La ciencia y el libre albedrío

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Por Moris Polanco

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor. 

En su libro Homo Deus (2016), Yuval Harari sostiene que la ciencia actual ha probado que el libre albedrío es una ilusión. Escribe el autor israelí: «Los procesos electroquímicos del cerebro que resultan en un asesinato son deterministas o aleatorios o una combinación de ambos, pero nunca son libres (…) Estas precisiones acerca del libre albedrio o el «yo» no son solo hipótesis o especulaciones filosóficas. Hoy podemos usar escáneres cerebrales para predecir los deseos y decisiones de las personas mucho antes de que se den cuenta de ellos». La convicción de Harari me recuerda el argumento que antes se esgrimía contra el libre albedrío: Dios, que lo sabe todo, conoce nuestro destino, hoy, mañana y al final de nuestra vida. Si Dios «ve» nuestro futuro, es que no podemos evitar hacer lo que haremos. Por lo tanto, no somos libres; en todo caso, creemos ser libres, pero no lo somos.

Ahora bien, el hecho de que Dios «vea» nuestro futuro, ¿hace que nuestras acciones no sean libres? Evidentemente, unas acciones causan otras acciones: si yo lanzo una piedra hacia una ventana, lo más probable es que esta se rompa; si decido no lanzarla, permanece incólume. El hecho de que acontezca uno de los dos escenarios y no ambos, ¿implica acaso que no lo haya hecho libremente?

Lo que Harari dice es que, dada cierta disposición de mis neuronas en un determinado momento es predecible si yo lanzaré una piedra o bien, que no lanzaré la piedra. De nuevo, ¿el hecho de que una acción mía sea predecible implica ausencia de libertad?

De una persona virtuosa se sabe que sus acciones son predecibles, en su mayor parte. Es predecible que si a esa persona virtuosa le hacen una pregunta, responda siempre con la verdad. O que, si ve a alguien en peligro, acuda de inmediato a su ayuda. ¿Acaso no son suyas esas reacciones? Tal vez a lo largo de su vida se ha empeñado en repetir actos virtuosos (decir siempre la verdad, acudir en auxilio del necesitado), hasta lograr dominar su naturaleza. Mutatis mutandi, puede suponerse la situación de quien tiende a mentir siempre que vea un posible beneficio o evitar el esfuerzo, o que viva de espaldas a las necesidades de su prójimo. El punto es que, según la tesis que presenta Harari, ni el virtuoso puede evitar serlo ni el vicioso tiene la culpa de sus vicios. Eso es casi como decir que ninguno de nosotros pudo elegir las circunstancias de su nacimiento.

La libertad no equivale a indeterminación. Todos nosotros elegimos a diario muchas veces, y el hecho de que tomemos una decisión y no otra depende, como es obvio, de decisiones previas, de la consideración de las circunstancias presentes, del cálculo de las consecuencias… y hasta de lo que hemos desayunado. Asumimos las consecuencias de nuestras acciones porque consideramos que, entre las que las precedieron, pudimos elegir unas u otras. Si el cientificista responde que esa elección previa también estaba determinada, tenemos que irnos hacia atrás hasta el momento de nuestra concepción. El hecho es que, en igualdad de circunstancias, unas personas actúan de determinada forma y otras, de otra. El lenguaje común se refiere a esta diversidad de formas de actuación como «actuación libre». Desde luego, esa actuación tiene antecedentes y explicaciones, pero eso no la hace menos libre. Para que una acción humana sea libre, normalmente basta con que quien la realiza se considere responsable de ella. Es decir: tomando en cuenta todos mis condicionamientos, mi educación, mi genética y demás factores concurrentes, yo opto por determinado curso de acción y asumo sus consecuencias. El que actúa y decide soy yo, y por eso respondo de sus implicaciones. Y si enfrento una situación en la que me veo forzado a decidir una actuación, no me considero responsable. Ese es el sentido ordinario de la libertad humana, el que nos basta para vivir como seres humanos.