Comunitarismo e individualismo

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Por Moris Polanco

Director editorial de la revista Fe y Libertad

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


La pregunta sobre qué es primero: el individuo o la comunidad, no tendría sentido antes de la era moderna. Filósofos e historiadores coinciden en que la modernidad es la era del nacimiento del individuo, al contrario de la antigüedad y del medioevo, en que iba primero la comunidad. Hoy, esta pregunta tiene una importancia práctica, pues nos permite comprender las tensiones entre individualismo y comunitarismo en nuestra sociedad.

El individualismo es la doctrina que afirma que el individuo tiene primacía sobre la comunidad. Según esta doctrina, el individuo es libre y tiene derecho a la autodeterminación. La comunidad es vista como una mera agregación de individuos, y no tiene derechos ni autonomía propia. Por el contrario, el comunitarismo sostiene que la comunidad tiene primacía sobre el individuo. Según esta doctrina, el individuo tiene responsabilidades hacia la comunidad, y no al revés. La comunidad es vista como una entidad viva con derechos y autonomía propia.

En nuestra sociedad, el individualismo tiene predominancia sobre el comunitarismo. Esto se refleja en la cultura, en la economía y en la política. La cultura es individualista, la economía es individualista y la política es individualista. No es de extrañar, entonces, que la familia como institución natural tenga hoy que justificar su existencia. Pero es precisamente ahí, en la familia, donde se comprueba que nuestra identidad como personas (no como individuos) nace y se forja en las relaciones familiares —o en su ausencia—.

Una persona humana se descubre como tal al ver el rostro de sus padres cuando lo contemplan en su regazo. Mi padre y mi madre sonríen porque me ven; yo soy una continuación de sus vidas, en quien cifran sus esperanzas. Es allí, en la comunidad familiar, donde adquiero mi identidad. ¿Quién soy yo? Yo soy el hijo de… Mis padres no son un accidente en mi vida, condición de mi naturaleza biológica.

La familia nuclear forma parte de la familia extendida, y esta, de la pequeña comunidad de origen étnico, que a su vez se integra en la sociedad en la que viven. La familia es una institución clave de la sociedad, pues es en ella donde se transmiten las tradiciones y se forjan los vínculos con la sociedad. Parafraseando a Ortega, diríamos que «yo soy yo y mis relaciones». Considérese que incluso Dios —como decía Juan Pablo II— es familia, y las Personas divinas son tales por las relaciones intratrinitarias.

Es importante advertir que esta primacía de la naturaleza relacional de la persona no implica disolución de la identidad personal ni la pérdida de sus derechos «individuales». No hablamos aquí de doctrinas políticas o económicas ni del poder del Estado sobre los ciudadanos. Intentamos hacer notar la importancia de sostener comunidades sanas, desde la familia nuclear hasta la comunidad política. En este contexto es preciso ver la caridad y el altruismo. La caridad es buena; también el altruismo. Pensar con exclusividad en sí mismo es lo que comúnmente se llama egoísmo, y desde la infancia se nos enseña —¿o se enseñaba?— a no ser egoístas.

Sobre estos temas tratará el primer número del quinto volumen de nuestra revista, que lleva por título «Identidad, fe y comunidad política».