El señor Gobierno: una historia familiar pero distinta

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Por Pablo Andrés Rosal

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

Como estudiante de ciencia política acostumbro a leer los papers y libros que nos asignan en clase, todos con un formato académico, por lo que, cuando el tiempo me lo permite, disfruto de algunas obras de selección personal (la cola de libros sigue algo larga, pero todavía me quedan muchos años por vivir). Los disfruto muchísimo y rara vez leo otra cosa. 

Este pequeño libro llamado El señor Gobierno de Xuan Quen Santos fue un cambio de rutina del que no me arrepiento. Definitivamente, no es una obra académica, ni presenta sus ideas por medio de razonamientos y argumentaciones. Provee, a través de una novela corta, una explosión de verdades muy ilustradoras. Es una trama semejante a las tragicomedias latinoamericanas con la que cualquiera fácilmente puede identificarse (y caer en reflexiones profundas sobre lo que esto implica).

La maestría de Santos, en mi opinión, está en servirlas de una manera satírica y, por tanto, digerible para el paladar del latinoamericano promedio. Nuestra necedad es penetrable nada más por un caballo de Troya llamado «sarcasmo» y las risas que le acompañan. Los métodos convencionales no logran su cometido debido a nuestra propensión a defender al señor Gobierno a toda costa, aunque nos haya decepcionado desde los primeros días de nuestra independencia. Un poco de autocrítica, sazonada con unas cuantas carcajadas, nos cae bien a todos.

La obra nos sienta ante un espejo de una forma casual y cómica. Mientras leía, algunos personajes me parecían muy ingenuos. En cuestión de segundos, me percataba de que yo he sido ese ingenuo también. El señor Gobierno destapa aspectos de nuestra cultura que están tan incrustadas que los replicamos de forma casi inconsciente. No por nada Santos introdujo su libro escribiendo: «la lectura de esta historia queda prohibida a quienes no puedan tolerar la verdad». En efecto, es una verdad incómoda, pero América Latina necesita escuchar sus verdades incómodas. Por algo seguimos cometiendo los errores de siempre.

¿En dónde se desarrolla la historia? Esta pregunta permaneció en mi mente durante todo el trayecto. En algunos momentos parecía estar hablando de Ubico y Árbenz; en otros, de Allende y Pinochet. Anastasio Somoza y Daniel Ortega entraron entre mis sospechosos. En cierto momento, consideré que El señor Gobierno hablaba de Batista y la revolución castrista, aunque la historia dio ciertos giros que arruinaron mi teoría. Como amante de la historia, esta interrogante se mantuvo dando giros en mi mente. El problema fue que estaba mal planteada la pregunta. Al fin y al cabo, en Latinoamérica tenemos historias muy similares. Lo único que varían son los nombres y los años. 

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En otras palabras, este es un libro hecho no solo para guatemaltecos, sino para nuestros hermanos del continente también. Evidentemente, nuestra historia compartida es la relación tóxica entre los pueblos y el señor Gobierno. Somos fieles creyentes del «buenismo»: el señor Gobierno resolverá nuestros malestares, lo que pasa es que hace falta gente buena en el poder. En fin, los gobernantes van y vienen, pero el señor Gobierno se mantiene constante e inalterado. El sistema corrompe y premia al deshonesto, pero nos mantenemos en vigilia en espera del mesías que lo hará funcionar. Aparecen los falsos profetas y damos la vida por ellos. 

En lo personal, me di cuenta de la siguiente paradoja: Dios, que nunca falla, no recibe ni la mitad de devoción que le entregamos al señor Gobierno. ¡Y vaya si no nos ha decepcionado el señor Gobierno! 

Así que no importa si usted, estimado lector, es boliviano, chileno, mexicano, hondureño, argentino o cualquier otro habitante de nuestra bella Latinoamérica: las historias y anécdotas presentadas en este libro le sonarán familiares. Tal vez usted será uno de los personajes o habrá presenciado algo similar a lo que transcurre en la novela. Lo que sí le garantizo es que terminará la obra diciendo: «así somos». Y no es hasta que lo reconocemos es que podemos cambiarlo.

Imagen: México en la guerra: los braceros se van a Estados Unidos., (De la carpeta: Estampa de la Revolución Mexicana) 1947, Soporte 27 x 40 cm, Linóleo, Colección INBA/MACG