El capitalismo «woke» distorsiona el mercado

17 minutos

Por Samuel Gregg 

Publicado en el blog de AIER el 17 de octubre del 2021   

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

El fundador de la economía moderna, Adam Smith, no era partidario de los mercaderes de su tiempo. Él consideraba que eran parcialmente responsables de llevar al «sistema mercantilista», como Smith lo llamaba,  a conceder privilegios legales a los productores políticamente conectados, pasando por encima de los intereses de los consumidores. Milton Friedman tampoco tenía una visión simpatizante de los líderes de los negocios a finales del siglo XX en Estados Unidos. «Los dos enemigos más grandes de la libre empresa en Estados Unidos», escribió, «han sido, por un lado, mis colegas intelectuales y, por el otro lado, las corporaciones de negocios de este país».

Cada vez que informo a los estudiantes sobre las opiniones poco halagadoras respecto de la comunidad de negocios, tanto de Smith como de Friedman, ellos lucen, invariablemente, conmocionados. Pero sus ojos principian a abrirse cuando señalo que las grandes empresas establecidas realmente no gustan de la competencia, ni se emocionan locamente por las ideas y los productos nuevos de otras personas que amenazan «su» participación de mercado, y se contentan felizmente con meterse a la cama junto a legisladores complacientes que usan su poder estatal para hacer la vida difícil a los competidores nuevos y potenciales. A estas alturas, los estudiantes empiezan a caer en cuenta que ser promercado no es lo mismo que ser pronegocios. Las dos cosas se oponen en algunos aspectos importantes. 

Esta es una de las formas de entender el fenómeno del capitalismo woke1, el cual es caracterizado en Woke, Inc: Inside Corporate America’s Social Justice Scam por Vivek Ramaswamy. [Nota del editor: El título del libro podría traducirse como Woke, Inc: Dentro de la estafa de la justicia social del mundo corporativo de Estados Unidos.]  Ya que, si algo caracteriza al capitalismo woke es su deseo, al igual que el de los mercantilistas de antaño, de excluir (irónicamente, en el nombre de la tolerancia, la diversidad, la equidad, etc.) a individuos y a grupos particulares de «sus» mercados y del mundo corporativo de Estados Unidos en general. En el caso de los capitalistas woke, los excluidos son todos los que no aceptan todas las ortodoxias progresivas usuales, o que no juegan el juego woke para ver qué sacan de secundar la cantaleta.

Pero Ramaswamy nos brinda otros discernimientos sobre las rimas y los ritmos que subyacen el fenómeno capitalista woke que ameritaban un examen más amplio desde hace tiempo. Parte de todo es la ganancia, o por lo menos, la ganancia de corto plazo, y asegurar el apoyo político en contra de los potenciales competidores de mercado para alcanzar tal fin. No obstante, el corporativismo woke también es alimentado por un serio farisaísmo por parte de los líderes de los negocios prominentes. Por supuesto, ellos no son los únicos adherentes a la nueva fe. Pero los capitalistas woke, gracias en cierta medida a sus conexiones impecables con la clase política, sí son capaces de esgrimir recursos considerables para respaldar sus creencias. Y no son solo los consumidores quienes pagan el precio. Es la comunidad política estadounidense también.

Hablando desde dentro

El libro de Ramaswamy no presume de ser un estudio académico del capitalismo woke. Aunque él fija su atención en la forma en que han influido sobre la mentalidad woke corporativa las escuelas de pensamiento, tales como la teoría de los agentes interesados (o la teoría de los Stakeholders), y las herramientas de negocios, como los criterios evaluativos Éticos, Sociales y de Gobernanza (ESG), estas no son su principal preocupación. Pues este es un libro muy personal. Conduce al lector a lo largo de un recorrido por el mundo corporativo de Estados Unidos a través de los ojos y las experiencias de Ramaswamy. En el proceso, uno encuentra algunos egos del tamaño de Júpiter, personalidades frágiles, y un servilismo vergonzoso a unas ideologías que podrían ser desacreditas con un buen curso de historia de Estados Unidos de una o dos horas, y una dosis de lógica básica.

Al nexo de todo esto, encontramos una curiosa combinación: una aproximación neomercantilista hacia la realización de la ganancia, acompañada de una convicción de que el negocio de los negocios involucra, de alguna forma, la solución de todos los posibles problemas políticos, sociales y culturales del mundo. Esto refleja una profunda incomprensión —si no una corrupción— del rol que juega la empresa con relación a la responsabilidad de otros grupos en la sociedad.  Los efectos de largo plazo para los consumidores, la política y los estadounidenses son tóxicos cuando esto se entremezclan con la tendencia creciente de las corporaciones a comportarse como si la señalización de la virtud de una u otra manera debiera suplantar (o hasta reemplazar) la función de la señalización de los precios. 

Dicha toxicidad emerge una y otra vez en las anécdotas variadas que Ramaswamy ofrece para ilustrar sus puntos. Él resalta, por ejemplo, la selectividad de la indignación que permea una parte considerable del mundo empresarial estadounidense. Mientras existe una casi fijación con el movimiento Las Vidas Negras Importan (BLM) (el cual fue fundado, recordemos, por marxistas con la intención explícita de hacer todas las cosas malvadas que los marxistas hacen típicamente), el empeño de la China comunista por destruir su comunidad musulmana Uigur casi ni levanta una ceja entre los devotos. 

También vemos cómo la casi obsesión con la diversidad nunca llega a traducirse en «Oficiales en Jefe de la Diversidad», como se les llama, que promueven la diversidad de opiniones políticas, y mucho menos la protección de visiones conservadoras en materia social y religiosa. Aún más preocupante es la forma en que Pekín ha estado logrando blandir el mazo woke de las cartas «raza-género-verde-social-justicia» para provecho propio, cuando entra en relaciones con las empresas estadounidenses. Yo he encontrado esto errantemente parecido a la manera en que los diplomáticos chinos arrojaron la retórica de la teoría crítica de razas y el proyecto 1619 de vuelta en la cara de un confundido e infeliz Secretario de Estado de Estados Unidos, en marzo de este año.

Luego viene el costo económico —el cual es algo que Maraswamy resalta de un modo que otros críticos del capitalismo woke han obviado. Muchos líderes empresariales estadounidenses se han percatado que una forma de hacerse de mucho capital es afirmando que un riesgo en particular se basa en, por decir algo, el modelo de negocios ESG. Es un enfoque que probablemente agradará a, digamos, los progresistas ricos cargados de una culpa del tamaño aproximado de sus activos (frecuentemente heredados) y que quieren que sus inversiones combatan el cambio climático a la vez que simultáneamente ganan dinero. ¿De qué otra forma podrían ellos vivir consigo mismos y aun así mantener su estatus económico y social?

Aquí, Ramaswamy subraya un adagio familiar para cualquiera que sabe algo sobre el capital: «Unas buenas estrategias de recaudación de fondos no siempre hacen unas buenas estrategias de inversión». El mero volumen de los dólares se emplean en esquemas aprobados, como el método ESG, está resultando, afirma Ramaswamy, en el aumento de los precios de los activos «en el corto plazo, porque hay más dólares correteándolos debido a la expectativa de que seguirán subiendo en valor. Pero esa es la lógica de un esquema de Ponzi».

Si permitimos que prevalezcan las fuerzas de mercado, anticipa Ramaswamy, la burbuja de ESG en algún momento implosionará. Yo sospecho que tiene razón. Ramaswamy observa, sin embargo, que las compañías que manejan fondos ESG no son tontas. En muchos casos, han contratado seguros, y el nombre de esos seguros es el Gobierno.  Es apabullante el grado al cual los negocios que venden los esquemas de ESG han podido conseguir préstamos y donativos abiertos por parte de las autoridades estatales para manejar los «estándares de sostenibilidad» del propio gobierno, o para subsidiar el desarrollo de productos que son sensitivos al ambientalismo. No es un quid pro quo, hace hincapié Ramaswamy. No obstante, constituye un tipo de reafirmación recurrente por los negocios y los oficiales de gobierno de su pureza mutua, mientras le endilgan el pago de la cuenta a los contribuyentes al fisco.

Mercados y servicio

A lo largo de Woke, Inc., Ramaswamy ofrece varias sugerencias para atender estos problemas. Algunas involucran la remoción de varias regulaciones que efectivamente aíslan a los gerentes woke, a los CEOs y a las juntas directivas de las presiones de los inversionistas que saben lo que realmente está ocurriendo. En estos casos, Ramaswamy está empeñado en aplicar el poder de las fuerzas de mercado para reformar las prácticas woke. Vale la pena explorar este asunto en mayor detalle. En la medida en que la desregulación conlleva la remoción de varios privilegios legales que se otorgan a quienes manejan estas corporaciones, esta es la peor pesadilla del jefe ejecutivo promedio listado en el Fortune 500, quien no quiere que los inversionistas tengan el poder de tomar medidas concretas cuando la estrategia ESG preferida por el jefe ejecutivo parece no estar produciendo los retornos anticipados. 

Aun así, tales medidas no bastan. Las mentalidades woke se obsesionan con enfatizar las diferencias que caracterizan a cualquier sociedad. Se sigue, Ramaswamy afirma, que los estadounidenses necesitan algo que los una. Una vía para caminar hacia adelante es revigorizar esos ideales y aquellas prácticas asociadas con el servicio civil, las cuales recuerdan a los estadounidenses el motto que aparece en la mayoría de monedas del país: e pluribus unum. Según Ramaswamy, estas pueden ayudar a los estadounidenses a recordar que pertenecen a una nación, y de esa cuenta se le dificultará al sacerdocio woke ser exitoso en su convertir las diferencias raciales, de sexo o de identidad en un punto de fractura permanente que imposibilita la existencia de la república americana. 

En principio, yo creo que la propuesta de Ramaswamy tiene mérito, en la medida en que busca crecer un sentido de servicio al otro, a la par de un reconocimiento más amplio de los vínculos que amarran a los estadounidenses unos a otros y a generaciones pasadas. Su efectividad, sin embargo, dependería en los detalles. Ramaswamy indica que sería obligatoria su idea particular de que los estudiantes bachilleres pasen parte de sus vacaciones de verano comprometidos en algún tipo de servicio cívico. Algunos objetarían a esta dimensión forzosa.

Tampoco podemos desestimar el grado al cual el wokeismo ha permeado las varias arenas en las cuales presuntamente se prestaría el servicio civil. Como buenos Gramscianos que son, los activistas woke son adeptos al infiltrar asociaciones civiles con su ideología. Existe una posibilidad significativa de que aquellos adolescentes que pasen tres semanas asistiendo al proyecto, dentro de un grupo religioso, que ayuda a los sin casa, puedan resultar siendo obligados a asistir a sesiones para «elevar su conciencia» en las cuales sean sermoneados sobre su «privilegio» y la subsiguiente necesidad de comprometerse con el activismo político.

Más generalmente, parte del antídoto al wokeismo corporativo debe ser regresar a la verdad sobre lo que es un negocio, y lo que no es. Ello requiere reflexionar sobre 1) el telos específico del emprendimiento que lo hace diferente de la política, la educación, las organizaciones religiosas y las oenegés, y 2) cómo sucede que, al ir en pos de este telos, los negocios contribuyen a la realización de condiciones particulares que, a la par de otros factores, contribuyen al bien común y ayudan a las personas a florecer como deben florecer los humanos.

Ramaswamy observa que la generación que fundó Estados Unidos legalmente estructuró las corporaciones de tal manera que las diseñó para asegurar que su alcance permaneciera limitado a propósitos muy específicos. Un efecto secundario fue enfatizar el discernimiento de que los distintos tipos de organizaciones tenían propósitos distintos, y que usualmente constituye un error de su parte abrogarse las funciones de otras organizaciones.

Algo similar, Ramaswamy sostiene, es necesario hoy. Aquí yo agregaría que cualquier movida en esta dirección se debe sustentar sobre una comprensión común sobre el propósito del emprendimiento. En este sentido, el filósofo del derecho natural, Germain Grisez, nos encamina. «El fin común de toda asociación voluntaria,» escribió, «está determinada por la comprensión mutua y el consentimiento de los participantes. Un negocio que genera ganancias es una asociación voluntaria de personas que colaboran con unas actividades específicas para las cuales se organizan, con el fin de alcanzar varios beneficios económicos.»

Estos beneficios económicos son los bienes que, principalmente, se crean a través de las asociaciones de negocios (las ganancias, los salarios, el capital, la división del trabajo, los productos, los servicios, etc.), y a través de la concreción de estos beneficios particulares, y no otros, contribuyen las empresas al bien común. Tal definición no solo especifica por qué los negocios no son lo mismo que una familia o un colegio; también deja poco espacio para que las corporaciones empiecen a fantasear sobre su compromiso de realizar la justicia cósmica.

Ganando una religión

Ni siquiera esta clarificación,  sugeriría yo, bastaría. Ramaswamy argumenta, correctamente a mi juicio, que el wokeismo es efectivamente una religión por cuanto contiene todo tipo de puntos no negociables e intenta ofrecer una visión comprensiva (aunque enteramente desmoralizante más que esperanzadora) de la realidad (sin esperanza alguna de la redención para los pecadores). Se sigue que una fuente de cualquier resistencia sustancial en contra del wokeismo requiere una respuesta religiosa. La religión es una fuerza única y poderosa pues ofrece una explicación general del significado del universo y del propósito de la vida. Como ilustra la fe prevaleciente de los woke, una teoría sensata de la empresariedad ni se aproxima a ofrecer una resistencia al poder del impulso religioso de la humanidad.

Tristemente, la religión organizada en los Estados Unidos contemporáneos no está en buena forma. No solo yace desacreditada por unos interminables escándalos sexuales y financieros, pero muchos grupos religiosos también se ahogan por el oenegismo y el activismo político. Otras están en las garras de la misma sensibilidad woke que ha encantado a las corporaciones de Estados Unidos. Algunos líderes religiosos hablan sin cesar sobre temas sobre los cuales no saben nada, lo cual refleja, sospecho yo, sobre la desilusión o hasta el tedio que les producen las certezas centrales de sus propios credos. Muchas sinagogas, iglesias y mezquitas están por tanto en una posición muy mala para responder a los dogmas woke, ya sea dentro del mundo corporativo estadounidense o en todo el país, más generalmente.

No deberíamos anticipar que pronto emane una crítica fulminante al wokeismo desde estos estadios. Pero el carácter religioso del fenómeno woke nos recuerda que, en cierto plano, está llenando un vacío en las vidas de algunas personas, con frecuencia brillantes y trabajadoras, no todas movidas por una voluntad maligna. De allí que el proceso de despertar a los estadounidenses empresariales del wokeismo requerirá de un emprendimiento cultural tanto como del ejercicio de retornar a los negocios a sus funciones correctas en la economía y la sociedad globalmente. El emprendimiento puede tomar años, y la oposición será formidable. Pero al final, Estados Unidos será un mejor lugar por ello.  


1 Woke es una palabra nueva, acuñada por socialistas y progresistas, para referirse al individuo o grupo que ya despertó (awake) a la realización del sistema opresivo en el que vive, el capitalismo que privilegia al blanco