Bilbo, un hobbit ordinario

4 minutos

Carroll Rios de Rodríguez 

Publicado originalmente el 20 de septiembre de 2021 en Prensa Libre

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

Tolkien nos recuerda que la verdad existe

Han pasado 84 años desde que J. R.R. Tolkien publicó El Hobbit, el 21 de septiembre de 1937. Tolkien empezó a escribir este relato fantasioso para sus hijos, y luego la novela se convirtió en la antesala para su trilogía, El Señor de los Anillos, publicada entre 1954 y 1955. Gracias a una taquillera producción cinematográfica de 2012, la historia ha vuelto a capturar la imaginación de otra generación.   

Siempre es un buen momento para recordar las lecciones que encierra El Hobbit. Existen similitudes entre nuestros tiempos y los de Tolkien. Mientras él redacta sus épicas aventuras en Inglaterra, en Francia autores existencialistas como Albert Camus y Jean Paul Sartre pintaban un mundo gris en el cual la verdad, el bien y el mal habían dejado de existir. Dicen los intelectuales que ahora vivimos en la «era de la post verdad», o la era del temor, del transhumanismo y del relativismo. Una vez más, parece que la verdad se esfumó y que la humanidad ha perdido su norte. Contemplar la vida a través de esta óptica puede producir desesperanza. En cambio, cuando uno lee a Tolkien, es posible imaginar una existencia llena de sentido.

El Hobbit relata la peligrosa expedición de Bilbo Bolsón (Baggins), quien es embaucado por un grupo de enanos en el rescate de un tesoro custodiado por un dragón. Los hobbits no calzan el estereotipo del héroe aventurero, pues son pequeñas criaturas regordetas, comelonas, que están lejanamente emparentadas con los hombres. Sus orejas son puntiagudas y sus pies son grandes, gruesos y velludos. No les gusta abandonar su comunidad en La Comarca, en Tierra Media. Y, a pesar de todo esto, Bilbo emprende. Sale. Vive. Acumula historias para relatar a sus descendientes, y gana en madurez y sabiduría.

Tolkien, quien era católico, inventa un mundo poblado por seres afables y falibles, cuyas vidas tienen propósito. Sus personajes enfrentan problemas éticos complejos. Bilbo es bonachón, amable, cortés y servicial, pero no consiente el mal. Incluso se obliga a sí mismo a hacer cosas que preferiría no hacer, como arriesgar su vida para rescatar a sus amigos. Enfrenta amenazas externas, pero también batalla contra de las malas inclinaciones en su interior. Se sienta a pensar cómo debe reaccionar ante cada circunstancia.  

Sus pequeñas y grandes decisiones van moldeando su carácter, e impactan positivamente en las vidas de quienes lo rodean. Pone en ejercicio virtudes como la lealtad, la honestidad, la generosidad, la valentía y el ingenio para ayudar a sus amigos. Los pequeños actos ordinarios, entendió Tolkien, pueden cambiar al mundo, sin gran ostentación. 

Lo que es más, cuando abandonamos la lucha interior y cedemos a un vicio, nos animalizamos. Eso fue lo que pasó a Smeagol, o Gollum. Smeagol había sido hobbit años atrás, pero se había corrompido a causa de su codicia por un anillo de oro con poderes mágicos. Bilbo llegó accidentalmente a las cavernas pantanosas donde vivía Gollum y encontró el anillo. Lo usó para volverse invisible y así escapar de Gollum, a quien perdonó la vida por compasión. Gradualmente, el anillo empieza a tomar posesión de Bilbo. Alarmado, el mago Gandalf persuade a su amigo hobbit de entregarlo. El hobbit se convierte en el primer dueño que voluntariamente renuncia a la joya.

En medio de esta lucha cotidiana, podemos ser felices. Salir adelante, luego de poner a prueba la virtud, brinda satisfacción. Tolkien era partidario de los finales felices: acuñó el término «eu-catástrofe» para aludir al momento cuando el protagonista se salva, casi por milagro, de un desenlace potencialmente lúgubre, como ocurre en El Hobbit.

¿Acaso no sería mejor el mundo si luchamos por ser más como Bilbo?

Imagen: Hildebrandt