La tiranía del lenguaje

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Por Pablo Andrés Rosal

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

En cuarto bachillerato, me asignaron leer 1984 de George Orwell en mi clase de inglés. La distopía que este gran autor describió era una advertencia para Europa. Joseph Stalin gobernaba con mano de hierro en la Unión Soviética, pero muchos en el lado occidental del Muro de Berlín coqueteaban con el comunismo. No estaban conscientes de los peligros que eso representaba. Sin embargo, yo pensaba en aquel entonces que lo que leía era cosa del pasado, una exageración para asustar a sus lectores. Algunos años después, he cambiado de opinión.

La tiranía de Big Brother o Gran Hermano tenía diversos mecanismos para controlar a su población. Cada esquina estaba siendo vigilada por cámaras, cada vecino era un potencial espía y las fuerzas represoras del Estado estaban siempre listas para capturar a disidentes. No obstante, Orwell planteó que había otra más escalofriante: el completo control del lenguaje. El idioma impuesto por el gobierno se llamaba newspeak o «nueva habla».

En el transcurso del libro se menciona que el gobierno se encargaba de borrar palabras en el diccionario. Su principal objetivo era eliminar todos aquellos conceptos que le permitiera a las personas pensar en rebelarse. En otras palabras, para Big Brother no era suficiente adueñarse de los cuerpos de su gente, sino deseaba además controlar sus mentes. No por nada tenía una fuerza especial dedicada a esto: la policía de pensamientos o thought police

Aunque el bloque soviético cayó tres décadas atrás, hoy en día permanecen dictaduras que reconocen la importancia de controlar las mentes de sus pueblos. Corea del Norte es lo que más se asemeja al sistema descrito por Orwell, pero recientemente China ha mostrado tener un gobierno draconiano también. Su sistema de crédito social castiga a aquellos ciudadanos que utilicen palabras en sus redes sociales y mensajes que el sistema considere «peligrosas». Aquellos que muestran un buen comportamiento son premiados por el Estado; los rebeldes reciben sanciones. 

En Occidente no debemos tomar por sentado nuestras libertades. En los últimos años, han surgido movimientos con facetas autoritarias e intolerantes. La corrección política, junto con la cultura de cancelación, ha atacado a los comediantes, intelectuales y políticos por aquello que dicen. Muchos han denunciado la arbitrariedad de las grandes empresas de tecnología y redes sociales. En efecto, sus algoritmos atacan a las «malas palabras». Políticos como Elizabeth Warren han sugerido, incluso, que estas empresas deberían combatir y suprimir la «desinformación». No queda claro con qué criterios objetivos se podría hacer esto sin caer en arbitrariedad. 

¿Por qué todo esto es alarmante? Orwell nos advirtió en 1984 que quien controla el lenguaje, domina el discurso político. Quien determina el vocabulario con el que podemos discutir, constriñe nuestra capacidad de disentir. Un clarísimo ejemplo son los defensores de la teoría crítica de la raza, quienes se autodenominan «antiracistas». En muchas de sus afirmaciones está implícito que aquellos que se opongan a sus ideas se oponen al «antiracismo» y, por lo tanto, deben ser personas racistas.

No permitamos que nos impongan un newspeak, por más intimidante que parezcan las hordas en las redes sociales. No renunciemos a nuestra capacidad de pensar y plantear alternativas. No caigamos ante la tiranía del lenguaje.

Foto: Jason Verwey