«Ser o no ser» (Una cebolla)

5 minutos

Por Juan Antonio Solares

Traducido por Jessica Paduán para el Instituto Fe y Libertad

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

La mayoría de los humanos se pasan las mañanas decidiendo si serán árboles, cebollas, ardillas o simplemente humanos. Se despiertan todas las mañanas y no recuerdan en absoluto lo que hicieron el día anterior, simplemente comienzan de nuevo. Hoy, mientras realizas tus actividades diarias, puedes agradecer a tu yo matutino por no escoger convertirse en alguna de las formas menores en el orden del ser que son el resultado de los procesos digestivos naturales que están mejor descritos por los biólogos o por ciertos niños pequeños muy sabios y observadores.

«Pero, momento», podrías estar pensando, «eso no es cierto en lo absoluto y nunca he olvidado, al menos no del todo, lo que hice el día anterior». Y yo te felicitaría muy enfáticamente porque acabas de dar el primer paso de un viaje para convertirte en un metafísico.

La metafísica inició como un intento serio de comprender el cambio: ¿por qué somos capaces de reconocer que algunas características permanecen iguales, pero otras cambian? Casi instantáneamente, surgieron otras preguntas, como: ¿por qué surgen algunas cosas? ¿Por qué las cosas se vuelven lo que son? Es decir: ¿por qué una bellota se convierte en roble y no en helado? Y, finalmente, ¿qué es ser? En la búsqueda de responder a estas preguntas depende mucho de lo que muchos reconocerían como el verdadero drama de la historia humana.

Y ahora, veamos algunas respuestas.

Platón y Aristóteles procedían de una larga tradición de pensadores anteriores a ellos que habían abordado estas preguntas con distintos grados de claridad y todo tipo de respuestas creativas. Sin embargo, fue con Platón y Aristóteles que la conversación pasó a un estudio real del ser, de donde podían provenir las respuestas a las otras preguntas. Para Platón, el ser proviene de las formas: las realidades abstractas, no materiales, eternas e inmutables que dan ser a todo en el mundo. Platón, sin embargo, escribió en diálogos y no en tratados sistemáticos. Por lo tanto, tenemos muchas ideas, a veces contradictorias, sobre qué son exactamente estas formas y cómo es el proceso de interacción entre ellas y el mundo «creado». Es con Aristóteles con quien debemos contar para obtener una explicación más completa de lo que es el ser y cómo se produce el cambio.

Sin entrar en demasiados detalles sobre la obra de Aristóteles, basta decir que ideó un marco básico para definir el ser y el cambio: las cosas tienen cualidades esenciales y cualidades accidentales. Es decir: las cosas tienen eso que las hace ser lo que son y cosas sobre ellas que pueden ser diferentes en distintos momentos sin cambiar lo que es esa misma cosa. Para decirlo más claramente: si te cortas el pelo, seguirás siendo un ser humano, solo que usarás tu pelo de manera diferente. También hay una manera de determinar cuáles son cada una de estas dos cualidades en cada ser. Eso es a través de las cuatro causas.

1. Cuando una cosa existe, se puede describir como que tiene su ser en cuatro causas:Su causa material: la composición material de una cosa: metal, madera, hueso y tendón; es decir, el bronce del que está hecha una estatua en una plaza pública.

2. Su causa eficiente: la acción inmediata que provocó la existencia de una cosa; es decir, el artesano o artista que talla una estatua.

3. Su causa formal: lo que da a una cosa su «qué», lo que la hace ser lo que es; es decir, en una estatua esta sería la forma de un humano, como un general a caballo.

4. Su causa final: lo que da a una cosa su «por qué»; es decir, una estatua que sirve como memorial de un evento pasado.

A través del marco de Aristóteles, podemos determinar más o menos la naturaleza de una cosa y ver qué debería ser, de acuerdo con lo que en realidad es. Esto se llama teleología: la noción de que las cosas tienen una naturaleza definida y que la mente puede captar cuando algo se está desviando de su naturaleza. Entonces es posible definir cuál es la forma de vida correcta para una persona: dado que una persona puede definitivamente definirse e identificarse, se deduce que debe vivir de cierta manera. Este marco eventualmente dio lugar a la idea de que para ser verdaderamente feliz, una persona debe vivir una vida ética y virtuosa.

Naturalmente, no todo el mundo estaba de acuerdo con Aristóteles, pero su punto de vista se volvió más o menos estándar durante los siguientes 1700 años.

Ahora, si algún filósofo entrenado lee lo que sigue (y, hasta cierto punto, lo que he dicho anteriormente), probablemente pondría una demanda contra mí y me llevaría al rastro de todas las graves tergiversaciones y simplificaciones excesivas que haré aquí. De todas formas, continuaré y, en términos muy generales, proporcionaré un esbozo de cómo el resto de la historia de la metafísica se convirtió en una respuesta o en un acuerdo con lo que dijo Aristóteles.