El camino de un fariseo a un maestro

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Por Daniel Behar

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Pablo de Tarso es, definitivamente, de los mayores escritores del Nuevo Testamento. Cada epístola que él redactó está repleta de contenido ético y moral que son guía de conducta para muchos cristianos, sin dejar a un lado la enorme cantidad de temas teológicos que él aborda en cada carta. Si algo podemos encontrar en común dentro de todos sus escritos, es la pasión que él tiene por enseñar el Evangelio en cada lugar que visitó, actuando con fervor y autoridad durante los viajes que realizó. Hay algo que a mí me impacta, y es el hecho de que él, sin haber conocido físicamente a Jesús ni haber oído de sus enseñanzas en persona, tiene una pasión enorme por Jesús, y sus textos abarcan la mayor cantidad de libros en el Nuevo Testamento. Esta pasión tiene una relación directa con su pasado como Saulo de Tarso, un pasado que es poco honroso pero que lo llenó de todo el conocimiento que calcó en sus epístolas.

Saulo fue criado en Jerusalén e instruido por Gamaliel, un fariseo que era doctor de la ley y venerado por el pueblo judío (Hechos 5:34, 22:3). Al estar cercano a un fariseo con un enorme conocimiento de la ley y de las profecías dadas por los profetas del Antiguo Testamento, no debería de extrañarnos la cantidad de conocimiento que aprendió durante su etapa de fariseo. Bajo el consentimiento del sumo sacerdote, él buscó a todos los cristianos para apresarlos y llevarlos frente a la justicia judía (Hechos 22:5, 8:3). De igual forma, cuando un pueblo hacía «justicia» a alguien que profanaba las escrituras, él era quien debía aprobar la muerte de quien había profanado la ley con sus palabras, tal es el ejemplo de Esteban (Hechos 8:1, 26:10). El actuar de Saulo a los ojos de los fariseos era bueno, ya que era uno de los más devotos fariseos y a él jamás le tembló el pulso para hacer lo que el concilio judío dictaba.

Desde su pasado, Pablo siempre actuó con autoridad y pasión, estas son dos cualidades que lo caracterizaron. El conocimiento fue algo que reforzó dichas cualidades, ya que tenía una «base moral» que justificaba las persecuciones y los asesinatos que avaló. Cuando el fin justifica los medios, se «blanquean» todas las acciones que tomamos para alcanzar dicho fin, sea bueno o no. Además, él contaba con el apoyo de los fariseos, quienes en ese entonces eran la máxima referencia religiosa judía. Cuando necesitaba respaldo para hacer justicia lejos de Jerusalén, los fariseos no dudaban en dar su apoyo. Era «el portador de justicia» donde quiera que estuviera y era muy temido por su carácter inamovible a sus creencias.

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Toda la religiosidad que lo dominaba pasó a segundo plano cuando tuvo un encuentro con Jesús camino a Damasco. Es importante recordar que Jesús ya había ascendido al Cielo para este momento, por lo que su aparición fue milagrosa, así como la forma en que lo hizo (Hechos 9:1-19). ¿Qué cambió en Saulo en este momento? Saulo tenía un enorme conocimiento de las profecías y de la ley. Según él, Jesús iba en contra de la ley y, por lo tanto, sus discípulos hacían lo mismo. Pero las profecías hablaban del Mesías que vendría a la Tierra, y, de alguna manera, Jesús las había cumplido todas. Sus ojos fueron abiertos a la verdad, y el conocimiento que durante toda su infancia había obtenido, cobró sentido. En medio de su vulnerabilidad, ya que había quedado ciego después de ese encuentro, Saulo pudo conocer a un Jesús misericordioso, quien, en vez de condenarlo, lo introdujo a sus seguidores, empoderándolo y enviándolo a predicarle a los gentiles de Él.

El conocimiento mal enfocado terminó causando que su nombre fuera sinónimo de persecución y muerte. Cuando el enfoque de ese conocimiento cambió y se centró en enseñar todo lo que aprendió aplicado a la vida del Mesías; la percepción que la iglesia tenía de él cambió de perseguidor a maestro, de sanguinario a piadoso. De la mano del Evangelio, Pablo viajó y enseñó a multitudes, llamó al arrepentimiento e hizo prodigios y milagros en nombre de Jesús. Contrario a lo que muchos pudieron haber predicho, que lejos del concilio no sería nadie, su nombre pasó a ser más relevante al ser maestro de muchos y al llevar al arrepentimiento a quienes así lo deseaban. Revolucionó la forma tradicional de enseñar el Antiguo Testamento, que en aquel entonces hacía referencia a «La Torá» y los textos que los profetas habían dejado.

Pablo no sería el Pablo que hoy conocemos de no ser por su pasado como erudito de la ley. A pesar de no haber coincidido con Jesús en persona, su ímpetu y pasión por el Evangelio siguen sonando hasta el día de hoy y lo seguirá haciendo. Su forma de ser, acompañado de un vasto conocimiento en profecías y leyes, potenció sus obras, su actuar y lo llevaron a ser un referente del cristianismo. En sus epístolas podemos encontrar mucho de quiénes espera Dios que lleguemos a ser y nos da herramientas para alcanzar ese estado. Pablo es un ejemplo de que el conocimiento es un arma poderosa, que puede causar mucha destrucción y daño si se usa de la forma incorrecta, pero que puede ser usada para salvar muchas vidas si se usa adecuadamente. Ese entusiasmo que Pablo tuvo para predicar debe ser una actitud que nosotros debemos imitar, eso causó que su legado esté hasta nuestros días.