El efecto de Cristo

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Por Daniela Quintero de Ardón

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


Tengo una amiga que le huye a la noción de convertirse como su madre. Al verse al espejo ve actitudes que solía atestiguar en casa y no puede negar que se han impregnado tan profundo que casi llegan a su ADN. La realidad es que todos comprendemos una serie de actitudes y personalidades que son herencia y otras que son producto de nuestras experiencias en la vida, el error sería dejarlo así y no permitir que el Espíritu Santo se encargue de moldearnos para hacernos la «obra maestra» de la cual habla la Biblia (v. Efesios 2:10).

El «ser» ha causado curiosidad para muchos filósofos, y gracias a las infinitas explicaciones dadas, se ha generado la noción que el término «identidad» podría ser una aporía. Sin embargo, opino que cuando nos referimos a la identidad como hijos de Dios debemos aproximarnos creyendo que hay un antes y un después de Cristo. Es decir, considero que un cristiano no nace sino se hace rompiendo con los esquemas dados por genética, traumas o moldes culturales.

Por ejemplo, Simón era uno de los doce discípulos, muy simple a la vista con carácter arrebatado y contestatario hasta el día en que conoció a Cristo. Digo, el verdadero y no al Jesús que llamaban «Elías, Juan el Bautista u otro profeta más»; una vez le reconoció fue transformado sin que perdiera esos rasgos personales que le serían útiles para convertirse en el apóstol Pedro. En Mateo 16:13-23 (RVR1960) les pregunta: «y vosotros, quién decís que soy yo?». Simón contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente», a lo cual Jesús respondió: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos». 

A esto me gustaría llamarlo: «El efecto de Cristo». Reconocer quién es Dios nos permite adentrarnos a ser transformados hasta que la identidad y propósito que nos fueron destinados se hagan una realidad en nuestras vidas. Porque así pasó con Pedro, Jesús le compartió parte de su plan con la iglesia, le dijo quién era y lo que le estaba enviando a hacer. Le pasó a Mateo que cambió el ser recolector de impuestos para recolectar historias; David comenzó como pastor de ovejas y terminó siendo Rey del pueblo de Dios y salmista por excelencia; Saulo se convirtió en Pablo para dejar de perseguir a los cristianos para matarlos y murió a sí mismo para llevar a muchos hasta Cristo; Ester era huérfana y terminó siendo reina salvando así a muchos de su pueblo. Como estas hay muchas historias en la Biblia porque a nuestro Dios le encantan las transformaciones. 

Debemos comprender que en ninguno de estos casos el cambio de identidad representó cambio de esencia. Es decir que al encontrarnos con Jesús ─lejos de alienarnos de nosotros mismos─, nos potencializa. La identidad en Cristo es el «yo» a la luz del «Creador»; el «yo» espiritual y no carnal porque la creación siempre habla de su creador. No es un borrón y cuenta nueva en su totalidad sino la utilización de nuestra esencia inicial, que fue dada por él desde un principio, para alcanzar nuevos objetivos. 

Pidamos al Espíritu Santo que transforme el fondo y propósito de esos rasgos. Que todo lo que somos sea tocado por su presencia y dé un giro 180 si en lugar de acercarnos a parecernos a Cristo está llevándonos por el camino contrario, a fin de que podamos dar buen fruto y no vivamos en sequía ni mucho menos de cosechas pasadas.