¿Existen agendas globalistas? – Parte II

7 minutos

Por Juan Pablo Gramajo Castro

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

Lee la parte I aquí

Es necesario recordar la historia de la ONU y de los derechos humanos para comprender mejor el debate en torno a la “agenda globalista”. 

Al respecto, el historiador Samuel Moyn en su libro The Last Utopia sostiene que una diferencia esencial entre la idea contemporánea de derechos humanos y la idea de derechos fundamentales, inherentes, del hombre o del ciudadano, surgida del constitucionalismo liberal revolucionario americano y francés, radica en que este veía la defensa de tales derechos como razón de ser del Estado, mientras aquella plantea su defensa más allá del Estado e incluso contra el Estado. 

Esto se debe a que la ONU nace a raíz de la Segunda Guerra Mundial, cuyos horrores evidenciaron que los Estados mismos eran capaces de violar los derechos que, hasta entonces, constituían su razón de ser. En ese sentido, el origen histórico de la ONU es precisamente para defender a las personas frente a los totalitarismos y, en efecto, implica una relativización de la soberanía estatal, a cuyo amparo se perpetraron incontables horrores por los totalitarismos del siglo XX. 

Entonces, el sistema internacional de derechos humanos reviste esa importancia histórica y actual, pues busca garantizar ciertos derechos aún más allá y en contra de los propios Estados. Es el mismo sistema al que podríamos apelar si mañana una asamblea constituyente, en ejercicio de su soberanía, pretendiera violar derechos tan importantes como la vida, la propiedad, la libertad religiosa y de conciencia, etc. 

También sostiene Moyn que el activismo de derechos humanos como hoy lo conocemos se origina, no en los años inmediatamente posteriores a la adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), sino en la década de 1970. Sucesos como la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968 y el golpe de estado en Chile de 1973 hicieron ver que tanto el comunismo como el anticomunismo eran fuerzas totalitarias y opresoras, moviendo a socialistas disidentes en Europa y a las izquierdas en América Latina a abrazar la idea de los derechos humanos como un discurso alternativo de resistencia y oposición. 

Para el éxito del discurso de derechos humanos en nuestro continente, señala Moyn, fue crucial el rol del catolicismo sobre la base de la encíclica Pacem in Terris de Juan XXIII (1963). Esta incluye una sección sobre los derechos del hombre a la existencia y a un decoroso nivel de vida, a la buena fama, a la verdad, a la cultura, al culto divino, derechos familiares, económicos, a la propiedad privada, de residencia y emigración, de intervenir en la vida pública y a la seguridad jurídica, en conexión necesaria con los deberes de respetar los derechos ajenos, colaborar con los demás y actuar con sentido de responsabilidad. 

En su primera alocución ante la Asamblea General de la ONU (2 de octubre de 1979), Juan Pablo II se refirió a la relación y apoyo de sus predecesores a la ONU, refiriéndose a la Declaración Universal de 1948 como “piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad”. En su segunda intervención (5 de octubre de 1995) se refirió, entre otros temas, a la necesidad de respetar las diferencias culturales y nacionales. Por su parte, Benedicto XVI en su discurso ante la ONU (18 de abril de 2008) reiteró la importancia del ordenamiento internacional e hizo una reflexión muy interesante sobre los derechos humanos y su debate actual. 

Esto hace necesario profundizar sobre la relación entre el aspecto cultural, religioso y político. La interpretación de César Vidal parte de la idea de la democracia moderna como basada en la reforma protestante y arraigada con carácter excepcional en Estados Unidos a través de su origen puritano. 

En cambio, considera que América Latina tiene orígenes antidemocráticos, que incluyen el racismo y el dominio blanco, el rechazo de la supremacía de la ley, y otros “factores derivados directamente de la cultura hispano-católica como el nivel bajísimo de alfabetización, la visión del trabajo como castigo divino, el asistencialismo, la corrupción clientelar o la ausencia de cultura económica, todas ellas marcas de la Contrarreforma” (página 221). En otro libro, enfocado específicamente sobre Centroamérica (El águila y el quetzal, 2016), Vidal hace un recuento de la historia local desde la colonia que, para algunos lectores guatemaltecos, quizá parecería salida de una pluma radical marxista. 

Para Vidal, la Iglesia Católica es parte de la agenda globalista “coherente con su trayectoria de oposición a la libertad” (página 123), con antecedentes claros en el pensamiento de Juan Pablo II y Benedicto XVI, y más aún en el actual pontífice Francisco, a quien considera uno de los dos grandes íconos de la agenda globalista junto con George Soros. 

Señala que una buena expresión de esta agenda se contiene en la encíclica Caritas in Veritate de Benedicto XVI (2009), que expresa la urgencia de “una verdadera autoridad política mundial”. Omite, sin embargo, mencionar el énfasis que (en el mismo párrafo que cita y en otros) hacía la encíclica sobre el principio de subsidiaridad como “expresión de la inalienable libertad (…) para no abrir la puerta a un peligroso poder universal de tipo monocrático” (párrafo 57).  

El mismo día que se aprobó la Agenda 2030, el papa Francisco se dirigió a la Asamblea General de la ONU expresando que “La adopción de la Agenda 2030 (…) es una importante señal de esperanza”. Su alocución fue en buena medida un comentario a la Agenda 2030, considerando que su fundamento común es el derecho a la vida. Advirtió, asimismo, que “Sin el reconocimiento de unos límites éticos naturales insalvables”, los ideales de la ONU “corre[n] el riesgo de convertirse en un espejismo inalcanzable o, peor aún, en palabras vacías que sirven de excusa para cualquier abuso y corrupción, o para promover una colonización ideológica a través de la imposición de modelos y estilos de vida anómalos, extraños a la identidad de los pueblos y, en último término, irresponsables”.

Para quienes se preocupan seriamente por estos temas, las alocuciones papales ante la ONU contienen ideas riquísimas que merecen profundizarse y discutirse. Como vimos, las intervenciones de Juan Pablo II y Francisco incluyeron afirmaciones sobre el respeto a las culturas de los pueblos y en contra de la colonización ideológica, más cercanas a las preocupaciones de quienes temen la imposición y la aniquilación de identidades locales, que a la “agenda globalista” que supuestamente promueven los pontífices.

Posted in