Del comportamiento en las redes sociales

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Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

Por Alain Pierce Samayoa Chavarría

Tradicionalmente, se han distinguido tres tipos de pensamientos: los públicos, los privados y los íntimos1. Los públicos se verbalizan o expresan ante la colectividad, engloban las cosas que pueden y deben ser atendidas por cualquiera; los privados se comparten en el seno familiar o en el círculo de amistades y, así como los públicos, son objeto de regulación legal. Los íntimos se reservan para el propio ser, que en otro tiempo fue objeto únicamente de valoraciones morales, ya fuera en el propio yo o por otros al ser descubiertos. Con la virtualidad y, por ende, la proliferación de las redes sociales, la distinción entre unos y otros no siempre es fácil, y con frecuencia se traspasan. En palabras de Juan Soto Ivars: «la esfera íntima se convirtió en esfera pública sin que fuéramos conscientes por completo de la dimensión del cambio y, por tanto, sin que pudiéramos prever las consecuencias» (Soto, 2017, p.10).

Debido a que estamos acostumbrados a comunicarnos según las pautas de la cortesía y la vecindad, de un momento a otro tuvimos que afrontar la ofensa, ya conocida pero no tan exponencialmente producida como ahora; especialmente, al aflorar aquellos pensamientos que dirigíamos a nuestros adentros o bien los que reservábamos a nuestro círculo íntimo. Un magno ejemplo de este tipo de situaciones lo proporciona constantemente la red social Twitter, en la cual, aquellos pensamientos o expresiones que surgen en contra de una persona pública (como un político) y que en algún momento han rondado nuestra mente pero que jamás nos hemos atrevido a pronunciar (o hemos reservado para nuestras más íntimas amistades), son colgados, sin más, en la red.

De ahí, todo lo demás nos es familiar: la agresividad, la censura y la cancelación. Sobre esta última, hemos de señalar que aún no salimos del asombro de cómo fue cancelado el presidente de la nación más poderosa del mundo.

En este momento de alcance normativo de un sistema político-jurídico sobre unos u otros pensamientos, en vista de lo anteriormente señalado y al considerar que la virtualidad se rige por sus propias normas —lo cual puede ser objeto de una próxima conversación—, conviene advertir que aquellos que nos vemos revestidos de cierta civilidad —especialmente quienes ejercemos una profesión u oficio en el que influimos y contribuimos en propiciar bienestar a nuestra comunidad—  debemos comportarnos de una forma moderada y discreta. No debemos permitir que nuestros sentimientos afloren intempestivamente y que nuestra  irritación sea constante. Es importante atender al postulado de la prudencia que señala que debemos actuar con juicio sereno, y frenar actos irreflexivos al ser conscientes de las consecuencias de nuestros actos. Es así como, inmersos en el mundo virtual, cada día nos encontramos más vulnerables a propiciar nuestra propia caída.

Con esto no quiero sugerir que no nos expresemos, pues, a pesar de que la libertad de expresión se ha visto sumamente coartada con la proliferación de las redes —aunque suena contradictorio—, las reglas del juego han cambiado, y lo importante es reflexionar sobre cada una de las consecuencias que tendrá nuestro decir.  

Quiero ser enfático en esto. Podemos estar en desacuerdo con el otro y expresar nuestro desacuerdo regidos por las pautas de la cordialidad , o podemos recaer en la ofensa, el insulto y la difamación. Las dos vías se encuentran frente a nosotros; sin embargo, ambas tendrán sus consecuencias. Mientras la primera puede incluso proveernos de bienaventuranza, la segunda es capaz de hacernos ganar toda clase de males; desde que se encuadre nuestra conducta en el tipo penal, hasta la misma muerte. En un mundo cada vez menos tolerante y susceptible, debemos  recordar que el mismo Dios le expresó al pueblo de Israel un principio básico al momento de tomar una decisión—esto es, sopesar sus últimas consecuencias—:  será el placer momentáneo o la gloria eterna la que dará influjo a nuestras decisiones, concluyendo y anticipando cuál es la decisión correcta, pues «he puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tu descendencia…» (Deuteronomio 30:19).

Tengamos, pues, el discernimiento suficiente para valorar si es prudente o no exteriorizar nuestros juicios de valor o pensamientos sobre esto o aquello. Determinemos el ámbito adecuado para expresar nuestras ideas, entendiendo que, o las reservamos, (pues hay más dicha en saberse sabio que en demostrarlo), o las declaramos; eso sí, analizando previamente cuál será su impacto, tanto en los demás como en nosotros.

  1.  Siguiendo la línea de pensamiento del autor Garzón Valdés, quien en múltiples ocasiones ha señalado que deben distinguirse tres ámbitos en los que se podrían afectar los derechos o intereses de un individuo.