¿Guerras de religión o la historia bajo juicio?

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Por Alejandra Martínez Cánchica

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Los nombres suelen ser caprichosos. Cuando nombramos algo, por lo general le estamos quitando la posibilidad a ese «algo» de ser otra cosa. Definimos esencias a través del lenguaje y, por ende, excluimos posibilidades. En el acto de nombrar también hay un costo de oportunidad en donde prescindimos de lo que ese «algo» puede ser en potencia. 

Pareciera que los historiadores no suelen estar muy conscientes del poder de las palabras, mucho menos cuando se trata de los juicios sobre el pasado. Así las cosas, los historiadores se pasean por periodizaciones y caracterizaciones que pueden resultar bastante arbitrarias y que necesariamente tendrán que interpretarse a la luz de técnicas como la hermenéutica que ayudarán a separar la paja del trigo.

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Es el caso de las llamadas «Guerras de Religión» que azotaron a Europa durante buena parte de los siglos XVI y XVII, las cuales se han definido como los conflictos entre católicos y protestantes, donde tal vez la más importante sea la Guerra de los Treinta Años, entre el Sacro Imperio Romano Germánico con varios reinos de Europa y que culminaría con las Paz de Westfalia en 1648. Sin embargo, si acercamos el lente y refinamos el aparato crítico nos encontraremos con que es una simpleza afirmar que estos conflictos fueron animados por un espíritu exclusivamente confesional. Decía Hegel ㅡtal vez de forma algo soberbia, pues los historiadores no son portadores de una razón todopoderosaㅡ, que el análisis histórico va mucho más allá de una simple narración de hechos y personajes, pues de lo que se trata es de «descubrir» aquello que subyace dentro del flujo de los acontecimientos, su propósito último y trascendental. En ese sentido, rescataremos del filósofo alemán la idea de que el análisis histórico muchas veces requiere ver mucho más allá de lo que los propios hechos presentan. De tal suerte que si analizamos a la Europa de los siglos XVI y XVII nos encontraremos más bien con procesos de muy largo aliento que nos ayudarán a entender estos choques entre potencias, como por ejemplo: la expansión del mercantilismo y el surgimiento del absolutismo a la luz de la consolidación de los Estados modernos europeos. 

Las «Guerras de Religión» han quedado asentadas de esa manera en los anales de la historia gracias a la historiografía de la Ilustración, cuya visión secular de la sociedad entiende a la religión, específicamente en Occidente, como intrínsecamente violenta, irracional y oscurantista. Lo cual no solo es equivocado desde el punto de vista histórico (como ya acabamos de señalar), sino que también lo es desde el punto de vista religioso puesto que el Dios de la tradición judeocristiana occidental es un Dios racional que creó al hombre a su imagen y semejanza (somos seres dotados de razón para conocer el mundo). De allí el famoso primer versículo del Evangelio de Juan: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios» (Juan, 1. Biblia de Jerusalén); entendiendo «palabra» en su raíz griega λóγος o logos, que también significa razón, pensamiento y discurso. 

Aunque ya eso sería caer en el terreno de los teólogos… 

Méndez, G. W. (2018). ¿Guerras de religión o la historia bajo juicio? Serviprensa.