Un cuento sobre Fantasía

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Fantasía es un poco como Perú, Chile, Nicaragua y más…

Publicado originalmente el 28 de junio de 2021 en Prensa Libre

Por Carroll Rios de Rodríguez

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

Un grupo de jubilosos patriotas salieron abrazados del bar: ¡transformarían su país: Fantasía! Tras horas de charlar y beber cervezas, crearon un movimiento político nuevo. Identificaron al villano que sumió a Fantasía en un hoyo de corrupción y pobreza: los viejos egoístas y ciegos. 

Se convencieron de que todos los males políticos, sociales y económicos eran culpa de los viejos. Algunos eran culpables por melancólicos y fascistoides, pues idealizaban la memoria del dictador Urano. Otros por amasar fortunas turbias, aprovechando recovecos legales. Otros por su resistencia tibia y mediocre a la corrupción. Y otros por su omisión: se centraron responsablemente en su trabajo y evitaron la política.

Según los idealistas, los viejos corrompieron la política. Hace treinta años, recordaron, Fantasía atravesó un período esperanzador cuando transitó de la tiranía uranista a la democracia. La participación en la vida democrática fue considerada noble, por un tiempo. Luego, algo inexplicable hicieron los viejos para que la élite política priorizara sus intereses particulares, se aferrara al poder y retorciera las reglas. Los idealistas declararon la guerra a «la componenda del mal»: se consideraban a sí mismos incorruptibles, hechos de una madera distinta, generosa e inteligente. 

Los idealistas atacaron a «la componenda del mal» sin misericordia. ¡Viejos corruptos! ¡Nada viejo merece ser conservado! ¡Patria nueva, valores nuevos! 

Inscribieron el partido y recorrieron el país. Hicieron promesas frescas al pueblo. En sus viajes de campaña, descubrieron que competían por votos contra un desgastado partido de viejos y varios grupos izquierdistas. Éstos últimos abogaban por una revolución estructural y la abolición de la propiedad privada. Los idealistas consideraron a los socialistas como potenciales aliados, porque también odiaban a los viejos.

Se puso de moda aborrecer a los viejos y emplear un lenguaje progresista. Unos políticos veteranos incluso intentaron congraciarse con los idealistas y socialistas. El clima político afectó a la economía nacional. Los productos escasearon y sus precios subieron. Creció el desempleo, se secó la inversión extranjera y el pueblo sintió hambre. Proliferó la criminalidad. Los fantasianecos talentosos, de todo estrato social, emigraron a países menos hostiles hacia la libre empresa. Al vaciarse las arcas gubernamentales, los gobernantes decretaron más impuestos. Los idealistas y la élite política acusaron a los viejos de provocar el desastre en ciernes. 

¡Llegó el día de las elecciones! Los resultados sorprendieron a los idealistas: perdieron la presidencia. Ganó el candidato de la coalición socialista, que además conquistó casi la mitad de los curules en el Congreso. Los idealistas formaron una bancada de tamaño razonable, mientras los viejos quedaron reducidos a una diminuta minoría. 

Entonces intentaron poner en marcha sus idealistas propuestas desde el legislativo. Algunos planes tuvieron consecuencias imprevistas y otros eran boicoteados por la izquierda radical y la burocracia permanente. Inmersos en un caldo de incentivos perversos, varios hermanos idealistas tristemente se corrompieron. Y la economía seguía desplomándose. 

Los idealistas lloraron arrepentidos. Se impuso la autorreflexión… ¿Los viejos fueron antes jóvenes idealistas? ¿Intentaron también, sin éxito, desterrar a los malos y entronar a los buenos? ¿Acaso no habría sido mejor fortalecer la cooperación social libre, y poner límites al poder gubernamental? ¿Cómo pudieron despreciar el derecho a la vida, la libertad y la propiedad? Su llanto fue vano, pues el totalitarismo represivo comunista ya se había adueñado de Fantasía.