que Jesús afirmó que Él es la verdad, pero si creo que a veces podemos equivocarnos nosotros diciendo qué es verdad, al final somos humanos y podemos cometer errores. En esa conversación, que normalmente es más discusión que plática, ¿cómo puedo respetar las creencias contrarias a las mías y, a la vez, sostener que me estoy basando en la verdad?

No quiero hablar mucho de técnicas de debate o estrategias de discusión, sería absurdo suponer que los demás las conocen cuando en las redes sociales muchos argumentos se sustentan por medio de falacias. No niego que saber esto es importante, pero el problema radica en nuestra cultura; una cultura que ha ido perdiendo la sensibilidad con la otra persona al conversar y que tacha de insensible o discriminatorio a cualquier argumento contrario, cuando no agrede a una persona o un grupo, sino confronta una afirmación. Este daño que podemos notar al conversar proviene de haber personificado la afirmación o haberla vinculado con un grupo de personas. Las ideas o afirmaciones pueden y deben ser confrontadas, así viene el desarrollo, pero al tomar personal cada crítica y cerrarnos al debate porque creemos que al atacar el argumento nos están atacando a nosotros, caemos en el error de limitar la libre expresión, cerrarnos al crecimiento y a la mejora. A pesar de esta cultura, es importante no callarnos ni limitarnos a contestar cuando sabemos que la otra persona no está en lo correcto, pero como ya vimos, debemos de ser más cuidadosos con lo que afirmamos; no en el sentido de no decir lo que pensamos, sino de tratar de no herir al emisor o a los emisores con palabras «políticamente incorrectas» (este término es un claro ejemplo de esta cultura y es muy usado para juzgar al actuar o decir de los demás).

Hay algo que debemos recordar cuando conversemos con alguien, y lo voy a abordar desde el ámbito religioso. Jesús no nos ha llamado a convencer a los demás, nos ha llamado a esparcir el evangelio haciendo discípulos. Nosotros debemos, con lo que decimos y hacemos, enviar un mensaje a los demás de qué significa ser cristiano y de que la salvación viene por medio de reconocer a Jesús como Señor y Salvador. El que se encarga de trabajar en la persona internamente y convencerla de pecado es el Espíritu Santo, no nosotros. Nuestra misión es anunciar el evangelio, no tratar de convencer a los demás de lo que les queremos decir. Si nuestra mentalidad a la hora de platicar con alguien es convencerlo de que yo estoy bien y el no, si no quiero platicar en paz y explicar por qué creo lo que profeso porque mi objetivo es forzarlo a que piense igual que yo, estaremos faltándole el respeto y no lograremos nada. Recordemos que somos poseedores del libre albedrío, y si Dios no nos obliga a seguirlo y amarlo, nosotros no estamos en el derecho de hacer lo mismo. Es un acto de humildad reconocer esto, al igual que reconocer que yo no poseo la verdad absoluta y puedo estar equivocado en mi argumento, cosa que puede pasar.

Cuando Jesús predicaba el evangelio y lo rechazaban, él simplemente se iba. Algunos pensarán en los momentos donde afirmaba cosas duras contra los fariseos, diciendo que eso no era muy respetuoso de su parte. El no los quería convencer, solo quería enviar un mensaje y el propósito de ese mensaje era redargüir, tenía que ser directo. Pero respetaba que no querían reconocerlo y aceptarlo y simplemente Jesús se retiraba. También debemos saber cuándo es buen momento de aportar a la discusión o iniciar una y cuando no es momento. Proverbios 13:3 RV60 dice: «El que guarda su boca guarda su alma; mas el que mucho abre sus labios tendrá calamidad». Hay que ser sabios sobre cuándo es bueno aportar y conversar, no siempre el resultado será bueno si «lanzamos el dardo» solo porque sí. Respetar a la otra persona implica saber cuándo es buen momento de decir las cosas y confrontar su pensamiento, eso incluso lleva a que no nos falte el respeto. Normalmente no debería de ser así, pero cuidar el momento de hablar es clave.

Finalmente, si queremos argumentar con respeto no debemos insultar, agredir o insinuar cosas negativas de la otra persona. «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes» (Efesios 4:29 RV60). Es clave cuidar el tono de lo que estamos diciendo y la intención de nuestro comentario. No está demás decir que los comentarios insidiosos y las expresiones malintencionadas no deben ser parte de nuestro mensaje. Respetar a la otra persona, respetar su libertad de elección y respetar que puede no estar en la verdad la otra persona, pero se siente cómoda con ello, deben ser pensamientos base a la hora de comentar y platicar. No respetar o elevar el tono de la conversación recae mucho en nuestro comportamiento y nuestra disposición a no caer en una pelea. Humildad, amor y sabiduría son tres palabras que yo usaría para resumir esto. Estas tres palabras nos llevarán a poder cambiar poco a poco esta cultura, el ejemplo es el mejor maestro.