¿Católicos en política?

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Por José Luis García Navas

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

Al punto en que nos encontramos hoy, los católicos no solo nos vemos interpelados por el mensaje de Cristo, sino que, reconociendo que el mensaje lo hemos recibido por boca de los nuestros, también hemos de transmitirlo a aquellos que nos sucederán. 

Cabe hacerse una pregunta primaria ¿por qué debería un católico verse envuelto en los vaivenes de la política? Y la respuesta no es otra que la simple exigencia de la fe, si bien, eso constituye un cuerpo de valores católicos, apostólicos y romanos. Los católicos no solo nos vemos empujados por el espíritu, sino por la fuerza de la tradición, y por tradición no me refiero a la conservación anquilosada de hábitos (como suelen acusar a la Tradición de la Iglesia), sino a la Tradición Apostólica cuya razón de ser es la transmisión del mensaje Cristo, es decir, transmitir lo que hemos recibido y en lo cual están puestas nuestras esperanzas. Y como fieles seguidores de su mensaje, es totalmente contradictorio intentar bautizar las corrientes que desde su génesis son opuestas al mensaje divino, además de que frente a la inmutabilidad de dicho mensaje nada podemos hacer. 

Así pues, no se trata de un delirio de los perseguidos, como algunos podrían pensar, por cuanto que la Iglesia no irá con las corrientes del mundo, aún si tal posición diezmara sus filas. Se da respuesta entonces a la pregunta inicial, en que un católico tiene el deber de defender en el campo de las instituciones el mensaje cristiano que indefectiblemente contiene un cuerpo de valores. 

A los liberales consecuencialistas, la posible unión entre las estructuras del Estado y los valores de cualquier índole (no solo los valores religiosos) les provoca una irritación terrible, pues su ideal consiste en la laicidad de las formas de gobierno y su divorcio perpetuo respecto a cualquier prescripción normativa. Por eso, no debería sorprendernos que un liberal de suyo argumente que Dios no debe estar metido en el Estado, y más aún, que el Estado no debe involucrarse en la vida privada de los individuos, ni tampoco imponer sus valores a estos. 

Sabiendo que los liberales no se equivocan en cuanto a la intromisión del Estado, se debe dejar en claro que el papel de los católicos, si bien, se desarrolla en las instituciones, sus valores no deben de llegar hasta los individuos por imposición irrestricta. Entendido así, la participación de católicos auténticos (que no son los católicos bonachones que simpatizan con todo) en política no debe interpretarse bajo esquemas autoritarios. 

No obstante, hay un problema y es que actualmente los políticos y funcionarios se valen del mensaje para mostrar cierto apego a la religión, pero no se trata de una actividad auténtica, sino de un sórdido recurso que nada tiene de cristiano, y cuyo fin se encamina a conseguir el consentimiento del pueblo, que ingenuamente bajo su moral de rebaño, da su consentimiento tan solo porque el discurso contiene palabras religiosas, pero no es necesario detenernos en una crítica más detallada de esto, puesto que el querido lector identificará muy bien de buenas a primeras a lo que hago referencia. 

La separación de Estado e Iglesia de la forma institucional es un hecho. No vemos a Obispos involucrados en las políticas públicas, ni tampoco a los sacerdotes ganando prosélitos en el juego democrático. No hay, de ninguna forma, un esquema de aleccionamiento por parte de la congregación de obispos que indique por quién votar o cuál es el candidato que goza de su favor. En nuestros días, imposible es que desde la Santa Sede se lleve a cabo la disposición del non expedit. Con lo anterior bien claro, solo podemos afirmar que, institucionalmente hablando, la Iglesia ya no está involucrada en política. 

Hay que tratar el punto arquimédico de la idea de separación entre Iglesia y Estado. El liberalismo antes mencionado tiene por dogma, y me atrevo a decir que no me equivoco, el non serviam, lo que para nosotros significa: no queremos que este reine sobre nosotros. Los asuntos de fe y de moral quedan relegados a la vida privada, y el ideal de Estado laico resulta ser el protector del nuevo ídolo, a saber, el individuo. 

En último lugar, y a manera de conclusión, es fundamental el problema que un católico auténtico ve en el liberalismo, dado que para el liberalismo la profesión de fe se relega a una esfera íntimamente privada, un católico no puede pensar de la Iglesia, de la fe y de la comunidad de los suyos como un mero club. Sino que tiene la tarea de transmitir aquello que ha recibido, no de pasar cenizas como solía decir Chesterton, sino de mantener el rescoldo del fuego y por eso se ve involucrado en política, porque tiene un mensaje que defender. 

«La enseñanza social de la Iglesia no es una intromisión en el gobierno de los diferentes países. Plantea ciertamente, en la conciencia única y unitaria de los fieles laicos, un deber moral de coherencia» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los fieles en la vida política n.° 6).