Adviento: el éxodo de Dios en la historia

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Por Pbro. Dr. Carlos René Morales Lara, FMM

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

El tiempo de Adviento abre el año litúrgico y nos recuerda un aspecto fundamental de nuestra fe y que con mucha frecuencia se da por sentado: el éxodo de Dios en la historia, un caminar dinámico, continuo, cercano y tangible. El Adviento fue establecido como un tiempo de preparación para el encuentro definitivo con Cristo que llegará al final de la historia en la parusía (segunda venida); en un segundo momento se asoció a la memoria de la venida histórica de Jesucristo mediante el misterio de la encarnación, o bien, la Navidad (primera venida); finalmente, se configuró como el momento para la celebración de la venida diaria de Jesús en el corazón de cada persona (venida intermedia). Con ello, el tiempo del Adviento, lejos de representar un elemento accesorio, nostálgico, mercantil u ocasional de la fe humana, tiende a trazar las coordenadas esenciales de la relación de la creatura con su Creador, una relación forjada de esperanza, expectación, y vigilancia, ya que Dios visita a su pueblo y lo asiste de mil maneras tanto en las aflicciones y tormentos, así como en las alegrías y gozos. Si la persona asume con seriedad su dimensión exodal y camina hacia Dios, será capaz de vivir fructíferamente el éxodo de Dios que camina en modo recíproco hacia la persona.

Una forma concreta de vivir la esperanza en medio de nuestros ambientes tantas veces plagados de pesimismo, hedonismo, y nihilismo es la capacidad de recuperar la dimensión de espera y vigilancia, aspectos que son difíciles de lograr en una cultura donde es posible tener todo “al chaz chaz” o al alcance de un click. La espera propuesta por el evangelio es laboriosa, activa, fructífera, traducida en una conversión cotidiana y permanente. Para ello, necesitamos mantener vivo el espíritu de inquietud, apertura, encanto, fascinación que nos revela y nos mantiene en tensión hacia lo que aún nos falta por alcanzar. En este sentido, el Adviento se manifiesta también como un tiempo de regocijo y las lecturas no dejarán de subrayar este aspecto; no es una especie de Cuaresma pequeña, sino la oportunidad de reorganizar nuestras prioridades y proyectos con la promesa de un Dios confiable y creíble, el Dios con nosotros, el Emmanuel, un Dios que se hace tiempo y espacio, alguien que asume nuestra naturaleza humana.

Por otra parte, el Adviento es un tiempo de conversión, de replanteamiento, de reorientación, un trayecto para preparar el camino (éxodo) del Señor, para encauzar nuestra vida de fe en vistas a que Dios venga y nos visite. El ser humano en su posmodernidad o “post-posmodernidad” como suele catalogarse, imbuido en un proceso de mecanización, automatismo y autodependencia tiende a centrar la atención muy poco en su conversión a Dios. De frente a los graves desafíos presentes en nuestro tiempo (hambre, ignorancia, guerras, injusticias, corrupción, violencia, pandemia…), se siente tentado a jugar a ser dios, pretendiendo solucionar todo en base a su propio esfuerzo e inteligencia, de la mano de los adelantos científicos, tecnológicos y armamentísticos. Incluso, un autor de gran éxito se ha atrevido a hablar del Homo Deus (Yuval N. Harari, 2017). No obstante, con el avance letal de la pandemia en sus múltiples variantes, dicha ilusión de grandeza, divinización absurda, se ha desvanecido en pocos días, y ha dejado paso a un sentido de gran fragilidad, a la percepción de que la gran civilización occidental tiene los pies de barro y es muy vulnerable a cualquier contingencia, a un imprevisto, pues no tenemos en absoluto el control de la situación, por mucho que avance nuestra ciencia y nuestras tecnologías, ciertamente necesarias. 

En esta perspectiva, el Adviento en contexto de pandemia nos ofrece una ocasión única para activar una urgente revisión de vida a escala planetaria, sin descartar una revisión de vida eclesial y personal. Sin embargo, la mirada teológica debe ser mucho más sutil y no caer en un esquema cognitivo demasiado burdo o ingenuo ¿en qué hemos fallado?, ¿qué hemos hecho mal para merecer esto? No busca culpables, y no es esa la naturaleza del signo de conversión, sino qué oportunidad puede plantear una determinada crisis para cambiar y mejorar, lo que para nosotros implica volver a Dios, acoger su Palabra; en síntesis, buscar motivos de superación en lo que está ocurriendo, permitiendo corregir tendencias equivocadas y ofrecer razones de esperanza basados en Cristo y su gracia.

De cualquier forma, la actitud arrogante de anticonversión a Dios tiene como fundamento la indisposición por reconocer las propias limitaciones, vacíos existenciales, debilidades, y, sobre todo, aceptar la condición creatural, al punto que, la conmemoración de la venida de Cristo queda indiferente, relegando el Adviento a ser “un tiempo de distracción, de sentimientos encontrados, oportuno para el Shopping, dada la variedad de ofertas en el mercado”.Por tanto, si los cristianos perdemos el sentido de la conversión a Dios y dejamos de preparar o contribuir con manos operosas el camino del Señor, difundiendo la idea errónea del cristianismo como simple humanismo altruista o compendio de buenas intenciones, sin una dimensión religiosa basada en la sinodalidad, estaríamos privando al cristianismo de su esencia, de su razón de ser, es decir, Cristo mismo. En otras palabras, sin conversión interior, discernimiento y sensibilidad a los misterios de fe implícitos en el Adviento, se corre el riesgo de vivir un periodo más del año, incluso festejar una Navidad sin Cristo.