¿Existen agendas globalistas? – Parte III

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Por Juan Pablo Gramajo Castro

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

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Ahora bien, quizá valga la pena explorar el argumento también al interior de los estados: ¿Cómo hace un orden político estatal para respetar la diversidad cultural y política de varios grupos dentro de su territorio? Porque hablar de “destrucción de lealtades nacionales” en Guatemala es complejo, pues no existe una identidad nacional uniforme sino, por el contrario, históricamente se han dado procesos internos de erosión y negación de identidades culturales diversas. ¿O la “identidad guatemalteca” que se debe oponer al globalismo es más bien una abstracción construida por el discurso autorizado y autorizante de los grupos políticos predominantes? Si es así, ¿no es eso también una forma de totalitarismo? 

Existen motivos, como vimos, por los cuales el lenguaje e idea de los derechos humanos se han vinculado históricamente con la izquierda, y de ahí podría rastrearse su actual movilización en favor de algunas de las causas que lamentan los autores examinados. Pero los derechos humanos también son una idea vinculada directamente a la lucha contra el totalitarismo, contra el abuso del poder estatal, a la defensa de la dignidad y libertad de la persona. 

Las discusiones filosóficas en torno a los derechos humanos son muy variadas y complejas. Existen interpretaciones distintas, incluso opuestas, desde diferentes perspectivas. Moyn considera que la idea actual de derechos humanos es un nuevo universalismo distinto de universalismos anteriores como la ley natural grecolatina y cristiana o los derechos naturales de la ilustración racionalista. Señala además (como han hecho otros autores, entre ellos Javier Hervada y Carlos Massini-Correas) la diferencia entre la noción cristiana medieval, objetiva, de ley natural, y la idea moderna subjetiva de derechos naturales. 

En otro escrito me he referido a la necesidad de saber manejar los matices y discontinuidades en lo que algunos prefieren llamar “la civilización occidental”, y la idea de derechos humanos es un excelente ejemplo de por qué eso es importante. Ello no excluye la posibilidad de identificar también continuidades y desarrollos, o ideas separadas que puedan reconducirse hacia una visión coherente. 

Ahora bien, las críticas a la supuesta “agenda globalista” parecen mezclar elementos de carácter ético, moral, religioso, filosófico, jurídico, político, cultural, económico, etc. Eso hace necesario adoptar una visión crítica que permita discernir en ellos los aspectos opinables y el grado al que lo sean. De lo contrario se corre el riesgo de que, al meter todo en un mismo saco, con una misma jerarquía valorativa, se instrumentalicen los discursos y la buena fe de las personas, nutriendo la polarización y la intolerancia. Quizá a algo similar se refería el Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal de Guatemala cuando, en su declaración del 26 de julio de 2020, hizo “un llamado a las diversas organizaciones de Iglesia que militan a favor de la vida, a no dejarse manipular en la vida pública del país por grupos políticos cuyo interés en la defensa de la vida puede esconder intereses espurios y muchas veces abiertamente inmorales”. 

En esa misma declaración, el Consejo Permanente expresó: “La posición de la Iglesia es firme en la defensa de la vida humana y también de la dignidad humana, en la defensa de los derechos humanos de la primera declaración de Derechos Humanos de Naciones Unidas de 1948 y ha mostrado su aprobación explícita a diversas convenciones de Naciones Unidas en otros temas muy relevantes. No obstante, hay ‘derechos’ aprobados en Naciones Unidas y leyes en diversos países ante los que la Iglesia católica ha mostrado muy clara su oposición por considerarlos faltos de sustento en el derecho natural y claramente en contra de la moral católica”. Con esto refleja los debates contemporáneos en torno a los derechos humanos y al rol de la ONU. 

Me parece que las críticas a la llamada “agenda globalista” se dirigen propiamente al hecho de usar el lenguaje de derechos humanos y la institucionalidad del derecho internacional para promover: (i) prácticas que, desde la doctrina cristiana y otras posturas, se consideran inherentemente malas o desordenadas, y (ii) medidas políticas y económicas con que simpatizantes de la economía de libre mercado no están de acuerdo. Lo primero toca materias doctrinalmente definidas por el magisterio de la Iglesia Católica. Lo segundo es en gran parte materia opinable. De ahí la importancia del discernimiento, pues el ser humano es fácil para tejer marañas ideológicas y erigirse dioses falsos.

El problema ni siquiera es el globalismo o el universalismo en sí mismos. Al contrario, los iusnaturalismos grecolatinos, cristianos y racionalistas, con todo y sus diferencias entre sí, son también doctrinas universalistas que aspiran a un alcance global. 

El verdadero problema parece ser un choque de contenidos sustanciales entre universalismos antiguos y nuevos, tradicionales y contemporáneos. Eso difícilmente se resolverá combatiendo las formas. Quizá lo necesario en nuestra época sea visibilizar mejor las diferentes interpretaciones sobre derechos humanos, traducirlas y abordarlas en un debate público abierto y respetuoso, en vez de nutrir hostilidades recíprocas que, al final, nuevamente reducen todo a luchas de puro poder que hacen perder de vista ciertos principios.

Otro proyecto que ha llamado la atención es el llamado Great Reset o Gran Reinicio, promovido por el Foro Económico Mundial en el marco de las experiencias con la pandemia COVID-19. Según Klaus Schwab, su agenda tiene tres componentes principales: (i) dirigir el mercado hacia resultados más justos a través de la coordinación intergubernamental en materias fiscales y regulatorias, la promoción de una “economía de interesados” (stakeholder economy) y cambios en las reglas sobre combustibles fósiles, propiedad intelectual, comercio y competencia; (ii) asegurar que la inversión promueva metas compartidas, como la igualdad y la sostenibilidad, construyendo infraestructura urbana “verde” e introduciendo incentivos para que las industrias mejoren su desempeño ambiental, social y de gobernanza; (iii) cosechar las innovaciones de la Cuarta Revolución Industrial en apoyo del bien común, especialmente para atender retos sociales y de salud. 

La revista Time dedicó una edición a este tema y, en otro artículo, proclamó la muerte del libre mercado. Obviamente, partidarios de la libertad económica no han recibido con buenos ánimos estas propuestas, que presagian un retorno a los gobiernos fuertes y protectores. Algunas críticas interesantes sobre sus implicaciones económicas pueden verse en escritos publicados por el Mises Institute, por ejemplo. Nuevamente, la idea de un gobierno fuerte y protector exige suma contextualización en Guatemala, donde la fuerza del estado se ha usado históricamente para lo contrario, mientras a diario se ven debilidades o negligencias en temas esenciales al bien común e individual.   

Hablar de “agendas” evoca quizá conspiraciones, deshonestidad, artificio, nocturnidad y subterfugio. Pero el derecho de asociación es una expresión fundamental de la libertad, y es natural al ser humano asociarse con aquellos con que comparte fines, intereses, puntos de vista, aficiones, etc., para unir esfuerzos en su defensa, desarrollo y promoción. Distinto será que esos fines e intereses no sean compartidos por otros, o incluso entren en conflicto con los de otros. Eso también es normal y las sociedades deben tener medios para manejarlo. Pero demonizar la acción conjunta y organizada en sí misma no tiene sentido, mucho menos para quienes defendemos la libre iniciativa de los particulares. 

Hoy, en cambio, desde ambos lados del espectro ideológico parece promoverse la idea de que la acción conjunta y organizada del “otro” es sucia, oscura y deshonesta. Por cada crítica a lo que financia George Soros habrá otra sobre lo que financian los hermanos Koch o Joseph Coors; por cada teoría de conspiración sobre el Foro de São Paulo u Oxfam habrá otra sobre la Sociedad Mont Pelerin o la Federalist Society. Se trata, en definitiva, de atacar los medios o formas sin entrar a debatir las sustancias. 

No parece que se pueda defender la vida, la libertad, la propiedad y demás derechos fundamentales abogando por entendimientos de la soberanía que los dejarían a merced de gobiernos autoritarios, con poca legitimidad democrática y republicana, poca transparencia y eficacia, alta percepción de corrupción, financiamiento electoral ilícito y posibles alianzas con el crimen organizado. Es decir: No es lo mismo hablar de soberanía y globalismo en Reino Unido o Estados Unidos que en el hoy llamado “Triángulo Norte”. Por eso es elemental ubicar estos debates en nuestros contextos locales y regionales. De lo contrario, hablar de “resistir el totalitarismo globalista” puede significar realmente “déjenme abusar dentro de mis fronteras como me dé la gana”. Eso no sirve en lo más mínimo a la causa de la libertad.