Las «externalidades» no son una buena excusa para la vacunación obligatoria

11 minutos

Por Donald J. Boudreaux

Publicado originalmente el 13 de julio del 2021 en el blog de AIER

Traducido por Carroll Rios de Rodríguez para el Instituto Fe y Libertad

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

No soy, y nunca he sido, un opositor de la vacunación. Cuando mi único hijo, Thomas, era chico, ni su madre ni yo titubeamos cuando le tocó recibir la gama completa de las vacunas infantiles, tal y como mis padres no titubearon al permitir que me vacunaran a mí en los años sesentas, con las vacunas para niños disponibles en ese entonces. Y cuando la vacuna contra la Covid-19 estuvo disponible, algunos meses atrás, me puse la dosis completa (Moderna, por si tenías duda).

Sin embargo yo tengo, desde siempre, inclinaciones antiautoritarias. Es por ello que me opongo a los esfuerzos por parte del gobierno para ordenar la vacunación obligatoria o para castigar a las personas que no están vacunadas. En este mundo real en el que vivimos, no compete al estado imponer sanciones a cualquier persona que opte por no inyectarse o ingerir ciertas medicinas. Tal intromisión en los asuntos privados de los individuos es poco ética y no es consistente con los principios de la sociedad libre. Cualquier padre de familia debería tener el derecho de rechazar la vacunación para su hijo. Todo adulto debe tener el derecho de rechazar una vacuna para sí mismo. No se debería requerir ninguna explicación para tal rechazo más allá de un simple «No». 

¡Externalidad!

La respuesta más común a quienes nos oponemos al castigo estatal hacia las personas que se rehúsan a las vacunas es aducir que las personas antivacunas ponen en riesgo la salud, e incluso las vidas, de terceros inocentes. Lea, por ejemplo, a la columnista del Washington Post, Leana Wen, cuya fuerte obsesión por la vacunación obligatoria se apareja con su débil capacidad para poner los datos en su correcta dimensión. En el lenguaje de los economistas, el cargo es aquel de la «¡externalidad!» —o como exclamó Justin Wolfers, un economista de la Universidad de Michigan, en respuesta a alguien que objetó a algo que huele a una movida que conduce a la vacunación obligatoria, «externalidades del por qué».  Un individuo no vacunado, se argumenta, injustamente distribuye a otras personas patógenos peligrosos siempre que ese individuo salga a espacios públicos.

Pero gritar «¡externalidad!» no es la carta de triunfo que muchos economistas (y no economistas) ingenuamente suponen que es. En un mundo en el cual muy pocos de los seres humanos viven una existencia aislada—eso es, en nuestro mundo—cada uno de nosotros incesantemente actúa de formas que afectan a extraños, sin que ello amerite la imposición de restricciones gubernamentales sobre la mayoría de estas acciones. Por tanto, justificar la obstrucción gubernamental de los asuntos ordinarios de la vida requiere mucho más que una identificación del prospecto de un potencial impacto interpersonal. (Ver la respuesta a Wolfers por David Henderson aquí: https://www.econlib.org/are-externalities-enough/).

Es necesario más que una imaginación vívida para dar justificación a la vacunación obligatoria. Los más inteligentes estudiantes de primer curso de bachillerato pueden describir situaciones hipotéticas en las cuales cada persona razonable podría estar de acuerdo en que la vacunación obligatoria es justificada. («O sea, ¡imagine un virus tan supercontagioso y letal que, con 100 por ciento de certeza, literalmente mataría a todo ser humano en el país, si tan solo una única persona en el país sigue sin vacunarse!»). Para ser relevante, el caso para la vacunación obligatoria debe formularse con relación a la realidad tal y como la conocemos. Adicionalmente, en una sociedad libre la carga de la prueba recae, no sobre los opositores de la vacunación obligatoria, sino en aquellos que afirman que la externalidad es lo suficientemente real y seria como para justificar convertir la campaña de vacunación en obligatoria. 

Es indiscutible que la elección de permanecer sin vacunarse contra la covid crea unos riesgos para los extraños. Sin embargo, este hecho sobre esta elección no se distingue de las muchas otras elecciones con consecuencias similares, la mayoría de las cuales son opciones, otra vez, que no claman por la intervención gubernamental —un hecho que mantiene su veracidad incluso si confinamos nuestra atención exclusivamente en las acciones que suponen un peligro mayor para la salud física de los demás.

La elección de manejar al supermercado crea riesgos de salud para los peatones y los otros conductores. La decisión de no someternos a pruebas para detectar la influenza y luego retomar nuestras vidas con normalidad crea riesgos para otros. La elección de tirarse de clavado en una piscina comunitaria crea riesgos de salud para otros. La decisión de utilizar un baño público crea riesgos de salud para otros. En cada una de estas situaciones, los beneficios de permitir a los individuos que tomen sus decisiones libremente se consideran mayores a los beneficios que podrían surgir de imponer novedosas restricciones sobre tales elecciones.

Entonces, ¿qué pasa con la COVID-19 y las vacunas?

¿Será que la covid es algo especial, que justifique el raro paso autoritario para convertir la vacunación en obligatoria? No.

Primero, existe una importante y relevante realidad que amerita repetirse dado la extraña, aunque ampliamente difundida, creencia de que la realidad ni importa ni es relevante: la covid encierra peligro abrumadoramente para los ancianos y los enfermos—es decir, para un grupo cuyos miembros se autoidentifican con facilidad y que por ende pueden tomar medidas para protegerse a sí mismos de la exposición al virus, sin requerir que la vasta mayoría de la humanidad suspenda o vuelque su vida, dado que muy pocos de ellos enfrentan un riesgo real con relación a la covid.

Segundo, y aparte de este primer punto, el hecho de que las vacunas son bastante efectivas en proteger a las personas vacunadas de contraer y sufrir por la covid debería ser suficiente para meter la estocada final en el corazón del argumento a favor de la vacunación obligatoria. Pero los promotores de la vacunación obligatoria tienen una respuesta. Ellos creen que defienden su postura señalando dos hechos. La primera de ellas es que la vacunación no solo protege a los individuos vacunados contra la covid, también reduce la posibilidad de que las personas vacunadas contagien a otros de covid. El segundo hecho es que no todos están o pueden ser vacunados. Estos dos hechos son adoquinados a un trampolín desde el cual brincan dichos defensores de la obligatoriedad a la conclusión de que, por tanto, el gobierno debe ordenar que todos los que médicamente puedan serlo deben ser vacunados.

Pero este brinco es ilógico porque ignora varias preguntas pertinentes. Las personas sobre quienes recae la carga de la prueba no se pueden dar el lujo de ignorar estas preguntas pertinentes.

Entre las preguntas permitentes que son ignoradas, y por ende, siguen sin respuesta, están las siguientes:

  1. ¿En qué proporción reduce la posibilidad de que transmita el coronavirus una persona que ya fue vacunada? ¿Dicha reducción amerita incurrir en todos los costos de la vacunación obligatoria?
  2. ¿Cuántas personas tienen condiciones médicas que les impiden ser vacunados contra la covid? ¿Y qué proporción de estas personas son miembros de grupos que enfrentan un riesgo elevado de sufrir por causa de la covid?
  3. Lo que es más, ¿a qué se refieren cuando afirman que una persona no puede ser vacunada contra la covid por una condición médica? ¿Quiere decir que tales personas, si se vacunaran, enfrentarían una probabilidad del 100 por ciento de morir a causa de la vacuna? Seguramente no. Pero si no, ¿a qué nivel de riesgo serían tales personas expuestas por la vacuna de la covid? ¿Y son estos riesgos lo suficientemente altos como para figurar en una defensa creíble a favor de la vacunación obligatoria?
  4. ¿Cómo se compara el costos de que grupo «que no puede ser vacunado» se protejan por otros medios contra la covid, en comparación con el costo de ordenar que todos los demás nos vacunemos?
  5. La mera existencia de un grupo de personas para quienes la vacuna de la covid es demasiado riesgosa para su salud, implica que las vacunas de covid no están libres de riesgo para cualquiera. (Incluso aparte de los riesgos eventuales,  inherentes y quizás suficientemente pequeños y «naturales» que supone cualquier tratamiento médico, cada uno de nosotros tiene una posibilidad positiva de, sin saberlo, padecer una o más de las condiciones que convierten la vacuna en algo demasiado riesgoso). Por qué, entonces, deben todos —exceptuando a los que conforman el grupo eximido— ser requeridos a vacunarse y así, ser requeridos a sujetarse a un riesgo positivo de ser dañados físicamente por la vacuna? 
  6. Los promotores de la vacunación obligatoria insinúan que cualquier acción que represente un riesgo a la salud de los extraños es una acción que el gobierno debe tratar como una «externalidad» que debe ser prevenida por la fuerza. Si eso es cierto, ¿por qué el gobierno no trata todas las expresiones de los argumentos a favor de la vacunación obligatoria como externalidades que deben ser prohibidas a la fuerza? Dado que la vacunación en sí misma no está libre de riesgo, obligar a personas a vacunarse implica someter a la fuerza a algunas personas a un riesgo que preferirían evitar. Lo que es más, la promoción pública de la vacunación obligatoria eleva el riesgo de que se implemente una política pública de vacunación obligatoria, y esto significa que la promoción pública de la vacunación obligatoria (siguiendo la lógica de los mismos promotores de la vacunación obligatoria) expone a terceros inocentes a un riesgo que el gobierno tiene el deber de prevenir.

Conclusión

Por supuesto, yo me opondría a los esfuerzos por acallar los discursos de los promotores de la vacunación obligatoria con la misma energía y sinceridad que alimentan mi oposición a los esfuerzos de los promotores de la vacuna obligatoria por imponer sobre la humanidad esta medida autoritaria. Pero el hecho de que la lógica de dichos promotores puede ser fácilmente usada para argumentar que ellos sean negados la libertad de expresar pacíficamente su deseo de que se imponga una vacuna a la fuerza revela lo frágil que es la defensa de la vacuna obligatoria.

Para repetir, tal caso no puede resolverse en términos abstractos, con la mera entonación de la palabra «externalidad». Las preguntas que hicimos arriba (y quizás otras más) sobre los hechos merecen una respuesta. Y la responsabilidad por responder a estas preguntas, en una sociedad libre y abierta, recae sobre quienes se inclinan por imponer un mandato gubernamental y no sobre quienes defendemos la libertad.