¡Yo no soy «neo»!

10 minutos

Por Carroll Rios de Rodríguez

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

El prefijo «neo» deriva del griego y se refiere a algo nuevo, joven, fresco, reciente. Así, la unidad neonatal en un hospital atiende a recién nacidos y un neófito es alguien que está dando sus primeros pasos en la religión. En el mundo del arte, anteponemos «neo» a un movimiento para indicar el resurgimiento parcial de esa tendencia; así, el neoexpresionismo apunta a una reacción contra el minimalismo. 

El prefijo, evidentemente, es útil. 

No obstante, anteponer el «neo» a cualquier postura ideológica genera abundante confusión. A primera vista, podríamos entender que el «neo» simplemente señala una distancia en el tiempo, entre dos épocas. Sin embargo, el «neo» puede aludir a una evolución, modificación, desviación o reforma de las ideas base. Las diferencias podrían ser tales que la versión «neo» hasta contradiga significativamente la ideología original. 

Por ejemplo, a diferencia de las feministas originales, quienes batallaron por la igualdad ante la ley, las neofeministas claman por un trato desigual, exigen aborto gratuito, y pretenden acabar con el patriarcado opresor y «su mejor aliado, el neoliberalismo». Las primeras feministas bebieron del pozo del liberalismo, siguiendo la pauta de John Stuart Mill, y ahora las líderes del feminismo arropan su discurso en la teoría de lucha de clases marxista. El mundo académico de hecho reconoce que el movimiento feminista ha atravesado por olas divergentes; más de una ola podría ser «neo».  Sin embargo, alguien que se considere heredera de una noble batalla centenaria, cuya esencia no ha cambiado, resentiría ser tachada de neofeminista. 

De igual forma, muchas corrientes neomarxistas reforman las creencias ortodoxas: autores como Vladimir Lenin, Jean Paul Sartre y Antonio Gramsci agregan elementos a la teoría original y la transforman. No es lo mismo marxismo que neomarxismo. Los escritos de Horkheimer, Adorno, Habermas, Althusser y Marcuse, entre otros más, guardan diferencias unos con otros.  No hay un neomarxismo, sino muchos. Explica Carpintero que «el término «neomarxismo» es altamente ambiguo», pero que en el siglo XX se vio la necesidad de «crear una nueva teoría que, pretendiendo continuar con Marx, se adaptara a las nuevas condiciones». De hecho, si Marx asistiera a un congreso marxista hoy día, se horrorizaría de ver algunas de las ponencias. «Uno debe dudar si estos seguidores de Marx van por el camino correcto cuando los trabajos discutidos contienen títulos tales como «Reconsiderando las totalidades imposibles: despliegues marxistas de lo sublime»»,…«Leer Hip-hop en la intersección de la cultura y el capitalismo», «Los anales del estado sexual» y «La economía política de la intimidad entre extraños».

Consideremos ahora las diferencias y similitudes entre los conservadores y los neoconservadores. El periodista Irving Kristal, quien una vez fue llamado el padrino del movimiento neoconservador, se planteó en 1995 que el neoconservadurismo fue un fenómeno generacional que fue reabsorbido por un conservadurismo más general. Explica Wolfson que «los tres enfoques conservadores—tradicionalismo, libertarianismo, y neoconservadurismo—tienen raíces históricas y filosóficas distintas». Edmund Burke, Friedrich Hayek y Alexis de Tocqueville inspiran cada rama, respectivamente. Los neoconservadores, a juicio de Wolfson, no añoran el pasado y son más amistosos hacia la intervención gubernamental en la economía. Consideran prioritaria la batalla política. Son realistas políticos, no utópicos: «El gobierno grande…está inscrito en el ADN de la democracia. Reconociendo esto, los neoconservadores ven la lucha en su contra como casi irrelevante». En cambio, Gerard Alexander percibe que han existido olas de neoconservadurismo en Estados Unidos desde los años sesenta (de corte Reaganiano, o de Bush, etc.) y que, por tanto, el movimiento carece de homogeneidad de pensamiento. «…El cambio es por lo menos tan evidente como la continuidad en sus premisas sobre cómo funciona el mundo y qué hacer al respecto». Señalando las inconsistencias en el uso del término neocon, Alexander bromea que «Esto se parece menos a un análisis riguroso y más a un paseo al azar por adolescentes dentro de un tanque de pensamiento, con una pistola de pintura en mano».

Para mientras, en Europa el término se emplea para identificar el pensamiento de la derecha nacionalista que principalmente se opone a la inmigración y rechaza la ideología de género.

¿Y qué decir del liberalismo en comparación con el neoliberalismo? Hay más de un liberalismo, y más de un neoliberalismo. Según la enciclopedia Británica, el neoliberalismo es «una ideología o política que enfatiza el valor de la competencia de libre mercado». Hasta allí, vamos bien. Eso describe al liberalismo clásico, con lo cual no hace falta usar el «neo»: el liberalismo clásico aboga por la propiedad privada, los mercados libres, el Estado de Derecho, el comercio internacional, y las garantías constitucionales a la libertad de religión y de prensa. Pero sigue la enciclopedia diciendo: «existe un debate considerable sobre los rasgos definitorios del pensamiento y la práctica neoliberal».  

En teoría, del liberalismo clásico se desprende el liberalismo moderno que aboga por la intervención estatal en la economía para mejorar los resultados cosechados por el capitalismo. Y es que, específicamente en Estados Unidos, y hasta cierto punto en Inglaterra y Alemania, surgió un supuesto liberalismo (moderno o social) que «vigorosamente denunció la economía de laissez-faire y apoyó la intervención del gobierno en la economía».  El liberalismo moderno de corte estadounidense defiende la economía mixta y las libertades civiles. Se asocia con Woodrow Wilson y John F. Kennedy, y autores como Paul Krugman y Arthur Schlesinger, a quienes no colocaríamos en los anaqueles junto con Adam Smith y Ludwig von Mises.

Entonces, el liberalismo clásico enarbolaba la libertad individual, el liberalismo de Wilson y sus aliados la coacciona sustancialmente, y el neoliberalismo vuelve a creer en ella… Si es así, algo de sentido tiene hablar de neoliberalismo.

Otra acepción del término neoliberalismo tiene que ver con las diez recomendaciones esbozadas por el economista inglés John H. Williamson en 1989, mejor conocidas como el «Consenso de Washington». Williamson tenía vínculos con la Organización de Naciones Unidas y sus ideas fueron promovidas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional para economías emergentes. Williamson recuerda que «yo estaba dando lineamientos para una conferencia sobre América Latina. Listé diez políticas públicas sobre las cuales todos en Washington más o menos coincidan que todos en América Latina deberían implementar».

Las diez condiciones son: disciplina fiscal, reasignación del gasto público, reforma tributaria, liberalización financiera, la adopción de un tipo de cambio competitivo, la liberalización del comercio, apertura a la inversión extranjera directa, privatización de empresas estatales, desregulación de los mercados, y derechos de propiedad seguros. Lopes afirma que estas recomendaciones tienen su raíz en la economía «neoclásica», no dice que sean neoliberales. El mismo Williamson concede en la entrevista que se le malinterpretó, y que él no está necesariamente a favor de gobierno reducido y mercados libres.

¿Nos estamos entendiendo unos a otros? Debemos dejar de usar la etiqueta «neo» si genera tanta confusión: al argumentar que negro es blanco y blanco es negro, las posibilidades de un entendimiento mutuo son nulas. Cuando unos orgullosos padres nombran a una hija Ana y a la otra Beatriz, es para distinguirlas. Al pronunciar el nombre Ana, todas las características propias de esa hija afloran a la mente. El nombre abre ese archivo particular en el cerebro repleto de miles y miles de pequeños detalles informativos asociados a la vida de Ana. Y el archivo informático de Beatriz será otro, distinto, único. Acuñamos nombres para diferentes corrientes de pensamiento con el mismo propósito, y las etiquetas nos serán útiles en la medida en que evoquen una serie de características reconocidas por la gran mayoría de los usuarios del término.

A mí me parece que en esta era en que vivimos, el «neo» ya solamente sirve el propósito de insultar o descalificar. Con demasiada frecuencia, se busca causar ofensa en la persona a quien acusamos de ser neoliberal. Recuerda un poco al vocablo francés de nouveau riche para señalar a aquellas personas que recién acceden a riquezas, que no pueden ocultar su falta de cultura o tienen gustos ostentosos y poco refinados. Más vale ser rico a secas que neorico, en ojos de los demás. De la misma forma, ningún país desarrollado quiere ser tachado de neocolonialista, porque ello insinúa que el país fomenta la dependencia de sus antiguas colonias, o que explotan indebidamente las riquezas de países subdesarrollados. ¿Quién quiere ser neoliberal o neoconservador si así están las cosas?


  1. Isabel Valdés, «Neofeminismo, palabra del 2019», El País, 7 de febrero, 2019, recuperado de https://elpais.com/elpais/2019/02/04/mujeres/1549269760_193481.html
  2.  Francisco Carpintero, «Notas sobre el marxismo, el neomarxismo y el derecho», recuperado de dadun.una.edu
  3. Walter Laqueur, «The many faces of neo-marxism», The National Interest, No. 125 (May/June 2013), recuperado de https://www.jstor.org/stable/42896517?seq=1
  4. Adam Wolfson, «Conservatives and neoconservatives», National Affairs, The Public Interest, invierno de 2004,  pdf recuperado de https://www.nationalaffairs.com/storage/app/uploads/public/58e/1a5/045/58e1a5045efef434759559.pdf
  5.  Ibid, pg. 34
  6.  Wolfson, Op. Cit., pg. 43
  7.  Gerard Alexader, «Anti-anti-conservatism», Claremont Review of Books, Vol. V, Número 1, Invierno 2004/5, recuperado de https://claremontreviewofbooks.com/anti-anti-neoconservatism/
  8.  Ibid.
  9.  «Neoliberalism», Britannica, recuperado de https://www.britannica.com/topic/neoliberalism
  10.  Ralph Raico, «What is Classical Liberalism?», Mises Daily Articles, 11 de enero del 2018, recuperado de https://mises.org/library/what-classical-liberalism
  11.  Warren Breckman, «The Conflicted Soul of Modern Liberalism», The New Republic, 24 de enero, 2019, recuperado de https://newrepublic.com/article/152935/conflicted-soul-modern-liberalism
  12.  Steve Weisman, «The world according to John H. Williamson: Part 1», Peterson Perspectives, Interviews on Current Topics, 1 de noviembre, 2012.
  13.  Ibid, pg. 1
  14.  Carlos Lopes, «Economic Growth and Inequality: The New Post-washington Consensus», Revista Crítica de Ciencias Sociales, 4/2012, No. 4, recuperado de https://journals.openedition.org/rccsar/426

Posted in