Libertad y Verdad: algunas reflexiones sobre lo que aprendimos del 11 de septiembre de 2001

12 minutos

Por el Reverendo Roberto Sirico

Artículo publicado en el Blog del Instituto Acton, Grand Rapids, Michigan, el 10 de septiembre de 2021

Traducido por Carroll Rios de Rodríguez para el Instituto Fe y Libertad

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

La libertad, tan indispensable como es, no basta para construir una sociedad de calidad, y una cultura apropiada para el hombre, para su dignidad y su capacidad. Debe ser una libertad orientada a algo fuera de sí misma, como hemos afirmado tantas veces, orientada a la verdad: la verdad sobre el origen del hombre, la verdad sobre la naturaleza del hombre, y la verdad sobre el destino del hombre.

Se siente extraño teclear que ya transcurrieron 20 años desde el atentado del 9 de septiembre (9/11). Lo que ocurrió hace 20 años nos forzó a todos a encarar el alcance expansivo y la profundidad, aparentemente honda, de la maldad. En medio de algo tan atroz, tan diabólico, ¿puede detectarse la mano de Aquel de cuyo dedo se dice que escribe derecho con renglones torcidos? 

Dado que las historias de los huérfanos y de la tristeza que padecieron se han contado y recontado, ya sea en los medios nacionales o en nuestras cocinas, resta una pregunta: ¿por qué?

No es cierto que una explicación sencilla y directa desde el Cielo mismo sanaría las heridas que portamos. Quizás en muchos corazones pesa, siempre y fuertemente, la pregunta sobre por qué existe el mal, y una vez más, en este triste aniversario. 

Ninguna respuesta completa, en la forma de una oración o una proposición, pudiera jamás satisfacer la pregunta de por qué existe el mal, aun si fuera a caernos desde arriba. La respuesta última, que sí viene del mismísimo Cielo, viene no en la forma de palabras, sino en la Palabra, y más específicamente, en la Palabra hecha carne (Juan 1:14). Esa respuesta final no es una proposición, sino una Persona, y el abrazo de Uno cuyo consuelo trasciende nuestro actual entendimiento. La respuesta última, entonces, es un misterio: el misterio del encuentro y de la aceptación.  

El hecho de que la respuesta sea un misterio, no quiere decir que no existan respuestas próximas. Entre las respuestas próximas está el hecho de que la libertad humana, tan altamente preciada por la gente, es también el foco del mal. En un mundo cuya historia se ha encontrado tan frecuentemente con los experimentos totalitarios, uno puede estar tentado a pensar que la libertad, por sí sola, constituye su propio bien. Sin embargo, ver el corazón de la oscuridad como el mundo lo vio hace dos décadas es equivalente a comprender que los meros hombres, por algunas razones torcidas, eligen ejercer su libre albedrío para destruir la libertad y la vida de los demás. 

Por tanto, la libertad, tan indispensable como es, no basta para construir una sociedad de calidad y una cultura apropiada para el hombre, para su dignidad y su capacidad. Debe ser una libertad orientada a algo fuera de sí misma, como hemos afirmado tantas veces, orientada a la verdad: la verdad sobre el origen del hombre, la verdad sobre la naturaleza del hombre, y la verdad sobre el destino del hombre.

Es por eso que se fundó el Instituto Acton, y por eso su misión es estudiar y promover tanto la realidad trascendente del hombre, así como su necesidad de libertad; o, como solemos afirmar, la «religión y libertad» y «la sociedad libre y virtuosa». Una comprensión clara de la relación correcta entre religión y sociedad nunca ha sido más necesaria para nuestro mundo que ahora. 

El día del 9/11 reveló una dimensión de la sociedad americana que algunos han intentado ocultar de nuestra vista, y que en los años sucesivos parece haberse desteñido de nuestra memoria. Descubrimos entonces que, en la raíz, Estados Unidos era una nación profundamente religiosa, y que la fe en la experiencia americana no debe ser una fuente de división entre estadounidenses, sino que puede ser el fundamento de nuestra unidad sobre la base de principios compartidos. Perder de vista esta verdad será la ruina de la gran contribución que Estados Unidos puede legar al mundo.

Además, sabemos que cuando todos nosotros, incluyendo los líderes políticos, hablamos abiertamente sobre nuestra fe, no necesariamente violamos la conciencia de otros, ni mucho menos desgarramos la Constitución, como tantos grupos de presión afirman. Al contrario, da pauta para elevar el pensamiento hacia las aspiraciones más nobles y altas de Estados Unidos, y lo que deberían ser las aspiraciones más altas de cualquier pueblo. Hemos encontrado que el amor a la libertad y la aceptación de la fe no son incompatibles; al revés, están atadas una con la otra, cada una reforzando la otra en armonía perfecta. 

Hace veinte años, yo albergaba la esperanza de que los eventos de ese día horrendo podrían representar un cambio en la marea respecto de la forma en que nuestra sociedad contempla el rol de la religión. Entonces, no había una figura pública que se refiriera al ataque contra la nación sin elevar una súplica para que rezáramos por las víctimas. Muchos se referían a las raíces religiosas de la idea de los derechos humanos de Occidente, una de las cosas tan antitéticas a la concepción de los terroristas. Entonces, muchos interlocutores públicos, incluyendo el presidente, buscaron la bendición de Dios para nuestra gente y las aspiraciones de nuestra nación. Las oraciones de vigilia fueron continuas. Lo que es más, es difícil siquiera imaginar cómo habríamos podido lidiar con una crisis de esas dimensiones sin nuestra fe.  

En esos tiempos, en una meditación conmovedora, el Presidente George W. Bush expresó una fe vigorosa cuando citó a San Pablo:

Pues, como se nos ha asegurado: Ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios. Que Él bendiga a las almas de los fallecidos, que Él consuele a los nuestros, y que Él siempre guíe a nuestro país.

Pero a veces me pregunto: ¿Si el presidente hubiera pronunciado estos comentarios una semana antes, habrían pegado una grito de protesta, como lo hubo durante las elecciones, cuando compartió su experiencia de fe con unos grupos de oración? ¿Podrían haber dicho que era un teócrata o peor? Como están las cosas, su desvergonzada fe, implacable durante la campaña presidencial, fue vista como una gran señal de liderazgo. De hecho, lo es.

Pero hoy es otra la historia, pues nos encontramos severamente divididos como una nación, a tal punto que la mera cita de un pasaje de la Biblia o una expresión sincera de fe podría acrecentar la división. Me llena de tristeza.

Qué trágico que una calamidad de la escala de lo que vimos el 11 de septiembre del 2001 haya sido la que impartió este mensaje y reveló la verdad religiosa detrás de las pretensiones seculares. Pero aquí se desarrolla otro asunto. Como una nación, siempre hemos conectado nuestra creencia en los derechos humanos con una idea fundamentalmente religiosa: la vida humana es sagrada porque tiene su origen en la eternidad de la gracia de Dios y posee un destino en Su amor. Sabemos que las acciones odiosas de fanáticos diabólicos son crímenes de tal magnitud porque fuimos creados a Imagen de Dios.

De la Declaración de la Independencia, hasta el movimiento para abolir la esclavitud, hasta el movimiento por los derechos civiles, la fe ha ocupado un puesto central en cada evento de significativa magnitud. Usualmente, la fe se invoca en defensa de la santidad y de la dignidad de la persona humana, y en contra de quienes osaran violarla. Así debería ser.

En cuanto a aquellos que odian la vida moderna, hecha posible por la visión de la persona humana, la elección del Centro Mundial del Comercio, el símbolo de los mercados globales libres, no fue accidental. Si alguien odia la vida humana, esa persona también odia el producto de la creatividad humana, y por ende, ¿pudiera haber elegido un mejor objetivo?

Estos son los reclamos irracionales de las fuerzas de la represión y de la esclavitud, que odian y temen a la libertad, la empresarialidad humana, la modernidad, y, en última instancia, a la vida humana misma— y son imitados por algunas personas todos los días. Es de agradecer que tales fuerzas están condenadas al fracaso, porque la lógica de su cultura de la muerte conduce a la autoinmolación y la destrucción, en tanto que la lógica de una rica y sana cultura de la vida conduce a la reposición, a la creatividad y al crecimiento.

Este, entonces, se convierte en el reto para los que nos encontramos vivos en el mundo después del 11 de septiembre: ¿Llegaremos a ver nuestro éxito, nuestra prosperidad, nuestra creatividad, y nuestra libertad como los medios, todos, para alcanzar un fin más alto? La conciencia de nuestra realidad trascendente, ¿formará nuestras decisiones de cada día y nuestro caminar como una nación? Y, desde la perspectiva del Instituto Acton, donde tanto nos preocupa cultivar un liderazgo religioso que comprende el potencial moral de la libertad y el emprendimiento humanos, se vuelve crítica la pregunta: ¿Están preparados nuestros líderes religiosos para hablar, en tan inteligente, atrevida y confiada manera, como para invitar a nuestra sociedad a ese renacimiento espiritual y moral que tan desesperadamente anhela?

Es común sostener la visión según la cual la fe se vuelve menos necesaria en tiempos de paz, prosperidad y seguridad —que vivir en una sociedad de la abundancia reduce las ansias por el consuelo espiritual.  

De nuestra propia experiencia, sabemos que tendemos a volver la vista a Dios en los tiempos de dificultad más que en los tiempos fáciles. Dios nos habla a través de un megáfono cuando sentimos dolor, dijo C.S. Lewis, porque en esos momentos llegamos hasta el tope y sentimos la inclinación de caer de rodillas en súplica, en tanto no lo hacemos cuando nos sentimos como los Amos del Universo. Mi experiencia pastoral me sugiere que las pruebas personales son una fuente de motivación primaria para buscar el alivio espiritual y el perdón de los pecados.

Al mismo tiempo, cometen un error —quizás el error fundamental— los terroristas que creen que la fe y la prosperidad están siempre inversamente relacionadas. Parte del reto de llevar una vida de fe es mantener un cierto balance espiritual en los tiempos buenos y los malos, en lugar de ser arrojados de una lado a lado por los vientos de la circunstancia, revoloteando entre ataques de depravación y santidad; al contrario, buscamos la devoción como una práctica diaria. 

Uno puede esperar que esta sombría reflexión pueda hacernos recuperar una tolerancia por las expresiones abiertas de fe. Esperemos que la sonrisa afectada y prolongada sea permanentemente lavada de las caras de los cínicos respecto de la libertad y la fe, pues ellos han ocupado un lugar central en nuestra cultura por demasiado tiempo.

Valoremos la fe como una fuente de fortaleza, alivio y bendición, para nosotros, como individuos y como una nación; la fuente y la cima de nuestra libertad, su barómetro y su compás.