«No mires arriba» te ve hacia abajo («Don’t Look Up» looks down on you)

13 minutos

Por Titus Techera

Traducción por Carroll Rios de Rodríguez

Publicado originalmente el 19 de enero de 2022 en el blog de Acton Institute 

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.


La película más popular en Netflix ahora es una secuela de Dr. Strangelove, o tal vez un intento santurrón y demasiado obvio para avergonzar al estadounidense promedio. Pero sí tiene bastante más de Leonardo DiCarpio de lo que has visto antes.

Las habladurías técnicas que pasan por conocimiento objetivo en estos días nos aseguran que la película de Netflix No mires arriba fue ampliamente vista —más de 321.5 millones de horas fueron transmitidas. ¿Quiere esto decir que 150 millones de personas alrededor del mundo la vieron? ¿O quizás 100 millones la vieron hasta el final, pero otros 100 millones de personas solo vieron un tercio? Como es costumbre, los puntajes de los estrenos de Netflix se leen como propaganda; no sabemos qué tan popular es la película realmente, pero parece que es lo único que goza de popularidad en Estados Unidos, exceptuando Spider-Man

¿De qué se trata, y por qué es popular? La película es una sátira sobre el apocalipsis. Dos astrofísicos descubren que un asteroide que se dirige hacia la Tierra seguramente terminará con la vida sobre el planeta, pero a nadie en Washington, ni un político o periodista, le importa. Así, experimentamos el sarcasmo y seriedad de un profesor —Leonardo DiCarpio, actuando como un envejecido bienhechor un tanto goro— y su extraña estudiante de postgrado «emo» —Jennifer Lawrence, en otro papel en el cual una joven y loca mujer con problemas que debemos tomarnos a pecho, pero ahora más fea que en películas previas, para sugerir algún tipo de rebeldía hacia el glamour o cualquier forma de seriedad.

Todos los que comentan sobre la película desde el bando de la izquierda, la cual domina nuestros medios de comunicación, y con base en las entrevistas honestas dadas por el autor, productor y director Adam McKay, nos aseguran que es una metáfora o una alegoría del cambio climático, una sentencia de muerte a la humanidad que preferimos no reconocer movidos por nuestro egoísmo insensato e interminable. La buena noticia es que esta tendencia suicida es instantáneamente curable, mediante la obediencia a las élites progresistas de izquierda, quienes no se ven afectados por egoísmos insensatos, sino que son nuestros exasperados salvadores a la espera de que podamos aprender a obedecerles sin chistar mientras ellos revolucionan nuestros estilos de vida. 

No mires arriba parece tener la intención de efectuar una transformación desde la insensatez hacia la obediencia. ¿Cómo? Aparentemente, la gran idea de Hollywood es reclutar a toda estrella de cine disponible. La mayor, Meryl Streep, hace el papel de una presidente tan corrupta que contrata a su hijo como jefe de estado, Hill  (quien actúa como un perdedor arrogante), y que solo escucha a la ciencia brevemente una vez ella ha sido implicada en un escándalo sexual, pero pronto aborta la misión para salvar a la humanidad debido al ansia suicida del capitalismo corporativo por la explotación comercial. El más joven, Timothée Chalamet, quien se ha convertido en un favorito de Hollywood y los medios, actúa como un ladrón enamorado de Lawrence y un emblema de la nueva generación sin carácter, cosa que antes no se presumía. Aparentemente, Estados Unidos puede finalmente despertar a la realidad moral soñando sobre estos actores. Necesitamos un verdadero liderazgo, ¡y vendrá de los famosos! El tipo de sátira de la película de 2004, Team America World Police, de Matt Stone y Trey Parker, ahora se nos ofrece sin engaño como nuestra salvación. Sería preferible que apliquen tal sátira al moralismo americano y al hipermoralismo de la élite, porque es mucho menos autocomplaciente; si quieres otra sátira visionaria sobre la superficialidad de la cultura americana de la celebridad, y su increíble locura, solo mira Zoolander. Te prometo, si ves estas películas, que entenderás por qué nuestras celebridades son como son, y por qué colaboran con sinsentidos como No mires arriba y hasta presumen de ello. 

Todo dicho, No mires arriba me recuerda a uno de los videos locos y tontos que hicieron las celebridades en marzo del 2020, justo cuando los estadounidenses estaban experimentando el arresto domiciliario, cantando Imagine, de John Lennon, desde el fondo de su lujo, para recordar a los estadounidenses ordinarios de cuánto necesitan a sus actores. Por supuesto, Imagine es una canción carente de valor, pues ha motivado a las personas insípidas a convertirse en más santas que el resto de nosotros por más de una generación, pero por lo menos Lennon tenía talento musical. No mires arriba es igual de moralista, seria e insípida, lo cual señala una nueva era en la celebridad estadounidense. Pasarás bastante menos tiempo riéndote de los chistes que con los ojos saltones, debido a la abundante arrogancia tonta que pasa por conocimiento superior sobre la forma en que operan las élites americanas desde dentro, en particular la servil piedad sobre las élites científicas, y un estudiado desprecio por las masas tontas.

Recapitulemos: No mires arriba cuenta la historia sobre cómo los estadounidenses, personal e institucionalmente, simplemente no quieren escuchar a la ciencia, aún si su negación los mata, junto con el resto de la humanidad en la Tierra. Aparentemente, tiene una gran aceptación popular, lo cual sugiere que por lo menos la «clase Netflix» está escuchando con cierto entusiasmo. No hay contradicción allí. Lo que es más, la película fue filmada entre noviembre de 2020 y febrero de 2021, pero ostensiblemente no se interesa en el culto a las personalidades de izquierda que se crearon en torno al ahora desprestigiado exgobernador Andrew Cuomo, y a la sacrosanta personificación de la ciencia, el Dr. Anthony Fauci.

Yo no creo, por tanto, que los progresistas de Hollywood tengan la autoridad moral o intelectual para lanzar al resto de estadounidenses toneladas de desprecio. Leonardo DiCarpio y Jennifer Lawrence lucen como personas bastante mediocres a quienes nadie quiere escuchar en asuntos de importancia personal o nacional, pero pueden ser interesantes, de cierta forma, porque parecen tener la arrogancia de los dioses griegos. Las deidades de la élite de las artes —el tipo de gente que dice que «cree en la ciencia» y que los políticos deben «seguir la ciencia»— no solo están arruinando nuestra política, sino también están arruinando el arte y, especialmente, la sátira cómica. Debido a que estas personas no tienen conciencia de sí mismos, se retratan como nuestros salvadores. Es una buena pregunta (y no sé quién la pueda responder, realmente): qué cantidad de las catástrofes que temen estarían dispuestos a infligirnos, si tuvieran la oportunidad. Ciertamente, el año 2021 no es un año del cual alguien presumiría, a pesar del control progresista sobre las políticas nacionales.

McKay es famoso por ganar un Oscar por escribir The Big Short, una película que yo no puedo recomendar, pero que propone explicar en el formato de una comedia corta, la crisis financiera del 2008. Si nunca has oído de él, no hay problema: no es el próximo Mark Twain de Estados Unidos; ni siquiera el próximo Mencken. Pero sí ejemplifica lo que nuestras élites progresistas creen que es inteligente, divertido y quizás hasta el liberalismo popular. Es el poeta de un tipo de arrogancia con pretensiones intelectuales que mantiene a una clase de estadounidenses ocupada odiando al resto, especialmente a las mayorías de estadounidenses pobres, religiosas, trabajadoras o conservadoras, quienes no son lo suficientemente sofisticadas. McKay también elaboró una película, aún peor, sobre el anterior vicepresidente, Dick Cheney, que le consiguió la nominación al Oscar por mejor película, mejor productor y mejor director. En la medida en que Hollywood puede revelarnos los prejuicios de la élite de izquierda, McKay los encarna. 

¿Así que, cuál es su gran idea? No mires arriba sugiere que no escuchamos a la ciencia porque estamos demasiado distraídos por la cultura de las celebridades, por los ciberanzuelos y los medios sociales. Los cuatro jinetes del apocalipsis de izquierda son en su mayoría Kardashian. Los famosos de los programas de debate (actuados por Cate Blanchet y Tyler Perry) y los músicos famosos de los medios sociales (representados por Ariana Grande y Kid Cudi) sobrerreaccionan para mostrarte la agresiva estupidez que corrompe la mente pública. Además, ¡el opio de las masas es algo a lo que instantáneamente nos sobreponemos en el momento en que No mires arriba lo convierte en una breve comedia! Es difícil imaginar algo más infantil que esta actitud hacia el drama estadounidense, pero recordemos que McKay empezó a triunfar cuando Saturday Night Live (SNL) estaba deteriorándose por esa arrogancia de izquierda —poco inspirada e instantáneamente olvidada— durante los años de la Administración de Bush. Nuevamente, McKay parece incapaz de reconciliar el hecho de que las élites liberales lo adoran y lo adulan a él más de lo que él a ellos, de forma muy pública, y los actores compiten en una forma frívola pero servil para protagonizar sus películas libres de humor. Si los medios sociales están arruinando Estados Unidos, la popularidad de su película es ciertamente el mejor ejemplo de ello.

A esto me refiero cuando comento la nueva era de las celebridades estadounidenses —una enfermedad del alma, una psicopatía— ha sobrecogido parte de la élite progresista, al punto que ellos quieren anclar la comedia en una falta de autoconciencia absoluta y aducir que son ignorados cuando cosechan popularidad. Yo me temo que el éxito, tanto como el fracaso —en el sentido en que Hollywood está siendo devorado por unos cuantos gigantes tecnológicos, más Disney— está conduciendo a nuestras élites progresistas hacia una locura mayor; Estados Unidos realmente no había tenido que lidiar con élites locas desde principios de la Guerra Fría, o, de hecho, la Guerra Civil. Si tengo razón, esta puede ser una temprana advertencia. Si estoy equivocado, tendrás el placer de reír ante mis temores tontos.

La popularidad de la película, aunque sea difícil de medir, es algo más relevante que encarnarnos con McKay, quien yo anticipo se desaparecerá de la misma forma que desaparecen todas las personas famosas eventualmente, a pesar de haber dirigido algunas comedias tempranas realmente humorísticas (AnchormanStepbrothersTalladega Nights). Existe una clase de Netflix, no solo en Estados Unidos, sino evidentemente en otros países —personas que piensan que son más modernas, más inteligentes, más progresistas, y que se sienten a la defensiva sobre su falta de influencia o poder. La mayoría de personas que ven Neflix no son, por supuesto, personas así, pero ellos aspiran al prestigio de la élite progresista y son guiados hasta cierto punto significativo por su gusto en este tipo de oferta. Ambos grupos son importantes para comprender cómo el izquierdismo está matando el cine, no solo la comedia, con su arrogancia.

Esta película, su director, y estos elogios son un negocio triste y sórdido. Si la imaginación progresista ha dado con la idea de que Estados Unidos está en desacuerdo con ellos, si ellos pierden control de los medios sociales, si tienen que competir en una democracia, y si ese es el apocalipsis, y nos lo merecemos, entonces enfrentamos un problema. La sátira es una forma artística, que implica la premeditación, el razonamiento frío y un cierto desprendimiento humorístico. Hasta sutileza. Esta película nos recuerda, cada minuto, que los de izquierda no son capaces de sutileza —están ocupados imitando la seria, insistente y recia propaganda de las tiranías del siglo XX. ¿Qué pasa si nuestras élites han dado en identificar el progreso con la aniquilación?


Titus Techera

Titus Techera es el director ejecutivo de la Fundación Americana de Cine.

Foto: ggroler