Mi judeidad

7 minutos

Por Jorge Rybar

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


Escribo estas palabras en la última hora de Jánuca, la festividad judía de la luz. Desde Jerusalem, Israel.

Me han pedido escribir sobre mi judeidad, y es que se me hace chistosa la pregunta porque no sé si puedo tratar mi judeidad como algo separado. No es solo un aspecto más de mi vida como «mi vida social», «mi trabajo», «mi familia».

Soy judío. Es mi alma, mi mente y hasta mi carne. Es algo que no puedo dejar nunca ni aunque quisiera. 

A los ocho días de nacer, mis padres me introdujeron al Pacto de Abraham con mi muy celebrada circuncisión (y aunque a algunos les parezca barbárico nosotros lo vemos como un ritual precioso que simboliza la co-creación del hombre con D-s). Además la comida siempre es buenísima.

Toda mi vida estuve rodeado de judíos, de festividades judías, rezos, comida judía, historia judía, chistes judíos, expectativas y valores judíos, héroes judíos, etcétera.

Así que mi judeidad va mucho más allá de Jerry Seinfeld y el Gefilte fish. Aunque de hecho me gustan ambos. 

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Eso sí, crecer en Guatemala como joven judío fue una locura. Crecí entre dos mundos. Siempre tuve dos grupos de amigos, dos escuelas, dos grupos de tradiciones, dos sistemas de valores. 

Por ejemplo, recuerdo desde niño llevar mi pollo kosher empanizado hecho en casa a los cumpleaños en Pollo Campero o tener que quitarle el jamón a la pizza de Playzone. 

Recuerdo a los 12 años cuando una chica que me gustaba me dijo que no podía ser mi novia por que sus padres no la dejaban salir conmigo por que yo era judío.

Recuerdo tener que explicarle a los maestros y jefes que tenía que faltar a la escuela o al trabajo por mis festividades. 

«¡Miss! Tengo que faltar el próximo jueves porque es Rosh Hashana. Es como el año nuevo judío. ¿Cómo hago para reponer el trabajo?»

Recuerdo también perderme muchos juegos de fútbol y muchas fiestas para cuidar el shabat. Siempre sentía la frustración de tenerme que ir temprano de la fiesta el viernes para llegar a la cena de shabat y pretender con mis padres de que no estaba borracho.

Recuerdo la cara de tristeza, también, ese dolor de mi padre en esas pocas ocasiones que me permitía asistir a alguna fiesta en shabat. Nunca era enojo. Solo tristeza, y eso dolía más.

Se lo agradezco tanto.

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Ahora entiendo que todo ese sacrificio que hicimos valió la pena porque no perdí mi identidad. 

Si no fuera por ese pequeño laguito de Torá que había en mi casa no hubiera podido mantener mi identidad durante tantos años. Como ya vieron, me crié como un pez viviendo en tierra. 

Me tomó 29 años regresar a vivir al mar. Ahora vivo en Israel. Un mar que mis antepasados dejaron hace 2000 años pero del que no pararon de imaginar ni un solo día.

Ahora empieza mi proceso de reentrenarme para ser pescado. Aprender a nadar de nuevo. 

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Sueno muy seguro de mi identidad, pero, claro, muchas veces me he cuestionado todo. Y eso se vale. De hecho, eso es algo MUY judío.

Como leemos en el Antiguo Testamento, Moisés mismo le alegó muchas veces a D-s1. Yo diría que algo muy único del judaísmo es precisamente esa relación íntima con D-s. Se vale cuestionar, se vale dudar y se vale opinar.

Yo también le expreso mi frustración, le digo que me aclare las cosas porque no entiendo. Trato de no enojarme con Él porque sé que todo lo que me pasa es por mi bien. Pero a veces no me puedo controlar.

Tampoco puedo ignorar a D-s. Siempre que lo trato de hacer me topo con una pared.

Poco a poco estoy aprendiendo a vivir en más sintonía con quien soy y esto de ser judío comienza a sentirse más orgánico, más lindo y menos pesado.

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Lo único que sí quisiera es que los otros pueblos del mundo nos entendieran más. 

El ser judío es una gran responsabilidad que no escogimos. Al menos yo no la escogí. Simplemente me tocó. No es fácil ser un niño y que te digan: «Eres la “luz entre las naciones”», y «te tienes que casar con alguien judío». 

Somos humanos al final del día. Tenemos ganas de pasarla bien, de ir al cine, de hacer el amor, de explorar, de jugar, de ser aceptados.

Simplemente nos tocó un rol distinto (ya sea heredado o divinamente creado).

Entiendo por qué muchas veces no nos quieren. Nos mantenemos bastante aislados. No encajamos. Somos orgullosos. Tendemos a remar contra la corriente. Y por eso generalmente somos líderes en lo que hacemos. Lo cual puede generar celos y teorías de conspiración. Y admito que también hay judíos que se aprovechan de su posición para hacer el mal en vez del bien.

Pero el «Pueblo Elegido» en general continúa cumpliendo su responsabilidad de traer la divinidad al mundo. A pesar de todas las dificultades que hemos enfrentado. Peleamos por un mundo en donde todo humano tiene valor intrínseco por ser creado en la imagen de D-s. De paso generamos ideas, tecnología, negocios, arte, y ciencia. Y el hecho de que existimos, estos locos, es un tremendo beneficio para la humanidad.

Me gusta ver que hay países (como España y Marruecos) que ahora comienzan a aceptar que los judíos fuimos parte integral de su historia.

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Al final, el Judaísmo, y por ende mi Judaísmo, se trata de traer algo de luz a la oscuridad. 

Frente a mí ahora tengo a una Janukiá (el candelabro simbólico de Janucá). Lo que veo es un símbolo universal de optimismo, que viene a iluminar su entorno. Es un símbolo que nos recuerda que existen los milagros y que los pocos pueden contra los muchos si tienen suficiente determinación (como el pequeño ejército judío pudo vencer al tremendo ejército de griegos paganos). Nos recuerda que hay que luchar en contra de los que quieren acabar con la fe. Y nos inspira a soñar sobre épocas mejores.

Jorge Rybar, Judío 


1 En el Judaísmo Rabínico, D-os está desprovisto de una imagen; se ha desprendido de las ideas preconcebidas o de los estereotipos que tenían de Él otras religiones antiguas. Buscan alejarse de la idea de un dios con características humanas para encontrar quién es Él verdaderamente. Es por eso que en el judaísmo no se pronuncia ni se escribe el nombre de D-os.