Sobre pactos y estatuas

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Por Carroll Rios de Rodríguez

Publicado originalmente el 18 de octubre de 2021 en Prensa Libre

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

Evitemos categorías artificiales y difamatorias

Es peligroso caer en la radicalización política y en la fútil guerra contra la historia, como ocurre con los recientes ataques en contra de Cristóbal Colón. 

La verdad histórica importa. Conviene investigar y perfilar la complejidad de los seres humanos imperfectos que poblaron el pasado. Así, un historiador serio reconoce los aciertos y desaciertos de Cristóbal Colón, como hicieron las autoridades en 1499, con base en un documento del comendador enviado por los reyes católicos, Francisco de Bobadilla. Efectivamente, el descubridor de América cometió crímenes contra españoles e indígenas, y violó las instrucciones de la Reina Isabela en su trato a los nativos americanos.

Pero la verdad histórica es irrelevante a Black Lives Matter (BLM), Antifa y otras organizaciones activistas que se ensañan contra Colón, a quien cargan culpas del siglo XXI. Pretenden derivar todas las estatuas de Cristóbal Colón en el mundo y abolir los feriados con motivo del descubrimiento de América. Han declarado el 9 de octubre como el día para desfigurar a Colón y renombran el 12 de octubre como el día de los pueblos indígenas. El sitio «Nunca lo quisimos aquí» aconseja a grupos locales sobre cómo organizar protestas para «decolonizar» sus ciudades. Muchos latinoamericanos, quizás insospechadamente, convirtieron en tendencia el hashtag «#Nadaquecelebrar», originado en México.

Para estos activistas, Colón es un símbolo del hombre blanco, cisgénero, heterosexual y opresor, quien, envalentonado por una sensación de supremacía racial, y mediante instituciones sociales como la religión y la familia tradicional, victimizó a todas las personas que no pertenecían a su grupo identitario. Además, cimientan el enfrentamiento racial en un análisis de lucha de clases marxista. Según ellos, Colón fue un capitalista avaro. En 1847, Friedrich Engels escribió que Colón transportó la lucha entre propietarios y desposeídos a América, y promovió la globalización (el gran comercio mundial). Los neomarxistas culpan a Colón de traer al nuevo continente un intrincado sistema tecnológico, cultural y de negocios opresor de las masas.

¿Realmente cabemos las personas en colectivos antagónicos? ¿Aceptamos estas falsas dicotomías, como pro-Colón y anti-Colón, opresores y oprimidos, capitalistas y proletarios, corruptos y no corruptos? El discurso de «racismo sistémico» atrapa a cualquier persona tenida por «blanca» dentro de la inescapable categoría de opresor. Por mucho que un blanco diga que se identifica con la causa afroamericana, puede ser acusado de ser «ignorante de su privilegio». Vándalos pueden destruir su negocio y tomar sus bienes, porque él carga con la culpa de supuestos abusos cometidos por el colectivo blanco a lo largo de la historia. Igualmente, un empresario siempre puede ser acusado de «explotador». ¿Acaso no ejercen un privilegio extremo los auto-nombrados jueces, que clasifican a los demás como privilegiados, genocidas, capitalistas o más? ¿Quién decide quién pertenece dentro del saco del «pacto de corruptos», y quién puede ser elevado a la categoría de no-corrupto? ¿Qué recurso tenemos para defendernos en contra de estas etiquetas acusatorias, y librarnos de tales asociaciones? 


La mentalidad dicotómica es reduccionista. Explota el odio y el resentimiento; invita la violencia. No debemos dejarnos envenenar por estas categorías, muchas veces artificiales y difamatorias. Tampoco debemos tolerar los ataques contra la civilización occidental, no solo porque es absurdo negar nuestras raíces, sino porque los valores que merecen la pena ser conservados, incluyendo los conceptos de persona, razón, fe, libertad y responsabilidad, son eminentemente occidentales.

Foto: NBC