San José: el trabajo con propósito

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Por Pablo Andrés Rosal

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

De los tres miembros de la Sagrada Familia, san José es quien menos atención recibe en la Biblia. Sabemos muy poco de él. Los evangelios narran lo difícil que fue para José procesar el embarazo de quien iba a ser su esposa. Consideró la posibilidad de que le haya sido infiel. Después de todo, nunca una virgen había concebido un hijo por gracia del Espíritu Santo. No fue sino hasta que le habló un ángel en un sueño que reconoció la sinceridad de María y la misión que Dios les había entregado. Después, san José pasa a un plano secundario en los relatos bíblicos.

Sabemos que san José fue un carpintero laborioso. Bill O’Reilly relata en su obra Killing Jesus que las circunstancias políticas le dieron mucho trabajo. Los hijos de Herodes «el Grande» se repartieron su territorio, por lo que Herodes Antipas se convirtió en el gobernante de Galilea. Decidió reconstruir la ciudad de Séforis de manera que compitiera en grandeza y tamaño con la de Jerusalén. Aunque los galileos fueron tiranizados a través de muchos impuestos, carpinteros como José lograban ganar lo suficiente. En efecto, la reconstrucción requería de muchísimos materiales: puertas, techos, tablones, muebles, etc. Jesús aprendió el oficio de su papá con muchísimo trabajo; nunca faltó alimento en su casa. 

Sin embargo, ser un padre trabajador y responsable no parece algo tan extraordinario si se compara con otros personajes bíblicos. Más allá de eso, ¿qué nos enseña san José? La respuesta, desde mi punto de vista, está en que trabajó toda su vida sin nunca ver los frutos de su vocación. A diferencia de María, José nunca vio los milagros de su hijo, ni habló con Él después de su resurrección. Trabajó toda su vida sin entender exactamente el sueño de Dios. A pesar de ello, nunca cesó su labor.

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La catedral de Notre-Dame de París no se construyó en una generación. El proyecto inició en 1163 y se completó en 1260. En aquel entonces, la esperanza de vida era muy inferior a la que gozamos actualmente. Quienes planificaron la construcción no vivieron para presenciar la belleza de la catedral. Varias generaciones dedicaron toda su vida a esta tremenda labor. 

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Su legado va más allá de un edificio bello. Cualquier persona que ha visitado Notre-Dame sabe que es una experiencia que toca el alma. París es una ciudad muy secularizada, pero esto no evitó que el incendio de la catedral del 2019 estremeciera a sus habitantes. En efecto, sintieron que un pedazo de su identidad fue golpeado. 

Tal vez las cosas que más valoramos de nuestro pasado son aquellos regalos de nuestros ancestros que ellos no gozaron. Son aquellas cosas que trascienden la vida de una persona y nos brindan seguridad en un mundo tan incierto. 

No es un secreto que en el mundo moderno un problema cada vez más alarmante es la soledad, la depresión y los suicidios. Japón, por ejemplo, tiene en su agenda política diseñar políticas públicas que atiendan estos problemas. La dependencia a los antidepresivos es cada vez mayor en los países más desarrollados (que, curiosamente, son llamados los más «felices» por sus estadísticas). Todo esto sucede a pesar de los indicadores globales tan positivos sobre la reducción de la pobreza, la desnutrición, enfermedades y discriminación. ¿Cómo es posible que con tanta riqueza, abundancia y libertades padecemos de sociedades cada vez más tristes?

He aquí la respuesta de san José: la clave es el trabajo con propósito. No es que lo material no importe, sino más bien que es solo la mitad del camino. La otra consiste en incorporar en nuestro día a día una misión que justifique nuestros esfuerzos. Pero dicha misión va más allá de lo personal: es ir construyendo una catedral poco a poco, con paciencia. Tal vez algo que olvidamos los liberales es que la libertad tiene una razón de ser. No es el mero hecho de poder escoger nuestro proyecto de vida, sino más bien someterlo voluntariamente a un proyecto que nos trascienda a nosotros. Ese, creo yo, es el grandísimo mensaje de san José.